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jueves, 8 de julio de 2021

Haití: Entre vientos de cambio y ruido de botas Art. Historia Sabine Manigat (Haití)

Sabine Manigat,  nos ofrece este artículo anterior a la muerte del Primer Ministro de Haití, en el cual nos cuenta la desafortunada historia reciente de Haití y el por qué de las protestas contra un gobierno autoritario que estallaron en 2018, pero que tienen raíces anteriores, como la desaparición de fondos de una ayuda internacional o un precaria transición copada de gobiernos autoritarios.

Sabine Manigat es socióloga y politóloga. Es profesora e investigadora en la Universidad Quisqueya de Haití.

#Haití #Corrupción #DerechosHumanos #Movimientossociales #Violencia



Las protestas ciudadanas contra el gobierno autoritario de Jovenel Moïse se combinan con una política errática de las potencias que mantienen su influencia sobre el país. A la luz de la crisis actual, producto de la transición trunca hacia la democracia, es necesario reconsiderar la aplicación de las clásicas soluciones interventoras en un país considerado siempre y únicamente como revoltoso, violento y miserable.


La crisis que sacude a Haití dista mucho de ser nueva. Estalló abiertamente en julio de 2018, bajo la forma de una protesta por el alza del precio de la gasolina, pero también por el aumento de la canasta básica y por la devaluación de la moneda nacional. La desaparición y el despilfarro de los fondos del programa Petrocaribe –un plan de ayuda al desarrollo que Venezuela ofreció a varios países del Caribe bajo la forma de préstamos preferenciales en hidrocarburos– fue la chispa que logró aglutinar a amplios sectores de la sociedad contra el gobierno. En los tres últimos años, esta crisis se ha agudizado y ha derivado rápidamente en un cuestionamiento directo y permanente al gobierno que preside Jovenel Moïse.


La situación actual no puede explicarse por un solo factor. Hoy parece estar quedando claro que el gobierno adopta rasgos propios de una dictadura. Pero, analizado históricamente, este momento parece ser el de la crisis y el derrumbe del régimen político instalado tras la caída de la dictadura de los Duvalier. A fin de cuentas, lo que vive Haití es el ocaso de un sistema varias veces remendado pero que ya no puede sobreponerse por su propio agotamiento.


En febrero del 2017, Moïse –un súbdito de su predecesor, el cantante Michel Martelly– llegó a la presidencia de Haití después de un tortuoso proceso electoral que empezó en el verano de 2016 y duró más de un año. La llegada de Moïse pretendía inaugurar un control duradero del poder por parte de la corriente neoduvalierista que se reconoce en Martelly. Basada en la captación sistemática de los recursos estatales e iniciada en un ambiente crispado, la dispendiosa e ineficiente gestión de Moïse exacerbó rápidamente la crisis económica y social que se iba profundizando desde el terremoto y las elecciones de 2010-2011. El estallido de julio del 2018 condensó todos esos elementos. La cerrazón sistemática de la presidencia a atender los reclamos populares provocó un rechazo social casi unánime. Buena parte de la población parecía rechazar el régimen y exigía un «cambio de sistema». Tras haber ignorado el calendario electoral que prescribía elecciones legislativas y locales en 2019, en junio de 2020 el Ejecutivo se quedó solo con las riendas del poder. El Parlamento bicameral había quedado reducido a 10 senadores y todos los poderes locales –consejos municipales y de secciones comunales– fueron revocados en junio.


El gobierno de Moïse emprendió entonces la construcción sistemática de una dictadura unipersonal, con la emisión de decretos liberticidas, nombramientos de allegados en puestos claves –como el de jueces en la Corte Suprema o del jefe de la policía– y una serie de políticas para, como él mismo dijo, «cazar criminales», dándole abierta participación a las Fuerzas Armadas.


En ese marco, se produjeron asesinatos que aún no han quedado claros, como el del presidente del Colegio de Abogados, el constitucionalista Monferrier Dorval. El contexto de violencia era, ciertamente, grave. Y se acrecentó cuando una agencia gubernamental quedó a cargo del «desmantelamiento» de las pandillas armadas que dominan parte del país y que reciben todo tipo de financiamiento. El terror fue la consecuencia lógica de esta política. Primero, se apoderó de numerosos barrios del área metropolitana de Puerto Príncipe y, progresivamente, fue estallando también en otras regiones del país. Aún hoy, miles de ciudadanos se encuentran en situación de desplazados internos debido a los enfrentamientos. No contentos con ello, los funcionarios siguen echando leña al fuego. Recientemente, el jefe de la Policía llamó al pueblo a «reaccionar» frente a las pandillas que actúan sobre la salida sur de Puerto Príncipe.


Las iniciativas de Moïse en el plano institucional son destructivas y no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones. El sistema de justicia quedó huérfano con el bloqueo de los nombramientos de jueces por parte del Poder Ejecutivo. Ya el 5 de enero del 2021, un decreto dispuso la organización de un referéndum para aprobar una nueva Constitución –algo que, de hecho, está formalmente prohibido por la Constitución vigente–. El mandatario mantuvo su agenda aun después de haber suspendido la realización del referéndum el 8 de junio, e esencialmente bajo la presión internacional y la declarada oposición estadounidense. Después de haber aplicado a los poderes legislativos y locales una disposición constitucional que acorta el tiempo efectivo de su mandato, llegada la fecha de caducidad del suyo propio el pasado 7 de febrero, Moïse se aferró al poder.


Hay que subrayar que, a pesar del miedo, la ciudadanía organizada, los partidos políticos, los movimientos sociales y las organizaciones de derechos humanos continúan manteniendo una línea de protesta ciudadana pacífica y permanente. La violencia destructiva del Estado enfrenta una protesta social en la que predomina la madurez, lo cual obliga a reconsiderar la aplicación de las clásicas soluciones interventoras en un país considerado siempre y únicamente como revoltoso, violento y miserable.


Antecedentes históricos


Claramente, la crisis institucional y constitucional no es nueva en el país. En realidad, es el resultado de un déficit de enraizamiento de los principales atributos del Estado de derecho. Aunque a partir de 1986, Haití comenzó un período de cambio en el que buscó la consolidación de las instituciones, de las prácticas jurídicas y económicas, y de ejercicios electorales acordes con un régimen de democracia liberal, los resultados no siempre fueron buenos. Tras treinta años de dictadura duvalierista, el ímpetu popular empujó hacia la adopción formal de una serie de instituciones, de principios jurídicos y de leyes que simbolizan conquistas y o anhelos largamente reprimidos, pero la implementación de este nuevo sistema se topó rápidamente con las limitadas capacidades (por inexperiencia, por falta de recursos) de quienes abogaban por un cambio sustantivo. Por otra parte, ni las principales instituciones que detentaban el poder –como el Ejército y el aparato administrativo– ni los grupos sociales mejor provistos –como el empresariado, el gran comercio, los altos ejecutivos y los sectores medios acomodados– asumieron un papel en la construcción de ese nuevo orden. Así, la Constitución de 1987 nunca fue implementada a cabalidad y fue objeto de manipulaciones y violaciones incesantes. Al igual que los otros aspectos de la democracia representativa, la Carta Magna nunca ha sido integrada como marco y brújula del ordenamiento social y de las reglas del juego político. 


La vida política haitiana ha transcurrido entre la instrumentalición de la justicia, las derivaciones y las manipulaciones de los principios del Estado de derecho, la desnaturalización de las libertades individuales y, sobre todo, el saqueo de los recursos públicos. Además, la corrupción ha convertido la gestión gubernamental en un verdadero sistema de connivencia entre los representantes políticos y un sector privado monopolista con extensiones mafiosas. El resultado ha sido una caricatura del sistema democrático montada sobre los resortes del viejo sistema autocrático-clientelista. 


El desarrollo de este proceso de manipulación del régimen democrático-liberal se produjo bajo la alta vigilancia y la influencia decisiva de Estados Unidos. Como supervisor de la salida del dictador Jean Claude Duvalier el 7 de febrero de 1986, Estados Unidos fue también el encargado de dictar la adopción y el rechazo de leyes y reglamentos, así como de plantear las políticas públicas que conformaron al nuevo régimen. La apertura arancelaria total (desde 1987 las tasas más altas aplicadas a las importaciones no sobrepasan el 10%), la absoluta desprotección de la economía agrícola y las restricciones al desarrollo y a la profesionalización de la Policía, son algunos de los resultados del monitoreo estadounidense. La historia electoral desde la década de 1990 es, sin duda, la que mejor ilustra la responsabilidad externa en el desplome del sistema político del país.


El 28 de noviembre de 1987, durante las primeras elecciones tras la salida de Duvalier, se produjo una verdadera masacre. Apenas pocas horas después de iniciarse la votación, grupos duvalieristas y militares dispararon a sangre fría contra filas de electores que esperaban su turno para votar. Recién en 1990, y gracia a las demandas de la ciudadanía organizada, se realizaron elecciones libres con una participación de más de 70% de los votantes. Jean Bertrand Aristide, ex-sacerdote católico y promotor de la Teología de la Liberación, llegó a la presidencia haitiana. 


El mandato de Aristide duró solo nueve meses. Un golpe militar derrumbó al gobierno del movimiento Lavalas e inauguró un período de control y tutela de la democracia haitiana por parte de instituciones regionales e internacionales vinculados con Estados Unidos. Las Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA) se transformaron en verdaderos «aparatos de certificación electoral» de la democracia haitiana, en dictaminadores de ganadores y perdedores de los mandatarios de un país que se pretendía soberano.


Así, las elecciones de 1996 recibieron el sello de validez de la «comunidad internacional» pero las del año 2000 (en las que ganó Aristide con un amplísimo porcentaje, pero con poca afluencia electoral) fueron consideradas inválidas por estas mismas instituciones. Finalmente, y tras la salida de Aristide por segunda vez del poder, acaba instalándose la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah). En rigor, se trataba de una misión militar de 10.000 soldados y unos cuantos miles de policías en un país agitado por disturbios sociales y una delincuencia politizada, pero de ninguna manera un país en guerra. El despliegue de la Minustah marcó un hito en el tutelaje internacional sobre Haití. El terremoto de enero de 2010 reforzó este control y aumentó el involucramiento estadounidense a través de Bill y Hillary Clinton, quienes integraron la Comisión Internacional de Reconstrucción de Haití. Desde 2004 no ha habido ninguna elección sin una abierta intervención externa. Mientras que en 2006 la elección de René Préval fue «confirmada» rápidamente, en 2010 la primera vuelta electoral fue «rectificada» por la OEA, favoreciendo a Michel Martelly, el candidato de Estados Unidos, quien es finalmente proclamado presidente en una muy dudosa segunda vuelta.


La elección y la presidencia de Jovenel Moïse son el capítulo más reciente de este proceso. Entre otros resultados, la participación del electorado pasó de más de 70% en 1990 a menos de 15% en 2016-2017.


Una situación descontrolada


El proceso de intervención extranjera a través de los organismos internacionales, el descrédito de un Estado de derecho que nunca logró establecerse definitivamente tras la dictadura duvalierista y una serie de factores políticos propios del país han conducido a Haití a un profundo proceso de polarización política. En la actualidad, esto se expresa en una serie de cuestiones inmediatas. La primera de ellas es la de la fecha y las condiciones de salida del poder de Moïse. Hoy, la gran mayoría del país considera que el mandato de Moïse efectivamente ha caducado, pero no hay un entendimiento acerca de la necesidad de negociar su salida o de pactar una cohabitación.


A esto se suma una segunda cuestión: el contenido y la duración de la inevitable transición que permitirá recomponer un sistema político mínimamente confiable, condición sine qua non para la organización de elecciones transparentes e inclusivas. La sociedad civil organizada está solicitando un período transicional que permita iniciar acciones que conduzcan a la normalización de las instituciones y de la vida nacional y no solamente elegir un equipo para un traspaso de poder. En ello se juega el tercer término de esta ecuación, referente a las modalidades y al peso de la participación ciudadana en ese proceso transicional. Al contrario de lo que anticipan los políticos, las organizaciones ciudadanas consideran que es necesaria una entidad para negociar los intereses de la sociedad civil como un actor en el escenario político, no para ejercer el poder, sino para controlarlo.


En la solución a estos desafíos, el peso de las potencias de tutela lideradas por Estados Unidos es, sin duda, determinante. A las recientes declaraciones de la misión de la ONU presente en el país en favor de elecciones rápidas, se suman las del llamado Core Group, un club de países y organismos internacionales que monitorea la política interna de Haití desde 2013 y que está integrado por Alemania, Brasil, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, la Unión Europea, la OEA y la propia misión de la ONU. La misión de la OEA –que visitó el país del 8 al 10 de junio pasado– hizo, además, su propio llamamiento a que se convoque a elecciones rápidamente, considerándolo el único mecanismo de legitimación del poder político, a pesar de reconocer las peligrosas condiciones de seguridad que imperan hoy a lo largo del territorio nacional. El Parlamento Europeo emitió una posición mucho más crítica sobre la responsabilidad de las actuales autoridades en la situación actual. Sin embargo, la declaración del Parlamento Europeo dista mucho de tener el mismo peso que las posiciones estadounidenses y la de los actores cercanos a ellas.


El aparente empate que se mantiene entre un país alzado pacíficamente contra la arbitrariedad y una dictadura unipersonal que se despliega desenfrenadamente contra la ciudadanía ha conseguido llamar la atención internacional. Y hay tres factores que explican que los actores globales no hayan hecho la vista gorda. El primero, y sin lugar a dudas el más espectacular, es la utilización de Moïse de métodos que hacen caso omiso de los acuerdos y las formas más elementales de gobernabilidad vigentes en el mundo contemporáneo y, en particular, en los espacios políticos y diplomáticos de la región. A esto se suma el reciente cambio de administración en Estados Unidos. La llegada de Joe Biden al poder propició la movilización de amplios sectores de la migración haitiana.


Finalmente, el impulso solidario de sectores progresistas de diversos países de la región y del mundo también consiguieron que se haga foco en la crisis haitiana. Por primera vez desde el terremoto de 2010, estas voces progresistas han conseguido sacar a Haití de un silencio que cobijó durante más de un decenio el socavamiento sistemático de las conquistas democráticas conseguidas en 1986 y los permanentes intentos de restauración neoduvalieristas. Queda por ver cuán consistente y duradera resultará esta solidaridad, y queda por evaluar lo que puede conseguir la movilización y la fuerza ciudadana contra un Estado que se ha transformado en verdugo de su propia población.

Fuente: Nueva Sociedad

miércoles, 7 de julio de 2021

Nos debe doler Haití. Art Institucional ALDHU

 

Esta mañana, en Puerto Príncipe, Un grupo de mercenarios, hablando inglés y español, asaltaron la casa del presidente Jovenel Moise asesinándolo e hiriendo a su esposa Martine.

#-JovenelMoise #DerechosHumanos #Haití #Violencia



Una vez más, este hermano pueblo se hunde en la violencia e inestabilidad, ante la indiferencia de la comunidad internacional, y muy especialmente ante la ingratitud de una América Latina que, a pesar de deberle tanto, le sigue volviendo la espalda a Haití.

Pocos recuerdan que, sin la ayuda de Haití, en armas y hombres, Simón Bolívar no hubiese podido triunfar en su gesta emancipadora, y que fue esta naciente y valiente nación, que derrotó a Napoleón, la que puso a disposición de los patriotas de nuestra independencia, todo lo que tenía, para poder enfrentar al imperio español.

Haití, se nos muere de violencia y de hambre, pero se nos muere en soledad, abandonado y olvidado.

Nos debe doler Haití, porque es nuestro pueblo hermano y sobre todo porque le debemos en gran medida, la independencia y la libertad.

En esta hora dolorosa y difícil, expresamos nuestra solidaridad al pueblo haitiano, y hacemos un llamado a la comunidad latinoamericana a comprometerse en la asistencia, apoyo y defensa de la paz en Haití. Su pueblo necesita y merece nuestra solidaridad

 

 

 

 

Juan de Dios Parra.

Secretario General ALDHU.

 

martes, 6 de julio de 2021

La Justicia hondureña declara culpable a David Castillo, ejecutivo de una hidroeléctrica, como coautor del asesinato de la activista Berta Cáceres


La Sala I del Tribunal de Sentencia Nacional de Honduras declaró culpable a Roberto David Castillo Mejía como coautor por el asesinato de la activista ambiental e indígena Berta Isabel Cáceres, ocurrido en 2016.

#DerechosHumanos #BertaCáceres #Honduras #Militar




Castillo, quien fue teniente segundo en inteligencia militar en el Ejército de Honduras (2006-2011), ocupó la presidencia ejecutiva de DESA y fue señalado como coautor intelectual del asesinato de Cáceres.

"Esta es una victoria popular del pueblo hondureño", dijeron desde el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), organización de la cual Cáceres fue cofundadora.


Cáceres fue asesinada el 2 de marzo de 2016, mientras dormía en su casa en la Residencial El Líbano en la ciudad de La Esperanza, departamento de Intibucá, en el occidente de Honduras.

La activista, con el COPINH, enfrentó durante años a la compañía Desarrollos Energéticos S.A. (DESA) y su proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, que impactaba al río Gualcarque, indispensable para la sobrevivencia del pueblo indígena lenca.

Castillo, quien fue teniente segundo en inteligencia militar en el Ejército de Honduras (2006-2011), ocupó la presidencia ejecutiva de DESA y fue señalado como coautor intelectual del asesinato de Cáceres.

Justamente al cumplirse dos años del asesinato, el 2 de marzo de 2018, Castillo Mejía fue detenido en el aeropuerto de San Pedro Sula, cuando estaba a punto de tomar un avión para volar a la ciudad estadounidense de Houston.

De acuerdo con el Ministerio Público, Castillo podría enfrentar una pena de entre 25 y 39 años de cárcel, pero la sentencia se conocerá el próximo 3 de agosto.


Condenas previas

En diciembre de 2019, la Justicia hondureña condenó con entre 30 y 50 años de prisión por este asesinato, y también el intento de homicidio del líder ambiental mexicano Gustavo Castro Soto, al oficial del Ejército Mariano Díaz, al exmilitar Douglas Geovanny Bustillo, al exgerente de la empresa del Proyecto Agua Zarca Sergio Ramón Rodríguez y al militar retirado Henry Hernández.

También fueron condenados los señalados como sicarios Elvin Heriberto Rápalo Orellana, Edilson Duarte Meza y Óscar Arnaldo Torres Velásquez.

Fuente: RT

lunes, 5 de julio de 2021

Asesinato de Letelier en Washington

Cuando me despido de mis padres y me quedo en Washington, no es ajena la sensación de seguridad personal que necesitaba. Los yanquis mandan matar, pero fuera de su territorio. Sin duda pesó también labrar mi propio camino y la necesidad de aislar a la dictadura desde donde más se la apoyaba. Pero sentirme seguro tras la pesadilla de Buenos Aires fue importante. En setiembre, una persona que me estaba ayudando a encontrar mi lugar, muere asesinada a pocas cuadras de donde le esperaba: Orlando Letelier.





Lo había conocido en el 75, con mi viejo en un coloquio en Oaxtepec (México). Allí nos ayudó a armar la agenda de nuestra visita a Washington, donde tenía importantes contactos. Orlando había sido Canciller y Embajador en Washington de Allende. Fue preso después del golpe y una vez en libertad se instaló en la capital de EEUU. En el 76, conocedor de la tragedia de mayo, me abrió muchas puertas cuando quedé solo, tras la tragedia de Buenos Aires, con 23 años. Los americanos lo conocían como Embajador y lo respetaban. Muchos chilenos creían que era el único capaz de unir toda la oposición a Pinochet.

Juan Gabriel Valdez, amigo chileno, me había puesto de nuevo en contacto con él. Su padre, Gabriel Valdez (amigo de mis viejos), me había ayudado a contactar a Descoto que fue quien terminaría financiando mi trabajo en WOLA. Pero en setiembre yo estaba sin trabajo ni respaldo institucional. Me había hecho unas hojas que decían «Uruguay Information Project». Sonaba muy rimbombante pero era solo yo. Dormía en un sofá del Consejo de Asuntos Hemisféricos, en la Av. New Hampshire.

Como Embajador del exilio chileno, Orlando conmemoraba en su casa su Fiesta Nacional (las fiestas dieciocheras). Yo venía hablando con él por una pasantía («internship») en su oficina hasta que se concretara lo de la WOLA. Su oficina financiada por fundaciones europeas: el «Instituto de Estudios Políticos (IPS), quedaba en el 1901 de la calle Q -NW-, a pasos del céntrico Dupont Circle. Me invitó a la Fiesta.

Ésta comenzó antes del mediodía del sábado 18 de setiembre y terminó pasadas las 17:30. Justo al mediodía bailó una cueca con su esposa, Isabel Margarita. Tenía hijos chicos, hoy uno de ellos es Senador en Chile. Terminado el baile, pasaron bebidas: me toma del brazo y en un aparte brinda conmigo: «Conseguí los recursos: el lunes puedes empezar como pasante en IPS». Seguí el festejo hasta la noche.

El lunes 20, a las nueve en punto llegué a lo que sería mi oficina, hasta que se concretara lo de WOLA. Orlando me recibe de inmediato, me agencia un escritorio pequeño. El IPS era un edificio amplio de unos cuatro pisos. Orlando me cuenta que al otro día se reunirá LASA. «Y a que no sabéis qué… te he conseguido para que hables». Enorme alegría.

De inmediato tuve que averiguar qué era LASA. Yo era un recién llegado. Por cómo lo dijo, intuí que era muy importante. Pero yo, ni idea. La única persona que conocía en IPS era la Prof. Roberta Salper (y al cineasta Saul Landau, pero creo que él no sabía quién era yo). Roberta me felicitó y explicó. La sigla identificaba a la Asociación de Estudios Latinoamericanos. A la misma pertenecían los departamentos internacionales de todas las Universidades de EEUU.

LASA se reunía en un gran congreso una vez al año. Ese año lo harían en Atlanta, Georgia. El proceso de selección de la sede del encuentro era una movida muy grande. Al otro día habría una de esas reuniones preparatorias y todo referente sobre América Latina en Washington estaría presente. Me ayudó a preparar mi presentación. Todavía, prefería llevarla por escrito.

El martes a las 9 en punto comenzó la sesión. A las 11 me anuncian y hablé 20 minutos y luego contesté preguntas. Todo denunciando a la dictadura uruguaya de la que muy poco se sabía allí hasta entonces. Terminé y alivié los nervios. Poco recuerdo los saludos y comentarios de la gente presente. Había sido mi debut público: en EEUU y en inglés.

Fui a tomar agua en el fondo del salón. En eso, empezaron a sentirse llantos y voces que anunciaban y gritaban algo confuso. La sesión se interrumpió sin protocolo. Todo el mundo corría en direcciones opuestas. No entendía ni sabía cómo hacer para comprender algo. Allí estaba el Prof. Larry Burns de NY a quien pregunté qué pasaba. «Mataron a Letelier», me dijo.

Subí a mi oficina por una escalera repleta de gente que la bajaba. Me tiro en mi silla. No lograba llorar. No tenía reflejos. Así estuve como un cuarto de hora. Alguien (no recuerdo quién) entró y me contó. «Pusieron una bomba bajo el coche de Letelier. Fue a las 9:30 frente a la Embajada de Chile en Sehirdan Circle. Murió él y Ronnie Moffit».

Ronnie, su secretaria, tenía su escritorio al lado del mío. Vivía a la misma distancia de la oficina que yo, pero hacia el norte y yo hacia el sur. Orlando la solía traer porque le quedaba de paso. Su marido Michael (también trabajaba en IPS) salvó su vida, pero sufrió heridas graves. Tengo lagunas, pero recuerdo mucho el velatorio y el entierro.

En este último fuimos al cementerio de Georgetown, tras sus restos y una camioneta que llevaba a Joan Baez, con un equipo muy improvisado cantando en español e inglés. «We shall not be moved, como un árbol firme junto al río no nos moverán». Instintivamente, al finalizar, le di un apretado abrazo y una vez más traté de llorar, pero no pude. Las lágrimas se anudaban en mi garganta y en un ardor en el pecho. Creo que, además de tristeza, la angustia expresaba mucho miedo.

En el entierro y las marchas gritábamos que la bomba había sido detonada desde la Embajada de Chile, frente a Sheridan Circle, donde estalló la bomba. Yo en realidad quizás no lo creía, era demasiado burdo. Años más tarde la Justicia de EEUU estableció que desde allí operó Michael Townley, el autor material.

Recuerdo flashes de aquellas horas. Pero cuando en 2019 escribía con Vignolo el libro «Wilson Bitácoras de una lucha» una historiadora argentina, Naguy Marsilla, me hizo llegar un link: el noticiero de la CBS del afamado periodista Walter Cronkite, que veía todas las noches, menos esa del entierro: (youtube.com/watch?v=qHEBvEFW951). En el mismo aparezco, marchando frente a la Embajada de Chile y en la conferencia de prensa de IPS con mi joven mirada perdida.

Esa noche, la Presidenta de Amnistía Internacional en EEUU, Rose Styron, me llevó con su familia a su casa de descanso en Cape Cod. Su marido, el novelista William Styron, era el autor de la novela «La elección de Sofía» llevada magistralmente al cine por Meryl Streep. Quizás lograron distraerme un par de días. Nunca supe expresarles toda mi gratitud. Quizás por eso mi hija se llama Sofía.

Días después, me citan del FBI, pero esa es otra historia.




Nuestro Juego de Tronos. Art. Opinión.: Susana Seleme Antelo (Bolivia)

 La serie “Juego de tronos” es una descarnada y deshumanizada lucha por el poder. Nuestro juego a la boliviana, no está a la altura de la famosa serie porque aquel era ficción. En el nuestro, apenas empezado el siglo XXI con nuevas figuras políticas, todo es real. 



Y abunda la violencia, que no es solo cortar cuerpos y cabezas, que la hemos tenido. Hay violencia verbal que envenena el ambiente, denigra, hostiga y miente; amenaza con castigos, acomete crímenes contra la democracia porque hace fraudes electorales, desmantela la institucionalidad democrática, politiza la justicia, judicializa la política, agrede la libertad de prensa, comete burradas económicas y menoscaba Derechos Humanos.

Nuestro “juego de tronos” es para que quienes detentan el poder definan qué hacer con las vidas ajenas. Es decir, ejercer poder sobre vidas y haciendas para imponerle a la sociedad un partido único, el partido de gobierno -el Movimiento al Socialismo, MAS- como obstinadamente quiere su ‘jefazo’ ex presidente Evo Morales. Convertido en ‘señor de la guerra’, manda, ordena y decide sobre el destino de Bolivia. Por ejemplo, quiénes van presos preventivamente, a quiénes se imputa, se les sigue juicio y luego se condena. Tiene a su disposición un ejército de matones jurídicos que “arman casos” para que él ejerza la dominación total, para “toda la vida”. Se creen inmortales.

No obstante, la mentira tiene patas cortas, aunque los hombre y mujeres del MAS se desgañiten mintiendo, con cara de “yo no fui”, para imponer la tesis de que no hubo fraude en las elecciones de octubre de 2019, sino un golpe de Estado. Empero, sabemos que sí hubo fraude, corroborado por el lapidario Informe de la OEA y por la Unión Europea. De pronto olvidan que Morales renunció porque vio disminuido su poder militar, policial, político y social tras 21 días de paro pacífico contra el fraude, en todo el país. No recuerdan que él y su Vice huyeron en un avión expreso enviado por su afín ideológico mexicano. Olvidaron que también renunciaron en cadena todos los mandos sucesorios porque querían incendiar Bolivia, sin dragones como los de la serie, sino con masas movilizadas al grito de “ahora sí guerra civil”, con odio, dinamita, fuego y bala

De todos los testimonios conocidos desde entonces a hoy, julio 2021, incluido el Informe/Memoria de la Iglesia Católica de Bolivia, la verdad ya habría absuelto a la expresidenta Jeanine Añez Chávez (54) de los cargos que se le imputaron: terrorismo, sedición y conspiración para detenerla en su Beni natal, trasladarla a prisión en la sede del centralismo y mantenerla incomunicada desde la madrugada del 13 de marzo de 2021. Fue un acto a contrapelo del Derecho, pues como expresidenta Constitucional Interina, le corresponde Juicio de Responsabilidades. En su condición de ciudadana y exsenadora, sus derechos constitucionales también han sido conculcados. Lo mismo que a dos de sus exministros y más de 20 funcionarios de su gobierno por supuestos delitos de “incumplimiento de deberes, conducta antieconómica, contratos lesivos al Estado y resoluciones contrarias a la Constitución”.

¡Hipócritas! ¿Y qué de las corrupciones cometidas y probadas durante los 14 años de Morales? ¿Y qué de las violaciones contra la Constitución Política del Estado perpetradas por Morales, sus amnésicos ministros y funcionarios viejos y nuevos, como frente al Art. 168 que prohíbe la reelección continua por más de 2 períodos? Los magistrados que aprobaron su “reelección indefinida” en 2017 y mandaron al infierno el voto soberano que en 2016 dijo NO, en un Referéndum, hoy están absueltos: inmunes, impunes y libres como Morales. 

La lucha por el poder en la serie era para ocupar el Trono de Hierro de los Siete Reinos. Aquí, sin ficción, era y es para sentar reales en los símbolos del poder político, el Palacio Quemado o la casa del Pueblo: son contiguos. Al frente, al este o al poniente, desde donde se los mire, está otro símbolo de poder, el Legislativo, ostensiblemente disminuido porque anduvo 14 años subordinado al poder político. Hoy con Luis Arce en el Ejecutivo, ambos siguen las imposiciones de Morales. Si el Legislativo fuese independiente, como manda la norma de garantía democrática, equivaldría a la separación de poderes, con lo cual, el otro Poder, el Judicial, sería también independiente para evitar los abusos de poder.  

El “Juego de tronos” boliviano juega con todos los poderes y hace uso de violencia jurídica a modo de guillotinas judiciales, de la mano del cinismo y una retahíla que impiden que la ética vaya de la mano de la ley. ¡Cuán lejos estamos de la doctrina del Derecho como civilización jurídica que pretende la armonización de la sociedad, diría Umberto Cerroni! La libertad de los modernos, insistiría, como estructura básica de la libertad jurídica, se fue a pique, entre otras razones, por la antipolítica concebida como la dicotomía ‘amigo-enemigo’, contra la razón política de los acuerdos y los pactos por la democracia como convivencia entre diferentes. Amén de los populismos de izquierda, Ernesto Laclau mediante, para granjearse adhesiones acríticas y el voto de sectores sociales, aun a costa de tomar medidas contra el Estado de Derecho. 

En nuestro juego de tronos, la sociedad civil y la sociedad política de oposición están en total indefensión. Sobran represión, violencia e impostura. Faltan vacunas para frenar la pandemia, la sanitaria, porque la pandemia del juego por el poder rudo y duro solo se inmunizará con más y mejor democracia. 

Chile: una mujer indígena fue elegida para liderar redacción de la nueva Constitución

 Elisa Loncón es la presidente de la Convención Constituyente.


Los 155 candidatos que redactarán la nueva Constitución de Chile eligieron este domingo a Elisa Loncón, una mujer indígena, para presidir el órgano que creará la nueva ley fundamental, que sustituirá a la actual, heredada de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Loncón, una lingüista y activista mapuche -la etnia indígena mayoritaria en Chile-, fue elegida por mayoría absoluta en segunda vuelta, en la sesión inaugural de la convención que tuvo lugar en el antiguo Congreso Nacional de la capital, un acto que se detuvo durante casi una hora por la protesta de un grupo de constituyentes.

“Quiero agradecerle a todo el pueblo de Chile por votar por una persona mapuche y mujer para cambiar la historia de este país”, celebró Loncon, tras su elección, en idioma mapudungún y luego en español.

Con este acto, Chile dio el pistoletazo de salida a la redacción de una nueva Constitución, la primera en el mundo redactada por un órgano paritario y la primera del país en la que se incluirá a los pueblos indígenas, un grupo que supone el 12,8 % de la población pero que nunca había sido reconocido en la ley fundamental.

Pese a que el rol y las atribuciones que tendrá el presidente todavía no están definidos por ahora, los expertos apuntan la elección de Loncon como un acto simbólico e histórico, como un guiño al feminismo y a los pueblos indígenas, y se prevé que ejerza como portavoz y moderadora del debate.

“Estamos instalando una manera de ser plural, democrática, participativa, por los derechos de nuestras naciones originarias, por los derechos de la madre de Tierra, de las mujeres que caminaron en contra de un sistema de dominación y de los niños”, consignó la ya presidenta de la convención.

Loncon ocupa uno de los 17 escaños reservados para indígenas dentro de la convención, siete de los cuales fueron para el pueblo mapuche, dos para el aimara y un representante de cada uno del resto: kawésqar, rapanui, yagán, quechua, atacameño, diaguita, colla y chango.

Entre los sellos que quiere imprimir a la nueva Constitución está el de la plurinacionalidad para que se reconozcan las lenguas, las culturas y los territorios de los pueblos originarios, según dijo en entrevistas con algunos medios en los días previos.

También en estas instancias se refirió a los presos de las protestas sociales como “presos políticos”.

La convención constituyente, que fue íntegramente electa en las urnas el pasado mayo, está dominado por ciudadanos independientes sin afiliación a partidos (son 48 de los 155 candidatos), la mayoría de tendencia progresista, mientras que la derecha oficialista solo obtuvo 37 escaños.

El proceso constituyente nació en 2019 como un acuerdo entre los partidos políticos para tratar de amainar la mayor crisis social en tres décadas de democracia, que estalló en octubre de ese año con masivas marchas por un modelo socioeconómico más justo, y que dejó al menos una treintena de fallecidos y miles de heridos.

El órgano tendrá hasta un año para redactar la Constitución, la primera que emanará de un proceso plenamente democrático en la historia de Chile y un texto que deberá refrendarse en otro plebiscito en 2022 y que sustituirá a la criticada Carta Magna actual.

Heredada de la dictadura Pinochet (1973-1990), la actual ley fundamental es vista por muchos sectores por su corte neoliberal y por haber privatizado servicios básicos como el agua, la educación o las pensiones.

Fuente: infobae.com


domingo, 4 de julio de 2021

Todo nuestro apoyo para que lidere una nueva constitución moderna, democrática, intercultural y con el mayor consenso para Chile.

 La niña de la fotografía nació en Lefweluan, comunidad mapuche de la comuna de Traiguén, Región de la Araucanía en 1963.

Desde el campo llegó a estudiar al colegio de Traiguén. Sus compañeros le decían “La india”.

Con los años logró convertirse en profesora de Estado de la Universidad de la Frontera. Ha enseñado mapudungun e inglés, es experta en educación intercultural, doctora en Lingüística de la Universidad de Leiden, Holanda, doctora en Literatura de la Universidad Católica y actualmente es académica de la Universidad de Santiago (Usach).

Su nombre es Elisa Loncon, presidenta de la Convención Constitucional.

Desde la ALDHU le damos la enhorabuena a Elisa Loncón, la nueva presidenta de la Convención Constitucional y le entregamos nuestro apoyo para que pueda lograr una nueva constitución para Chile con una mirada intercultural democrática y moderna que consiga el más amplio consenso de todos los chilenos.