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martes, 22 de febrero de 2022

domingo, 18 de julio de 2021

HAITÍ: los héroes olvidados de América Latina. Art. Juan Raúl Ferreira

 Estos días, Haití vuelve a acaparar las primeras planas. He hecho todo lo posible para aprovechar toda posibilidad de sumarme a la denuncia de lo que ocurre. Haití se ha cruzado en mi vida varias veceTambién en el exilio, cuyos archivos hurgué rápidamente.



Cuando andábamos «Con la Patria en la Valija» recorriendo el mundo, golpeando todas las puertas y recibiendo la solidaridad de partidos, pueblos y gobiernos de todos los signos, Haití sufría a la dinastía dictatorial de los Duvalier. A veces sentía vergüenza. Antes del golpe en Uruguay no manifestamos suficientemente nuestra solidaridad con el pueblo hermano.

Conocimos en la diáspora (fotos) al dirigente opositor Gerard Pierre Charles. Autor de varios libros sobre su país, en cuyas páginas aprendí la dimensión de la tragedia; también recorría el mundo buscando solidaridad. Coincidimos en varias reuniones. En más de una de ellas, al terminar nuestro trabajo sobre Uruguay, nos sumábamos a su propio esfuerzo.

Haití fue el primero en independizarse en América Latina, en 1791. Fue también la República, al no vacilar, en romper el yugo colonial para optar por constituirse en República. Este pionero de la libertad de nuestros pueblos sufría una crueldad indescriptible bajo nuestra indiferencia.

Pedimos al presidente Arístides Royo de Panamá, que ya que tanto había hecho por Uruguay, pensara en una actividad sobre Haití. Se hizo una jornada bajo su auspicio en mayo del 79. Al Presidente Roldós, de Ecuador, también pedimos lo mismo. Incorporó a Pierre Charles en el conjunto de personalidades que conformaron la Asociación Latino Americana de Derechos Humanos (Aldhu), fundada en Quito en 1980.

Recorríamos el mundo, cada uno, con su bolsa de dolor y de esperanza. Recibíamos esa arma contra la que las dictaduras no sabían defenderse: la solidaridad. Cada uno rodeado de sus compatriotas fuimos generando una comunidad. Memo Ungo de El Salvador; José Francisco Peña Gómez, de Dominicana; Anselmo Sule, de Chile; Vicente Saadi, de Argentina; Ernesto Cardenal, de Nicaragua; Gerard de Haití; Grille, Achard y yo de Uruguay éramos casi una ONG sin personería jurídica.

Gerard me introdujo en el exilio a la realidad de Haití. Luego la vida hizo que el drama de este pueblo se cruzara en mi camino. Hubo una esperanza de democratización, transformada luego en una nueva frustración. Aristide fue electo en 1990. Siendo yo Embajador en Argentina, volvieron los recuerdos del exilio, por un hecho muy puntual.

Al lado de la residencia de la Embajada se erige la modesta plaza República de Haití. Su Embajador se había vuelto mi amigo. Me dice que quiere emplazar allí un monumento al Mariscal Petion, Primer Presidente de Haití. Pero no tenía plata. Se lo doné. Allí sigue, y desde allí me convoca como un aguijón: «no es justo que se olviden de nosotros».

Luego de tres elecciones fallidas, en 2016 el Secretario de la OEA, Luis Almagro, me pide ser Jefe de una misión que apoye el esfuerzo haitiano para democratizarse. Yo había hecho ya varias misiones y cursos de observación electoral durante la Secretaría de Miguel Insulza (no menos de diez). También había mediado por Unasur en un conflicto fronterizo, un alto al fuego en Colombia; me entusiasmaba la idea.

Como me la presentó a la Misión, iba a ser muy especial. La ONU y la UE la apoyaban y no enviarían una propia, ayudando a financiar esta. No solo habría que observar el proceso electoral sino contribuir a garantizar un clima favorable al mismo. Quizás lo único que logré fue que la Minustah (verdadera fuerza de ocupación) no desplegara efectivos en las mesas electorales.

Digo bien «los días» porque el proceso llevó más de un año, de 2016, a instancias en segunda vuelta, a 2017 (parlamentarias y locales). Nunca tuvimos independencia técnica, ingrediente imprescindible en estas misiones. El Director del Departamento de Cooperación Electoral de la OEA (DECO), se instaló en Puerto Príncipe, impartía órdenes y directivas. Luego lo hizo Francisco Guerrero, Secretario para el Fortalecimiento de la Democracia. Ambos, del team de Almagro.

Dentro de lo posible y un poco más, me salí del aislamiento al que se había sometido a la Misión. Así me reuní con sindicalistas, luego de consultar a fuentes propias, sobre la legitimidad de cada uno de ellos y con grupos ecuménicos de base. La gente no quería misiones, quería libertad y autodeterminación.

Cuando tocaron las presidenciales, ganó el candidato Juvenal Moise. Se transmitió al mundo: «el Presidente Electo obtuvo más del 50% de los votos: no hay segunda vuelta». Era falso, con información cierta. Como decía Onetti: «la peor mentira es aquella en que todo lo que se dice es verdad pero se le quita el alma a los hechos». No se dijo que de 6:189.253 habilitados votaron solo 1:120.663 ciudadanos (padrón actualizado con la ayuda de la propia OEA).

Terminada la misión hice mi informe y se dilató su presentación. Una y otra vez. Un día, se iba a presentar finalmente el informe. Luego de hacerlo ante el Consejo Permanente de la OEA se haría ante la ONU y ante los Embajadores de la UE. Pero se ve que el informe que quise presentar no era funcional a los objetivos de la OEA.

Almagro no se hizo presente en la reunión del Consejo Permanente. Apenas comencé, el Director de la DECO, Gerardo de Icaza, comenzó a pasarme papelitos: «suficiente, termina». Los conservé como trofeo. Ahí constato y advierto oralmente que mi informe escrito se había cambiado. Al culminar mi aclaración, se me avisa que la presentación del informe ante ONU y UE había sido suspendida.

La semana pasada, a raíz del magnicidio, Haití vuelve a ser noticia. Silencio del gobierno uruguayo. Solo habló de Cuba, porque había habido una manifestación de opositores. En Haití no hay sucesión. Era el Presidente de la Corte de Justicia (murió de Covid), el del Congreso, Juvenal ya había prescindido del mismo gobernando por decreto.

Las manifestaciones se suceden con una brutal represión. El Primer Ministro (me pregunto, ¿de quién?) decretó Estado de Sitio. También pidió tropas de EEUU y ONU (una vez más). La ONU dijo que requería la autorización del Parlamento. Pero EEUU dijo que lo iba a considerar aunque ya llegaron a Haití representantes del FBI, la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado. Algo así como la avanzada.

La noche del magnicidio se sintió que hablaban español. Algunos han sido detenidos. No eran guerrilleros sino soldados colombianos. Con pasaportes expedidos con una modalidad extraordinaria. Cuando peleábamos contra la Cisplatina, Simón Bolívar se apestó a venir, hasta que vio que no llegaba a tiempo. Su apoyo en armas y soldados eran de Petion, Presidente haitiano.

Nos toca a nosotros estar a la altura.

lunes, 5 de julio de 2021

Asesinato de Letelier en Washington

Cuando me despido de mis padres y me quedo en Washington, no es ajena la sensación de seguridad personal que necesitaba. Los yanquis mandan matar, pero fuera de su territorio. Sin duda pesó también labrar mi propio camino y la necesidad de aislar a la dictadura desde donde más se la apoyaba. Pero sentirme seguro tras la pesadilla de Buenos Aires fue importante. En setiembre, una persona que me estaba ayudando a encontrar mi lugar, muere asesinada a pocas cuadras de donde le esperaba: Orlando Letelier.





Lo había conocido en el 75, con mi viejo en un coloquio en Oaxtepec (México). Allí nos ayudó a armar la agenda de nuestra visita a Washington, donde tenía importantes contactos. Orlando había sido Canciller y Embajador en Washington de Allende. Fue preso después del golpe y una vez en libertad se instaló en la capital de EEUU. En el 76, conocedor de la tragedia de mayo, me abrió muchas puertas cuando quedé solo, tras la tragedia de Buenos Aires, con 23 años. Los americanos lo conocían como Embajador y lo respetaban. Muchos chilenos creían que era el único capaz de unir toda la oposición a Pinochet.

Juan Gabriel Valdez, amigo chileno, me había puesto de nuevo en contacto con él. Su padre, Gabriel Valdez (amigo de mis viejos), me había ayudado a contactar a Descoto que fue quien terminaría financiando mi trabajo en WOLA. Pero en setiembre yo estaba sin trabajo ni respaldo institucional. Me había hecho unas hojas que decían «Uruguay Information Project». Sonaba muy rimbombante pero era solo yo. Dormía en un sofá del Consejo de Asuntos Hemisféricos, en la Av. New Hampshire.

Como Embajador del exilio chileno, Orlando conmemoraba en su casa su Fiesta Nacional (las fiestas dieciocheras). Yo venía hablando con él por una pasantía («internship») en su oficina hasta que se concretara lo de la WOLA. Su oficina financiada por fundaciones europeas: el «Instituto de Estudios Políticos (IPS), quedaba en el 1901 de la calle Q -NW-, a pasos del céntrico Dupont Circle. Me invitó a la Fiesta.

Ésta comenzó antes del mediodía del sábado 18 de setiembre y terminó pasadas las 17:30. Justo al mediodía bailó una cueca con su esposa, Isabel Margarita. Tenía hijos chicos, hoy uno de ellos es Senador en Chile. Terminado el baile, pasaron bebidas: me toma del brazo y en un aparte brinda conmigo: «Conseguí los recursos: el lunes puedes empezar como pasante en IPS». Seguí el festejo hasta la noche.

El lunes 20, a las nueve en punto llegué a lo que sería mi oficina, hasta que se concretara lo de WOLA. Orlando me recibe de inmediato, me agencia un escritorio pequeño. El IPS era un edificio amplio de unos cuatro pisos. Orlando me cuenta que al otro día se reunirá LASA. «Y a que no sabéis qué… te he conseguido para que hables». Enorme alegría.

De inmediato tuve que averiguar qué era LASA. Yo era un recién llegado. Por cómo lo dijo, intuí que era muy importante. Pero yo, ni idea. La única persona que conocía en IPS era la Prof. Roberta Salper (y al cineasta Saul Landau, pero creo que él no sabía quién era yo). Roberta me felicitó y explicó. La sigla identificaba a la Asociación de Estudios Latinoamericanos. A la misma pertenecían los departamentos internacionales de todas las Universidades de EEUU.

LASA se reunía en un gran congreso una vez al año. Ese año lo harían en Atlanta, Georgia. El proceso de selección de la sede del encuentro era una movida muy grande. Al otro día habría una de esas reuniones preparatorias y todo referente sobre América Latina en Washington estaría presente. Me ayudó a preparar mi presentación. Todavía, prefería llevarla por escrito.

El martes a las 9 en punto comenzó la sesión. A las 11 me anuncian y hablé 20 minutos y luego contesté preguntas. Todo denunciando a la dictadura uruguaya de la que muy poco se sabía allí hasta entonces. Terminé y alivié los nervios. Poco recuerdo los saludos y comentarios de la gente presente. Había sido mi debut público: en EEUU y en inglés.

Fui a tomar agua en el fondo del salón. En eso, empezaron a sentirse llantos y voces que anunciaban y gritaban algo confuso. La sesión se interrumpió sin protocolo. Todo el mundo corría en direcciones opuestas. No entendía ni sabía cómo hacer para comprender algo. Allí estaba el Prof. Larry Burns de NY a quien pregunté qué pasaba. «Mataron a Letelier», me dijo.

Subí a mi oficina por una escalera repleta de gente que la bajaba. Me tiro en mi silla. No lograba llorar. No tenía reflejos. Así estuve como un cuarto de hora. Alguien (no recuerdo quién) entró y me contó. «Pusieron una bomba bajo el coche de Letelier. Fue a las 9:30 frente a la Embajada de Chile en Sehirdan Circle. Murió él y Ronnie Moffit».

Ronnie, su secretaria, tenía su escritorio al lado del mío. Vivía a la misma distancia de la oficina que yo, pero hacia el norte y yo hacia el sur. Orlando la solía traer porque le quedaba de paso. Su marido Michael (también trabajaba en IPS) salvó su vida, pero sufrió heridas graves. Tengo lagunas, pero recuerdo mucho el velatorio y el entierro.

En este último fuimos al cementerio de Georgetown, tras sus restos y una camioneta que llevaba a Joan Baez, con un equipo muy improvisado cantando en español e inglés. «We shall not be moved, como un árbol firme junto al río no nos moverán». Instintivamente, al finalizar, le di un apretado abrazo y una vez más traté de llorar, pero no pude. Las lágrimas se anudaban en mi garganta y en un ardor en el pecho. Creo que, además de tristeza, la angustia expresaba mucho miedo.

En el entierro y las marchas gritábamos que la bomba había sido detonada desde la Embajada de Chile, frente a Sheridan Circle, donde estalló la bomba. Yo en realidad quizás no lo creía, era demasiado burdo. Años más tarde la Justicia de EEUU estableció que desde allí operó Michael Townley, el autor material.

Recuerdo flashes de aquellas horas. Pero cuando en 2019 escribía con Vignolo el libro «Wilson Bitácoras de una lucha» una historiadora argentina, Naguy Marsilla, me hizo llegar un link: el noticiero de la CBS del afamado periodista Walter Cronkite, que veía todas las noches, menos esa del entierro: (youtube.com/watch?v=qHEBvEFW951). En el mismo aparezco, marchando frente a la Embajada de Chile y en la conferencia de prensa de IPS con mi joven mirada perdida.

Esa noche, la Presidenta de Amnistía Internacional en EEUU, Rose Styron, me llevó con su familia a su casa de descanso en Cape Cod. Su marido, el novelista William Styron, era el autor de la novela «La elección de Sofía» llevada magistralmente al cine por Meryl Streep. Quizás lograron distraerme un par de días. Nunca supe expresarles toda mi gratitud. Quizás por eso mi hija se llama Sofía.

Días después, me citan del FBI, pero esa es otra historia.




viernes, 4 de junio de 2021

¡Viva mi Patria Bolivia! Artículo: Juan Raúl Ferreira

Por: Juan Raúl Ferreira 3 junio, 20213 junio, 2021

Hugo Navajas, boliviano, diplomático de la ONU que había escondido a mi padre, nos pide que llevemos al expresidente Torres con nosotros. Ahí se empieza a cruzar mi vida con Bolivia.





Ayer estuve un par de horas, declarando sobre esos días en la Fiscalía Especial de Delitos de Lesa Humanidad. Habían matado a Toba, Zelmar, Barredo y Whitelaw y desapareció el Dr. Liberoff. Apenas se llevan (11:15 de la mañana) los restos de nuestros amigos al Vapor de la Carrera, buscamos nuestra propia seguridad.

El Dr. Kaufman (Amnesty) desde Londres y Tito Berro Hontou desde Buenos Aires lograron que el Embajador nos encontrara. Al despedirnos del boliviano Navajas, a quien tanto debíamos, nos dice: «por favor lleven al Gral. Torres, (expte. de su país exiliado en B.A.), lo van a matar.» El Embajador (Peter Müller) dice a mi padre: «sus huéspedes son los míos».

Y marchamos a su casa para iniciar al asilo con él. Estaba en su casa. Venció rápidamente la sorpresa para responder: «Gracias, querido Wilson, pero a mí no me van a hacer nada porque soy militar». Acabábamos de llegar huidos a Paris cuando, el 3 de junio, ofrecíamos una conferencia de prensa, interrumpida por una esquela: «Encontraron anoche los restos de Torres acribillado a tiros».

Hasta sus últimos días de vida papá decía que cargaba con esa mochila: «¿Qué nos faltó decirle para convencerlo?». Sin duda el exilio nos hizo más latinoamericanos de lo que ya éramos antes. ¡Al diablo esa costumbre de sentirnos la «Suiza de América»! ¡Qué horror! Fue muy importante compartir destino y lucha con hermanos de la Patria Grande.

Cuando en 1979 logro «status consultivo no gubernamental» en la OEA, fue todo un éxito. No existía. Pero en condición de tal fui a La Paz, a la Asamblea General del organismo. Allí me quedé en lo del diputado socialista Marcelo Quiroga, que habrá estado poco antes en Washington en una Conferencia en la que yo estaba.

Fue la Asamblea donde se discutió el caso de Julio Castro, desparecido en agosto del 77. Un Coronel (Bonifacio) me arremetió a golpes cuando se discutía el tema. Los recortes del diario «Presencia», que aún conservo, son muy elocuentes. Uruguay pide se me expulse de la Asamblea y el expulsado de la misma fue Uruguay.

En esta reunión, Bolivia obtiene un gran triunfo diplomático: la multiliateralización de la disputa con Chile por la salida al mar. Se neutralizó muy rápido. Horas después del discurso de clausura del Presidente Constitucional Guevara Arce, se produjo un golpe de Estado: el del Gral. Natusch Busch. Chile lo usó como argumento de que la inestabilidad boliviana impedía negociar.

Pero eso era lo de menos. Yo regreso a donde me alojaba y creí que habían matado a mi anfitrión. Habían allanado su casa. Se salvó, pero murió poco después durante el golpe de García Mesa. El Golpe fue a las 2 y media de la madrugada. Sobre el mediodía la Fuerza Aérea comenzó a bombardear a civiles concentrados en la Plaza de San Francisco.

Los veíamos caer inermes. Muertos y más muertos: se le recuerda, por la fecha, como la masacre de todos los Santos. Varios días después Diego Achard logró sacarme de Bolivia. Asumió luego Lydia Gueiler, y vino otro golpe: el de García Mesa.

El Golpe encuentra al vicepresidente electo junto a Siles Suazo, Jaime Paz, en Washington, reponiéndose de las heridas de un atentado a su avión. Le ofrecimos lo que estaba a nuestro alcance. Siempre con la sensación de que era poco.

Antes de volver a la democracia ocurre una nueva tragedia: «La Masacre de la Calle Harrington». Fue un 15 de enero del 81. La dirección del MIR fue tomada por asalto y fusilada. En Lima, un boliviano se enteraba cómo habían muerto sus amigos y compañeros de causa: Ernesto Aranibar, el Pirulo. Poco después llega a Washington y le conozco. Pasó a ser de los mejores amigos que me dio el exilio.

Pirulo llegaba con cartas de amigos en común. Por esos tiempos la Asociación Latino Americana de Derechos Humanos (Aldhu) me había pedido la representara en la Capital de EEUU. No podría, la Convergencia tenía apenas un año de vida y a ella me debía. Entonces le ofrezco: «abramos la oficina, le paso los contactos y usted me ayuda…» Lo que él buscaba. «¿Dónde está el titirito de leche?», respondió con humor.

Pobre Pirulo, creo que le di más dolores de cabeza que ayuda. Pero fuimos compañeros de oficina y me abrió las puertas para hacer alguna otra picardía para apoyar la resistencia boliviana. Su hermano Antonio era un referente político en América Latina. Llega el año 1982, en el que cae el dictador y Siles Suazo asume el 10 de octubre la Presidencia.

Con Diego Achard fuimos a su asunción. Cuál no sería nuestra sorpresa que en el acto de asunción, «Pirulo» Aranibar asumía como Ministro de Finanzas de su gobierno. Estuvimos varios días. El Presidente Siles vivía al lado de la suntuosa residencia presidencial y fue en aquella, su casa, donde nos recibió. Son tantas las fotos de esos días que no sé cómo elegir.

Pero hay una que siempre tengo a mano. A la calle Harrington, donde habían matado tantos amigos de Aranibar, tantos y tantas combatientes contra la dictadura, le iban a poner el nombre de «Mártires del 15 de enero». Y me habían designado para llevar a cabo la ceremonia, discurso (foto), corte de cinta, etc. ¡Cómo nos acercó el exilio al sueño de la Patria Grande de Artigas, los libertadores, y más cerca en el tiempo, nuestro maestro Tucho Methol! Iban a seguir muchas visitas a Bolivia en ese lapso.

Wilson fue recibido con honores de Jefe de Estado. Cuando en junio de 1984 preparamos nuestro regreso a Uruguay, papá me manda a Bolivia, Venezuela, Colombia, y Panamá. 4 días, 4 países, 4 Presidentes para pedir solidaridad que nos dieron de sobra para nuestro regreso, sabiendo que iríamos presos.

Pero de esa visita de octubre del 82 nos deparaba más sorpresas. El 12 de octubre, fecha polémica si las hay, sobre cómo debe festejarse, yo ese año lo celebré del mejor modo. El Congreso por iniciativa del Ejecutivo me hace ciudadano boliviano. Mi segunda patria. Al otro día el Ministro del Interior, Mario Roncal, me entregó el pasaporte. En el 91 el Presidente Lacalle visita Bolivia y me invita a acompañarlo.

Al presentar su comitiva le dice al Presidente boliviano: «Juan Raúl no sé si a ti te votó, a mí, seguro que no». Al año siguiente el Presidente Paz Zamora retribuye la visita de Estado y le ofrezco al canciller Gross Espiel mi casa para agasajarlo. Así se hace y en medio del asado, los guitarristas de su gran amigo Alfredo Zitarrosa entraron de sorpresa, algo que siento en el fondo de mi corazón: ¡Viva mi Patria Bolivia!

lunes, 24 de mayo de 2021

Jaime Roldós, presidente, mártir y constructor. Artículo opinión: Juan Raúl Ferreira

ARCHIVO DEL EXILIO Nº 14

#ALDHU #DerechosHumanos #JaimeRoldós #JuanRaúlFerreira #JuandeDiosParra

 Los sueños no mueren. Cuando alguno se hace realidad y luego se desvanece, el tiempo se encarga de que reaparezca, con más fuerza. Un grupo de gente con savia nueva, entusiasmo y compromiso está dando nueva vida a la Asociación Latinoamericana de Derechos Humanos (Aldhu). Hay savia nueva y el empuje de siempre de Juan de Dios Parra de Chile. Entonces, no puedo más que buscar en mis archivos su partida de nacimiento.


En mis años de exilio muchos líderes latinoamericanos me brindaron más apoyo del que podía pedir o esperar. Político y aún humano, es decir, afecto. Sin desmerecer a nadie, como dicen en campaña, debo recordar cómo me prohijaron, el presidente de Ecuador Jaime Roldós Aguilera y el líder panameño Omar Torrijos Herrera. ¿Me daría cuenta de todo lo que ello significaba? Políticamente pero, sobre todo, como contención humana. En el año 80 se había creado la Convergencia (CDU – Archivo 12).

Ya hemos visto la movida internacional que trajo aparejada. En medio de aquel ajetreo, me llama (suena raro) el presidente ecuatoriano a invitarme a conversar sobre una «idea fermental» que estaba madurando. Allí fui. Arribé a Quito el martes 29 de abril, apenas una semana después de la Conferencia de Prensa en Naciones Unidas anunciando la formación de la CDU.

Fuente: Archivos Juan Raúl Ferreira. 

Tras una entrevista en el diario El Comercio mantuve una reunión a las 15:00 horas, con el canciller, el historiador Alfredo Pareja Díez Canseco. Él mismo me acompañó al Palacio a la reunión con el Presidente Roldós. En la misma estaba quien años antes me lo habían presentado en Washington: Horacio Sevilla Borja, que junto a César Verduga eran ahora los asesores internacionales del joven presidente, que ya se proyectaba por su ímpetu renovador en toda América.

Su idea era que las organizaciones de derechos humanos deberían cuidar su neutralidad política. Pero, del mismo modo, quienes tenían un público compromiso político, aún partidario, debían tener su instrumento de Derechos Humanos. Al otro día tuve una larga reunión con su esposa Marta, quien a su vez había invitado a Ernesto Cardenal. Ernesto era poeta, monje y ministro de Cultura de Nicaragua.

(Autor del Evangelio Según Solentiname – recién el Papa Francisco lo reivindicó en el 2020 poco antes de su muerte). Las fotos con Marta -que menos de un año después, iba a morir junto a su esposo en un atentado nunca aclarado – y Ernesto Cardenal me recuerdan que fue más una larga sesión de trabajo que una visita protocolar. Allí salió humo blanco sobre el perfil que debía tener la nueva Institución.

También estaba Horacio Sevilla (las vueltas de la vida, siendo yo décadas más tarde embajador en Argentina, él fue mi colega ecuatoriano). Al cónsul uruguayo le preocupaba, pero las noticias le llegaban tarde. El 2 de mayo escribe a la Cancillería uruguaya: «Estuvo Juan Raúl Ferreira, invitado por el Presidente Jaime Roldós. No ha trascendido de qué hablaron. (Ya pronto se enterará). Pero no hay explicación razonable del recibimiento que le dan cada vez que viene. Se asemejan a los reservados a altos dignatarios de Estado». No era mi mérito, era la generosidad sin límites del Presidente y su equipo.

El 10 de agosto estaba de regreso en Quito. Tras un acto en solidaridad con Bolivia, bajo una cruel dictadura, el 11 dio a la luz la Aldhu. Su primer Consejo Directivo estuvo integrado, entre otros, por Gerard Pierre Charles (Haití), Gustavo Carvajal (México), Vicente Saadi (Argentina), Guillermo Ungo de El Salvador… bueno y yo de Uruguay.

El primer secretario ejecutivo fue el embajador y asesor presidencial Horacio Sevilla Borja. Roldós y mis colegas entendieron que debía hacer uso de la palabra en nombre de todos. Más allá de la foto, mi recuerdo conserva únicamente la profunda emoción que me conmovía. Como si fuera poco se me designa representante de la flamante Aldhu.

Pero los compromisos de la CDU lo hacían casi imposible. Casi tanto como tener que decirle que no a Jaime. Un boliviano, Ernesto Aranibar Quiroga, que empezaba su exilio en Washington, me ayudó a compatibilizar ambas tareas. El en los hechos fue él, quien dirigió la oficina de la Aldhu en la Capital de EEUU.

Así pude compatibilizar los compromisos de la CDU con los de la Aldhu. (Por cierto, le llamábamos Aladehu y fue Aranibar quien rebautizó a la flamante ONG. En medio de aquel siempre doble entusiasmo, Quito y Washington; CDU y Aldhu… como pasaba casi siempre, un duro golpe: el 24 de mayo de 1981, se estrella el avión en que viajaba Roldós, con su influyente esposa Marta Bucaram. Hasta hoy se siguen escribiendo libros con nuevos hallazgos que demuestran que fue un crimen político, pero no se esclareció nunca.

Dos meses después, solo dos meses, se «accidenta» el avión que trasladaba al Gral. Torrijos 31 de julio de 1981 de Panamá a Farallón en los montes de Penonomé. Hablé ante su tumba. Se me habían secado las lágrimas. Me fui al Norte por los asesinatos de Zelmar y Toba junto a Barredo y Whitelaw , y la desaparición, también en Buenos Aires, de Benjamín Liberoff. De salida matan al Gral. Torres, a quien habíamos invitado a asilarse con nosotros. Llego a Washington y matan a Letelier (Archivo 9).

En marzo del 80 a Mons. Romero (Archivo 2). No había hecho el duelo de Roldós y matan a Torrijos. No salíamos del shock cuando, quien fuera el vicepresidente de Roldós, Osvaldo Hurtado, ya Presidente, nos invita a un almuerzo. Estamos allí todos, absolutamente todos los miembros del Consejo Directivo. El almuerzo siguió a días de consultas internas.

Ahí ratifica su voluntad de seguir con la Aldhu. Estaba Grille (actual director de Caras y Caretas) que a la sazón quedará a cargo de la Secretaría Ejecutiva. La Aldhu pudo seguir su vida. Y ahora en pleno siglo XXI, nuevas voces, nueva sangre, nuevos impulsos, hacen mantener vivo aquel sueño. Creo que debo confesar que cuando escuché por primera vez la idea no me di cuenta el vuelo que iba a tener. Así son los grandes hombres. Pueden ver las grandes cosas antes de que nazcan. Los pueden matar pero su siembra termina siendo cosecha.

Fuente: Radio la R