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martes, 9 de agosto de 2022

Las llaves de Colombia

 Baltasar Garzón 9 de agosto de 2022 10:59h 


En el año 2012 recibí las llaves de la ciudad de Bogotá de manos de su alcalde. Supuso para mí un inmenso honor en un momento especialmente duro de mi vida profesional. En la memoria también están presentes, de forma principal, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos; el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero; y el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno Ocampo, al dar, estos, el visto bueno a mi incorporación como asesor a la Misión de Apoyo al Proceso de Paz.




Bogotá, siguiendo la terminología derivada de la antigua civilización muisca, tiene varias acepciones. Yo me quedo con la que creo más la significa: “La dama de la montaña que resplandece”. No sé si pueden imaginar lo que significa para alguien tan ligado como yo a la pelea por los acuerdos de paz de Colombia contar con el honor excepcional de recibir ese galardón. El regidor que me lo entregó tuvo un complejo mandato, siendo destituido de su cargo tras la desprivatización de la recogida de basuras para luego ser restituido por sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El alcalde se llamaba Gustavo Petro, obtuvo sus mejores éxitos en educación y salud y desde el consistorio saltó al escenario nacional, convirtiéndose en un referente de la izquierda.

Diez años después me encuentro de nuevo en Bogotá, en circunstancias diferentes. Acudo junto a mi compañera de vida, Dolores Delgado, a la toma de posesión de Gustavo Petro, que ha recorrido un camino largo desde su despacho municipal de entonces. Este domingo, el revolucionario que formó parte de la guerrilla Movimiento 19 de abril (M19) asumía la realidad de ser el primer presidente de izquierdas de Colombia. Con él, Francia Márquez, su vicepresidenta, que va a revolucionar el papel de la mujer, de la indígena, de la afroamericana de los y las invisibles en su país.

Esta nación querida tiene ahora un gobierno progresista. Ello supone la continuación de los esfuerzos por la paz que omitió el gobierno anterior de Iván Duque, la implementación de un modelo solidario de desarrollo y un impulso para la reactivación de Latinoamérica, reactivación que podrá potenciarse aún más en la región si en octubre las urnas dan la victoria a Luiz Inácio Lula da Silva para la presidencia de Brasil frente al ultraderechista actual mandatario Jair Bolsonaro. Se auguran tiempos de ejercer políticas por los más vulnerables, de respeto por los pueblos originarios, de dialogo, de paz. De cuidados hacia la madre tierra. Tiempos en que los pueblos originarios, campesinos y afrodescendientes reciban el trato debido a sus derechos ancestrales, tantas veces olvidados.

La esperanza

Del juramento de Petro han sido testigos numerosos jefes de Estado y primeros ministros de otros países, entre ellos el rey de España. Fuera del boato oficial, lo más emotivo es la esperanza de la ciudadanía. Colombia ya dio su opinión con el acuerdo con las FARC en 2016, con las elecciones presidenciales de 2018 en las que el hoy presidente quedó segundo y en el ambiente que traducían las protestas de los años 2019 y 2021, que denotaban hastío de la política conservadora y de la corrupción. 

El proceso de paz en Colombia salió adelante aun cuando a los narcos no les interesaba que así fuera. Los documentos desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos en 2018 apuntaban a que el senador y presidente de Colombia de 2002 a 2010, Álvaro Uribe, había sido acusado varias veces por diplomáticos estadounidenses a causa de supuestos vínculos con el narcotráfico en los años noventa.

La embajada de EEUU en Bogotá remitió una lista de políticos colombianos "sospechosos de tener vínculos con el narcotráfico". La lista se dividía en dos secciones: "los narco-políticos", que eran "políticos con sólidas historias" de relación con el narcotráfico, y "los posibles narco-políticos", que eran sospechosos de tener lazos con el tráfico de drogas, aunque no estaban comprobados. Así eran las cosas. Y con ello tendrá que lidiar el presidente Petro. 

Izquierda en el Gobierno 

La coalición progresista lo va a tener muy difícil para superar todos los obstáculos que afrontará en ámbitos como el del medio ambiente, en el que se necesitan fórmulas más respetuosas con la naturaleza y más combativas con el extractivismo, la mineria ilegal o el cambio energético, eliminando la dependencia del carbón y del petróleo. Es decir, una política medioambiental ambiciosa para una transición energética que saque a Colombia de la dependencia de los combustibles fósiles.

Los caminos por los que piensa avanzar Petro discurrirán por la senda del acuerdo, por un pacto nacional que incluya a quienes no votaron por él. Reto importante que incluye una suma de voluntades que, hoy por hoy, no existe en Colombia. En su ejecutivo hay conservadores como Álvaro Leyva, quien conoce bien las negociaciones con los guerrilleros, o Cecilia López, que desde la cartera de Agricultura tendrá que desarrollar la imprescindible reforma agraria. En la ONU ha situado a un símbolo: Leonor Zabalza, indígena y diplomática. La mayoría que detenta en el Congreso le permitirá a abordar la inaplazable y necesaria reforma tributaria que se centrará en los mayores contribuyentes y en aquellos que evaden capitales. 

El sociólogo y jurista portugués Boaventura de Sousa Santos destaca en un artículo publicado a finales de junio que Petro y Francia buscan movilizar a la sociedad colombiana como sociedad cuidadora que reconozca y recompense el trabajo de cuidado de las mujeres, establezca una nueva relación entre la sociedad y la naturaleza que priorice la defensa de la vida sobre los intereses económicos, promueva la transición energética y democratice el conocimiento ambiental. Añade que "se trata de pasar de una economía extractivista a una economía productiva que disminuya la desigualdad en la propiedad y el uso de la tierra mediante una reforma agraria que dé acceso al uso del agua y transforme el mundo rural colombiano como pieza clave de la justicia social y ambiental…". En cuanto al conflicto armado, hace hincapié en el respeto a las víctimas y la necesidad "de estimular una política de convivencia pacífica y reconciliación".

La guerra marca

Falta hace, porque 60 años de guerra han marcado a la población. Un cuarto de millón de muertos, decenas de miles de desaparecidos… La Comisión de la Verdad presentó el informe final concluido en junio, después de tres años de trabajo. Su presidente, el jesuita Francisco de Roux, expuso con confianza y optimismo algunas conclusiones que deben servir para un debate en profundidad. Cambiar la idea del enemigo –todo el que no esté conmigo– de las fuerzas de seguridad, transformar la mentalidad del ejército en la protección de las personas y las infraestructuras, separar a la Policía nacional del ministerio de Defensa… Teniendo en cuenta al narcotráfico, que ocupó "un lugar político, económico, militar y territorial", interviniendo en el conflicto en ambos lados. El informe llama a negociar la paz completa con el ELN, ultima guerrilla activa que, a su vez, se dice dispuesta a escuchar y avanzar. El propio Petro se ha mostrado dispuesto a tender puentes.

Mientras este documento veía la luz, el diario El País entrevistaba al ya candidato electo, quien decía:

–"Si yo fallo, vienen las tinieblas que arrasarán con todo; yo no puedo fallar” 

–"¿A qué tinieblas se refiere?", preguntó el periodista

Respondía Petro: 

"Hemos lanzado un desafío formidable. Era poco probable que yo pudiera llegar vivo al final del proceso electoral. Y ahora, si mi gobierno establece las condiciones de la transición, lo que sigue es una nueva era. Y si fracasamos, lo que viene, por ley física, es la reacción. Y una reacción de la que Uribe no es el protagonista. Los ciclos vitales cambian. Hay círculos organizándose alrededor del fascismo. No los vamos a agredir, por ahora, nada de eso, sino que vamos a tener en cuenta que esto está pasando". 

Terrible responsabilidad, no menos aterradora que ese futuro que vislumbra el gobernante colombiano como una realidad inminente. Las fuerzas del mal tienden a aliarse y no es Colombia país ajeno a que se abran los infiernos y a que la violencia, no extinguida, repunte contra cualquier colectivo. A Petro la prudencia le pedirá equilibro para impartir justicia sin que prime la impunidad y sin que la violencia tome la palabra. 

La espada de Bolívar 

El domingo 7 de agosto, bajo un sol de justicia y ante miles de personas en la emblemática Plaza Bolívar, la toma de posesión de Gustavo Petro fue emocionante, vibrante e intensa, con momentos inesperados que marcan el cambio de rumbo en el que se embarca el nuevo mandatario.  

Dio la orden: “Como presidente, le solicito a la Casa Militar, traer la espada de Bolívar”. Se trataba de la orden del mandato popular. El acto se interrumpió por 30 minutos hasta la llegada de la espada en una urna de cristal, custodiada por guardias uniformados con traje de gala, en presencia de la senadora María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, lider del M19 asesinado en 1990 por un sicario –con posibles implicaciones en el hecho del aparato del Estado y paramilitares– cuando fungía como candidato presidencial por la Alianza Democrática M19, que momentos antes le había impuesto la banda presidencial. Entonces, no solo hubo un estallido de júbilo, sino que también las lágrimas abundaron y el canto de "alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina" llenó la plaza y las gargantas de toda Colombia.  


Sin embargo, algunos líderes demuestran una preocupante cortedad de miras y una desconsideración histórica hacia quienes forjaron la independencia de este pueblo. Como le ha ocurrido al presidente saliente, Iván Duque, que, en un último intento agónico de su mandato, se negó a que aquel símbolo de unión latinoamericana se incorporara desde el principio a la ceremonia. U otros, que no honran los símbolos y no prevén los efectos de su omisión. Desde este momento el presidente Petro, de esta forma tan alegórica, mandó un mensaje de firmeza a los mandos militares y después conciliador –pero exigente– de sumisión constitucional, irrestricta.

La enumeración de sus "diez mandamientos" para su gobierno especifican una política progresista que revolucionará su país y será ejemplo para toda una región respecto de la cual llamó a la unidad, a modo de una Unión Europea latinoamericana que aglutine los esfuerzos de tantos hombres y mujeres que, desde Latinoamérica y desde fuera, físicamente, pero dentro del corazón, luchamos por el concepto de Patria Grande.  

El 7 de agosto de 2022 será una fecha inolvidable. Cuando abracé a Maria José Pizarro sentí toda la fuerza de su padre, cuya imagen llevaba impresa en la espalda, y sentí que nos miraba y aprobaba lo que allí estaba sucediendo. Gobierno paritario; defensa de los más vulnerables y de los derechos de los pueblos originarios, campesinos y afrodescendientes; nueva política fiscal, redistribución de las riquezas;  nueva política agraria; nueva política antidrogas, valiente y compleja; nueva política sobre medio ambiente, exigiendo responsabilidades a los países contaminantes; paz, en el más amplio sentido de la expresión; verdad, justicia, reparación, garantías de no repetición; o diálogo integrador y sin exclusiones fueron algunos de los puntos que resaltaron.  

Fue al llegar a la plaza y oír a un grupo de jóvenes que, apretujados en primera línea, me identificaron cuando caminaba de la mano de Dolores Delgado –"Juez Garzón, gracias por estar aquí, gracias por acompañarnos, ¡sí se puede!"–, cuando sentimos emoción y una sinergia especial. Fuimos conscientes de que algo estaba cambiado definitivamente en Colombia. Y nosotros, cada uno en nuestra esfera, estábamos allí, renunciando con ello a la indiferencia y asumiendo un compromiso de contribuir a que, al menos por esta vez, triunfen los que siempre pierden. Y que la frase indeleble en estas tierras americanas de "el pueblo unido jamás será vencido" sea una realidad para siempre

En medio de todo este conjunto de emociones, estrechando manos, repartiendo abrazos, besos y escuchando aplausos, no podía por menos que recordar mientras se desarrollaba el acto, solemne y jubiloso, algunas frases de la canción Empezar una vez más, dedicada a quienes trabajan a diario para la reparación integral de las víctimas del conflicto armado:

"…Vamos a cambiar la realidad

Que esto no vuelva a pasar

Construyendo un nuevo mundo

Empezar una vez más.

Quitar la venda del dolor

Sin olvidar lo que pasó

Coraje para transformar

Respirar

Volver a empezar.

Construir algo distinto

Depende de nosotros mismos

Mirarme en el espejo y reconocer

Que de mis cenizas puedo renacer.”

En el mismo lugar en el que me entregó las llaves de la Ciudad de Bogotá en 2012, Gustavo Petro recibió este 7 de agosto de 2022 las llaves de Colombia. Se las entregó el pueblo que quiere iniciar algo nuevo y edificar un país mejor, diferente y en el que la vida en paz sea posible. Que así sea.

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Fuente: Infolibre.es




martes, 5 de julio de 2022

Los muertos de nadie. Art Opinión Baltasar Garzón

“No preguntes cuántos son los que murieron, tampoco cuántos han sido los heridos. “Centenares”, dicen. Cien arriba, cien abajo, ¿a quién importa? (…) La culpa es de los muertos. Los violentos son los muertos. Los responsables son los muertos. Las autoridades de los pueblos sólo pueden felicitarse de haber conseguido que los violentos estén muertos, que los sin derechos estén muertos, que los sin pan estén muertos…” Estas líneas, con las que me identifico, son de Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger.

Las ha dedicado a los migrantes que se dejaron la vida en la valla que separa Melilla de España, pero son vigentes para todos los que lo hicieron antes, para los que lo volverán a hacer y para todos aquellos que en cada país emprenden el viaje empujados por la frustración y la necesidad, jugándose la vida o perdiéndola para alcanzar el sueño de occidente que enmascara miseria, humillación y mucha angustia.

Reflexiono sobre ello a veces, sobre todo con las imágenes de aquellos ilegales que han atravesado la línea del deseo y besan la tierra de Ceuta o de Melilla tras una travesía de espanto. Han llegado pero el futuro no solo es incierto, sino que trae malas perspectivas. Me impacta que la mayoría sean adolescentes y jóvenes. Es normal porque es la edad de los sueños, lo malo es el despertar.

En Melilla hemos visto morir a más de 40 personas, según los datos de las oenegés, hostigadas al parecer por la gendarmería marroquí —donde también hubo dos fallecidos— aplastadas contra la alambrada de la que creen firmemente que marca la diferencia entre una mala vida y una vida por conocer. Las noticias que han ido llegando de cómo sucedió la tragedia llevan a que todo ser humano con sentimientos note un estremecimiento en la piel y desolación en el alma. Saber que a un crío de 17 años que ha pasado tres con el objetivo de alcanzar este destino incierto, que ha acampado los últimos ocho meses en el monte cercano para, finalmente, hacer el intento definitivo, las autoridades marroquís le identifiquen como líder de la mafia responsable de esta macabra historia es tan alucinante como descorazonador.


Insensibilidad y espanto

Hay veces que hablar sin la suficiente información trae malas consecuencias. Es lo que le ocurrió al presidente del Gobierno español cuando, a primera hora de la mañana, tras los hechos, aparentó mostrarse insensible con las víctimas y justificó y alabó la acción de los gendarmes y guardias civiles. Son declaraciones que más parecen propias del ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, que en estos temas de devoluciones en caliente y represión en la frontera no parece que prodigue la sensibilidad. Quizás la concentración en cómo afrontar su debut entre los grandes mandatarios del mundo les hizo olvidar lo esencial ante unos hechos tan graves como los sucedidos en nuestras fronteras con el Magreb.

Desde luego es sumamente importante formar parte del club selecto de la OTAN y hacer cuentas para participar, sin disfraces, de la carrera armamentista; con la ambición justificada de que el país tenga su justo lugar en el mundo, pero esto no es excusa. Porque se puede estar alineado con las mayores potencias y triunfar como gobernante, pero si se deja de lado a los vulnerables, a quienes forman parte de la esencia progresista de tu ideología y de la política que pretendes defender, no generarás confianza y estarás abocado al fracaso como persona.

Por ello, imagino el horror de Pedro Sánchez cuando le dieron más datos sobre lo sucedido. No dudo que sintió espanto por la tragedia, pues no le tengo por indiferente, pero también debió quedar conmocionado como político por las repercusiones. Después se condolió sinceramente por las víctimas y sus familias y volvió a los otros asuntos. Con el presidente de EE. UU, Sánchez firmó un acuerdo para abordar la solución a una migración segura, ordenada y regular, apenas unos días después de que, en Texas, 50 migrantes perdieran la vida deshidratados en el interior de un camión en el que pretendían alcanzar el paraíso norteamericano. Ambos presidentes pretenden gestionar los flujos migratorios irregulares, que son dos palabras frías que suelen darse de bruces con las siguientes que pronunciaron: “garantizar un trato justo y humano de los migrantes”.


Memoria leve

Sería deseable que así fuera. Antes de estas historias tan trágicas tuvimos aquí a cientos de niños marroquíes enviados a la península por el rey alauita en una “invasión” de migrantes que tenía como objetivo destacar el poderío del vecino de enfrente, no tan amable ya, que fueron devueltos a su tierra de manera poco regular y cuyo regreso a España reclama ahora la justicia. Otro punto discutible para el ministro de Interior. La eterna sangría de las muertes en el mar de quienes se embarcan en patera aquí y en todo el Mediterráneo es una llamada más para las conciencias.

Hemos cerrado los ojos, pero tenemos a los refugiados sirios en manos de Recep Tayyip Erdogan, amigo hoy por su placet a Suecia y Finlandia, pero mal enemigo y dudoso demócrata. La factura que puede pasar a nuestras democracias el presidente turco es inquietante. ¿Qué decir del primer ministro británico Boris Johnson, empeñado —pese a las advertencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos— en enviar a Ruanda a los solicitantes de asilo político? Aún señalo otra deuda pendiente: ¿recuerda alguien a los refugiados afganos? ¿Aquellos que tanto ayudaron a los países civilizados? ¿Y a los afganos que tuvieron que quedarse allí? ¿A las mujeres que han retrocedido en sus derechos hasta épocas feudales debajo de sus burkas? Todo es apariencia y todo es falsedad. Recuerdo la difícil llegada a España del fiscal general de Afganistán, en claro riesgo de muerte. Costó mucho trabajo rescatarlo. Llegó con su familia, le hospedaron y le olvidaron. Finalmente, abandonado, tuvo que buscar refugio en Nueva Zelanda.

Nuestra memoria es leve y nuestra capacidad de escandalizarnos ha bajado el listón acercándose a la apatía con demasiada premura. Ya saben que la indiferencia permite que la impunidad se abra camino y eso es malo. Malo para los Estados de Derecho, malo para las sociedades, malo para quienes lo único que pedimos es que cada mañana el espejo nos devuelva una mirada ética irrenunciable.

En la cumbre

La Fiscalía General del Estado ha puesto en marcha una investigación sobre lo sucedido en Melilla. La ONU ha clamado contra estos duros hechos. El Papa Francisco pide que tales desgracias no se repitan. Organizaciones no gubernamentales, jueces progresistas, ciudadanos manifestándose por la calle el fin de semana, desean establecer un freno a la crueldad. Marruecos tendrá que explicar qué sabía, por qué permitió que se llegara a este punto, si auxilió a las víctimas e identificó a los fallecidos. España debe aclarar si permitió o no que la gendarmería recogiera en nuestro territorio a migrantes que ya habían conseguido llegar hasta aquí. Hay que establecer responsabilidades penales en su caso, evitando que el silencio caiga sobre estas muertes.

En Madrid, estos días, se han prodigado las comitivas oficiales, los besamanos, los manteles con platos elaborados, los oropeles en un mundo paralelo de los que tanto abundan. La sociedad política internacional derrochaba pulcritud y buenas palabras en sus debates geoestratégicos que transcurren a años luz de la realidad, mucho más básica y dolorosa, que sufren a diario millones de seres humanos. Esa contraposición es fea y avergüenza. Del mismo modo que produce bochorno la fotografía de los y las parejas de los líderes del mundo occidental ante el Guernika. ¿Qué diría Picasso? Su obra denunciando la guerra de Franco, brutal como todas las guerras, sirvió para que los co-representantes de una organización cuya razón de ser es el conflicto bélico exhibieran su armonía, pero ninguno reclamó la paz. La artista peruana Daniela Ortiz reaccionó pidiendo la retirada de sus obras en exposición en el museo Reina Sofía, por considerar aberrante ese posado ante un cuadro que simboliza el grito contra la guerra en favor de la concordia.

Ajenos a tal distorsión, los asistentes a la cumbre OTAN se han mostrado muy satisfechos. Como balance se marcaron los desafíos: beligerancia rusa, China y sus intereses en Asia Pacífico, el yihadismo al sur y más millones para Ucrania. Acuerdos históricos, dijeron. La organización española perfecta, en palabras del secretario general Jens Stontelberg, y Madrid una hermosa ciudad. Nadie, parece, piensa en la tensión y consecuencias que la eventual ampliación de la organización puede traer.

Entre tanto, al sur del sur de Europa, en algún pueblo de Sudán, un crío está haciendo planes con sus amigos para iniciar un viaje difícil y peligroso. Quizás no vuelva a ver su aldea. En muchos pueblos, las madres lloran hoy sin saber si sus hijos están vivos. En Etiopía, la gente huye de la guerra en el Tigray y de las masacres bajo el mutismo de los grandes países. Vuelvo al texto del arzobispo emérito de Tánger y me sobrecoge: “Yo no puedo decir que los responsables de esas muertes son los Gobiernos de España y Marruecos; yo no puedo decir que los Gobiernos de España y Marruecos tienen las manos manchadas de sangre; yo no puedo decir que los Gobiernos de España y Marruecos llenan de víctimas un frío, cruel, prolongado e inicuo corredor de la muerte. No lo puedo decir, pero lo puedo pensar, y es lo que pienso”. Tiene razón Santiago Agrelo y, como él, yo también hago míos a estos muertos de nadie. Quizás si las grandes naciones implementaran el diálogo en vez de la confrontación y si dedicaran un poco de sus presupuestos multimillonarios para evitar el hambre, las cosas cambiarían favorablemente para todos.

lunes, 28 de febrero de 2022

El monstruo ya está aquí (Internacional)

 Solo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente
Es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente





'Solo le pido a Dios, de Leon Gieco, cantautor argentino

Un buen amigo, especialista en seguridad, me comentaba que el conflicto que hoy vivimos, motivado por la invasión de Ucrania por parte de Rusia, está abocado tal y como se ven las cosas ahora mismo, a dos soluciones: que una parte gane, o que todos pierdan. Estas parecen, hoy por hoy, las salidas. Tal como están las cosas y quizás gracias al lado medio optimista que me caracteriza, que es la contracara de la mitad pesimista que compensa mi criterio, me siento más próximo a pensar en el “todos pierdan”.

De momento, la barbaridad perpetrada por el presidente ruso Vladimir Putin ya está provocando que se haya desmoronado el mundo hasta ahora normal en el que vivía la población ucraniana, más de 44 millones de personas, que hasta hace unos días se dedicaba al trabajo, las preocupaciones familiares, las alegrías cotidianas, las penurias y el interés por su futuro y el de los suyos. Ahora se ven sumidas, de forma brutal, en una incertidumbre absoluta. Una incertidumbre dramática traducida en tener que abandonar sus casas, buscar un refugio ante las alarmas antiaéreas; protagonizar un éxodo terrible —quienes pueden hacerlo— para cruzar la frontera y la angustia ante la llamada a la movilización de mayores y jóvenes, casi niños, para defender la libertad. Y las vidas segadas de una forma absurda, sin sentido humano, por mucha geoestrategia que exista de una parte o de otra.

Como juez, no puedo olvidar que la Corte Penal Internacional tiene competencia en Ucrania y, por tanto, la Fiscalía de esa instancia deberá abrir la investigación pertinente si considera que se están cometiendo crímenes que correspondan juzgar a la CPI, de acuerdo al Estatuto de Roma.  

Frente a sanciones y avisos, el presidente ruso daba un paso más este domingo al poner en alerta máxima sus fuerzas de disuasión, incluyendo fuerzas nucleares estratégicas, o más aún, “en servicio de combate” en base, dijo, a las declaraciones agresivas provenientes de la OTAN y por las sanciones económicas acordadas por la Unión Europea y Estados Unidos.  

En el marco de tan peligroso anuncio, autoridades rusas y ucranianas acordaban sentarse a negociar una salida. La reunión se fijaba en Bielorrusia, después del rechazo inicial a tal idea por parte de Ucrania. Zelenski, el presidente ucraniano, confirmó que el encuentro se celebraría "sin condiciones", expresándose de esta forma amarga, tras informar de que cerca de 200 personas habían perdido la vida, a la vez que continuaba un éxodo inagotable próximo ya a los 360.000 desplazados.  

¿Quién podía imaginar que llegaríamos a esto? Se diría que, pese a reiterados avisos, todo el mundo estaba como adormecido y de golpe llegó el despertar, pero aún en el limbo de la somnolencia. “En Europa siempre reaccionamos muy despacio”, me decía el mismo amigo, con tono amargo. “¿Y los informes de la CIA advirtiendo de la acción militar rusa?”, le pregunté.  Contestó: “¿Profecía autocumplida? ¿Quizás acabaron o pretendieron siempre provocarlo?”. Una cuestión difícil de responder, porque a fin de cuentas, ¿quién puede entender el mensaje críptico de las agencias de inteligencia? Quizás el propio Vladimir Putin, criado en el KGB durante más de un cuarto de siglo y del que los entendidos dicen que sigue aplicando el manual del buen espía. No lo sé, pero insisto en formularme la pregunta clave para mí: ¿quién sale beneficiado con todo esto?

La prudencia se esfumó

Lo que está ocurriendo supone la falta de cordura total. El fracaso de toda lógica. La prudencia se esfumó. Confieso que, como muchos de ustedes por no decir la mayoría, me siento destrozado por esta situación y el dolor que me produce es muy profundo. Me quita casi todas las esperanzas que tengo en que la humanidad avance. Pareciera que tras salir de la pandemia habríamos aprendido la lección, en la idea de hacer un mundo mejor, pero, por lo que estamos viendo, volvemos a caer en las mismas necedades que siempre nos han caracterizado.

En estos días aciagos trato de hacer un análisis lo más objetivo posible, y para ello hay que remontarse a años atrás, cuando la OTAN y Estados Unidos, sin demasiados disfraces, tomaron medidas claramente encaminadas a consolidar su poder militar y extender sus dominios en unos territorios “minados” que, desde luego, no iban a ser consentidos por la otra parte, Rusia, que, a su vez, hizo lo propio en territorio ucraniano. No intento justificar al presidente ruso porque su proceder es el de un líder autoritario que no vela por el principal interés de su pueblo, que debe ser garantizar su prosperidad en vez de enviar a las familias los féretros de jóvenes que ya no podrán ver un mañana desde cualquier lugar de su país en donde tenían un proyecto de vida.

En la dicotomía de quién gana y quién pierde, no hay que olvidar que las grandes empresas norteamericanas no son ajenas al beneficio. ¿Por qué no baja el precio del petróleo Estados Unidos? Mientras, en Europa, en efecto, estamos a por uvas.

Escribía este viernes el sociólogo y pensador Boaventura de Sousa Santos: “La soberanía de Ucrania no puede cuestionarse. La invasión de Ucrania es ilegal y debe ser condenada. La movilización de civiles decretada por el presidente de Ucrania puede considerarse un acto desesperado, pero presagia una futura guerra de guerrillas. Putin debería tener en cuenta la experiencia de Estados Unidos en Vietnam: el ejército regular de un invasor, por poderoso que sea, acabará siendo derrotado si el pueblo en armas se moviliza contra él. Todo esto augura pérdidas incalculables de vidas humanas inocentes. Apenas recuperada de la pandemia, Europa se prepara para un nuevo desafío de proporciones desconocidas. La perplejidad ante ello no podría ser mayor”.

Ese es sin duda el futuro inmediato, máxime cuando leo en el momento de escribir estas líneas que Rusia ha ordenado a su Ejército intensificar su ofensiva en Ucrania "desde todas las direcciones". Mientras tanto, Ucrania resiste. Boaventura analiza el porqué de esta ofensiva sobre la base de un error estratégico de Estados Unidos y la OTAN que radica en que no estaban solos y prepotentes en el mundo, como llegaron a creer. Cita la salida de Afganistán —caótica, dice— para seguir en su huida hacia adelante “y en esa estrategia pretender arrastrar a Europa que pagará una factura alta por lo que está pasando”. Para Boaventura de Sousa “la invasión de Ucrania es inaceptable. Lo que no se puede decir es que no fue provocada. Rusia, como gran potencia que es, no debió dejarse provocar…”

Ya dejé constancia de mi opinión en estas páginas, en referencia a tal afirmación. Los conflictos bélicos no son casuales ni inocentes. Siempre alguien busca obtener un beneficio, ya sea antes, durante o después de la colisión. Las sanciones económicas, las restricciones de transacciones bancarias, el corte de suministro de gas, el bloqueo de suministro de cereales, la posibilidad de sacar a Rusia del sistema swift, la subida del precio del petróleo, etc., perjudicarán, de nuevo, a los mismos: siempre el pueblo que, además de los muertos, pone el sufrimiento. Las élites políticas y económicas, no. Curiosamente las bolsas subieron el pasado viernes. ¿Alguien puede explicar esto racionalmente?

Sin piedad

Soy antibelicista, y por ello no puedo justificar la agresión de Putin, pero trato de entender lo que sucede. Es posible que en la decisión del líder ruso de ir a la guerra y masacrar al pueblo ucraniano haya pesado la consideración de que la OTAN le trata de asfixiar por el norte y por el oeste, con Turquía y China cubriendo el resto. Rusia parece necesitar, según los expertos, un puente terrestre hacia Crimea y un estatus más seguro para la región separatista de Donbás. Pero ¿es tan importante tal necesidad como para asumir las sanciones que tanto la Unión Europea como Estados Unidos puedan asestarle? El saldo de desolación y coste en vidas humanas, las propias de Rusia y las ucranianas, no parecen afectar al presidente Putin. La escena que ha dado la vuelta al mundo de un tanque en una calle de Kiev arrollando un vehículo particular, del que a duras penas pudieron sacar los vecinos a un señor de edad, no deja lugar a dudas de la falta de respeto a las personas que anima a las tropas invasoras, cuyas instrucciones parecen claras: sin piedad.

Da escalofríos la falta de empatía y el ánimo de hacer daño en una situación sobrevenida para el pueblo de Ucrania, que se ve en la tesitura de huir o autodefenderse. La imagen del presidente Volodímir Zelenski paseando por las calles de la capital para demostrar que sigue allí, animando a la ciudadanía a no dejarse intimidar, casi mostrándose como un cebo para que la barbarie apunte hacia él y obvie a los habitantes, ejemplifica la desesperación de quien sabe que la batalla está perdida, aunque quizás queden otras muchas y ello suponga pérdidas aún mayores.

Es preciso insistir en llamar al diálogo a Rusia, a la Unión Europea y a Estados Unidos. Aun puede ser tiempo de retroceder y resolver las cuestiones pendientes en una mesa de negociación, pero teniendo claro que las reclamaciones y cuitas pendientes, reales o imaginarias, no dan derecho a agredir y acabar con la vida de miles de inocentes ni a invadir una nación constituida en un Estado de Derecho.

Pido, como el compositor León Gieco, que nada de esto nos sea indiferente y que entre todos reclamemos la paz, que es la única medida eficaz para acabar con el monstruo. Una vez más hay que recuperar aquel grito que nos movilizó por millones en todo el mundo, ante una contienda tan ilegal como esta, entonces en Irak y ahora en Ucrania: ¡No a la guerra!

Fuente: Infolibre.es 

martes, 25 de enero de 2022

El oportuno enemigo común

Nada une más que tener un enemigo común. Este clásico de la psicología social proviene de un experimento de 1954 denominado The Robbers Crave Experiment en el que 22 chicos de 11 años, que no habían tenido contacto entre sí, fueron divididos en dos grupos —sin conocerse— en un parque natural de Oklahoma (USA) para realizar una serie de actividades, primero enfrentadas y comunes después. En un principio existió hostilidad entre ellos, pero según fueron imponiéndoles pruebas en las que se necesitaba el acuerdo de todos y se implantó un objetivo único, los chavales acabaron trabajando codo a codo y convirtiéndose en los mejores amigos. De ahí se estableció que, si una meta se plantea en el entorno de un ataque inminente, se produce el “efecto del enemigo común”, que hace que el colectivo olvide los enfrentamientos existentes y se una para resolver el problema mayor que atañe a todos.



En política esta técnica es muy utilizada. Busca que los ciudadanos se movilicen alrededor de un objetivo, lo que produce que se amplíe la popularidad del líder político que lo promueve y se olviden sus fallos, mientras la sociedad se encamina a conseguir el fin estratégico marcado.

Los conflictos bélicos no son casuales ni inocentes. Siempre han sido un compendio de intereses económicos y políticos, donde alguien busca obtener un beneficio, ya sea antes, durante o después del conflicto. E invariablemente sufre la población de los países involucrados, auténticas víctimas de una serie de decisiones que nadie acaba de entender.

No pretendo romper una lanza por Vladimir Putin, aunque entiendo su malestar porque, desde su punto de vista, la OTAN se le quiere meter hasta en la despensa, rodeado por el norte y por el oeste y aprisionado por Turquía y China. Pero todo ello no es excusa para una nueva intrusión. Veo en un artículo de la cadena de televisión CNN que los expertos indican que el Kremlin necesita un puente terrestre hacia Crimea y un estatus más seguro para la región de Donbás, cuya ocupación terminó en 2015. Allí se sigue apuntalando a un movimiento separatista. Tales explicaciones suelen ser centrales para entender por qué Rusia puede querer invadir Ucrania por tercera vez en ocho años. Pero los expertos dicen también que la mayoría de las opciones militares tendrían un coste extraordinario, agravado por la crisis económica que golpea a Rusia como al que más, por el covid-19 y por otros factores. Y entonces ¿por qué sigue escalando el conflicto?


Presidentes en horas bajas

No sabremos hasta mucho tiempo después a quién o a quiénes benefician los prolegómenos de este problema específico, pero sí sabemos que los anuncios de acciones de Estados Unidos contra otros países suelen coincidir curiosamente con momentos en que el presidente de turno está en horas bajas. A tal punto, que se diría que todo presidente norteamericano –ya sea republicano o demócrata– necesita tener su conflicto armado o una amenaza del mismo.

Así ocurrió con George W. Bush, que tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 respondió con la invasión de Afganistán (que acabó veinte años después con las orejas gachas y los talibanes en el poder) y después con la invasión de Irak (a cargo de una coalición para impedir el uso de armas de destrucción masiva que nunca llegaron a encontrarse y cuya existencia no quedó jamás demostrada).

Su antecesor, Bill Clinton, enfrentó una bajísima popularidad a cuenta de sus devaneos con una becaria en el despacho oval (que de principio negó, por lo que acabó acusado de perjurio). El momento álgido fue cuando admitió ante el Gran Jurado, el 17 de agosto de 1998, haber tenido una relación física inapropiada con la joven. Tres días después se desplegó la operación Alcance Infinito lanzando misiles contra las bases de Al Qaeda en Afganistán y en Jartum, Sudán.

Tampoco se libra de esta práctica Barack Obama, cuyas fluctuaciones de imagen debido a la situación económica poco afortunada coincidió con la denominada "guerra secreta" contra el terrorismo. Obama autorizó ataques con drones contra supuestos dirigentes y militantes de Al Qaeda y grupos yihadistas asociados en Yemen, Somalia y Pakistán. Provocó  además la caída de Muhamar el Gadafi, con consecuencias negativas que perduran hasta hoy y con una Corte Penal Internacional que, finalmente, no consiguió juzgar a nadie.


Trump y Biden

En cuanto a Donald Trump, me limito a un incidente —y muy grave— de los múltiples de su gobierno, como son los sucesos de Charlottesville, Virginia. En el contexto de unos mítines de extrema derecha celebrados entre los días 11 y 12 de agosto de 2017, un simpatizante nazi estrelló su automóvil contra una multitud de manifestantes, provocando un muerto y 19 heridos. Trump, en vez de denunciar a los supremacistas blancos y condenar el hecho, se limitó a rechazar "el odio, el fanatismo y la violencia en muchos lados". Su deliberada falta de claridad fue un aliciente para los supremacistas. Una semana después, ante la Asamblea General de la ONU, abogó por una coalición de naciones para actuar contra las grandes amenazas globales, metiendo en un mismo saco a Corea del Norte, Irán y el terrorismo yihadista. Trump reclamó la “destrucción total” para Pyongyang y el posible fin del acuerdo nuclear para Irán. Añadiré que, a los cien días de su toma de posesión, el 24 de abril de ese mismo año, sus índices de popularidad eran muy bajos, los más bajos de los últimos seis presidentes en el mismo periodo de tiempo. Pero también hay que decir que, con esos trucos de conveniencia a que nos acostumbró, Trump se acabó reuniendo con el presidente de Corea del Norte, Kim Jong Un, en suelo norcoreano, en busca de un futuro apacible o más bien de una impactante propaganda mediática. Su gobierno terminó con el asalto al Congreso y la negación del resultado electoral hasta hoy día, para que le sirva de puente sobre Biden.

En cuanto al presidente Biden, los últimos meses no le han sido favorables. En noviembre, se constataba su caída de popularidad con un 51% de desaprobación, mientras los republicanos mostraban signos de recuperación.

Casualmente en esas circunstancias, al inicio del nuevo año comenzaron los problemas y los anuncios. El 19 de enero de 2022, el presidente de Estados Unidos sobrecogió a Europa afirmando que creía que Rusia invadiría Ucrania, añadiendo que pagaría por ello. Fue pocas horas después de que su secretario de Estado, Antony Blinken, alertara de que “Rusia tiene planes” en el sentido de incrementar la presencia de sus tropas junto a las fronteras ucranianas y que podría iniciar en poco tiempo una nueva agresión militar.

Llamada a la calma

Josep Borrell, alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, llamó a “identificar formas de resolver el conflicto a través del compromiso diplomático bilateral y multilateral, y presentando un frente transatlántico fuerte, claro y unido”. Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, pedía desde el Parlamento Europeo a los miembros de la UE un plan de seguridad y estabilidad para aliviar las tensiones con Rusia.

Sin embargo, en España, la ministra de Defensa se ha apresurado a anunciar desde el primer momento el envío de material y hombres, con el aplauso de la derecha que sin duda desearía protagonizar algún papel en los acontecimientos. No me siento cómodo en ese entusiasmo bélico que ha marcado la titular de Defensa que viene a ofrecernos como voluntarios para lo que haga falta. España y la UE deben apostar firmemente por el diálogo y la negociación, en los que debe estar presente Ucrania, como reclamaba Josep Borrell. Los ciudadanos en Ucrania, en Rusia, en Europa, estamos demudados ante la posibilidad de un conflicto que solo traería dolor y muerte.

Quizás sea el tiempo de abandonar la política de bloques. El enemigo de mi amigo no tiene por qué ser un enemigo común. Más aún, mi amigo tendría que explicar con pelos y señales por qué él tiene ahora un enemigo y por qué ese tiene que ser también mi enemigo.

Los seres humanos debemos aprender de una vez por todas a gestionar nuestros intereses y resolver nuestros conflictos sin acudir a la violencia. Debemos buscar la armonía, entre nosotros y con la madre tierra, que bastantes problemas tenemos en este planeta tan maltratado como para añadir uno más. La violencia, y solo la violencia, debiera ser nuestro único y verdadero enemigo común.

Art. Opinión: Baltasar Garzón

Fuente: Infolibre

viernes, 14 de enero de 2022

Guantánamo, veinte años de horror. Art. Baltasar Garzón


Han pasado 20 años desde que llegaran a Guantánamo los primeros detenidos. El centro de detención norteamericano está ubicado en una base naval situada en el este de Cuba. El gobierno cubano reclama continuamente su cierre y considera que se encuentra en territorio ocupado. La prisión se construyó en 96 horas, tras los terribles ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y ha llegado a contar con 780 prisioneros. Pertenecían a 49 nacionalidades distintas, sobre todo afganos, saudíes, yemeníes y paquistaníes y, cuando fueron detenidos, sus edades oscilaban desde los 13 a los 89 años. Guantánamo es un lugar inexpugnable donde la tortura y la impunidad estaban —y es de suponer que están aún—, a la orden del día.

#Guantanamo #EEUU #Tortura #DerechosHumanos #Democracia


Sin duda sigue siendo una demostración de lo peor de un Estado y de lo que los seres humanos son capaces de inferir a sus semejantes. En estas dos décadas solo han sido procesados doce de los recluidos y de ellos dos fueron condenados por una comisión militar. Hoy quedan aún 39 personas presas, 27 de ellas, por tanto, sin cargos. Las 27 personas sobre las que no pesa acusación alguna en todo este tiempo permanecen allí en el concepto de que son detenidos de guerra en el conflicto con Al Qaeda, sin que se vea final a su situación.  Señalo, como recordaba recientemente el diario La Vanguardia, que el juicio a los cinco presuntos cabecillas del 11-S, entre ellos el supuesto líder Jalid Sheij Mohamed, sigue sin iniciarse después de diez años de audiencias previas.

En 2002, desde el juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, yo había dictado un procesamiento contra el ciudadano español Hamed Abderraman Ahmed —alias Hamido y preso en Guantánamo— como integrante de la célula española de Al Qaeda y, en diciembre de 2003, emití una orden de detención. Esto me sirvió para reclamar a Estados Unidos su extradición. Se consiguió su libertad en febrero de 2004 a cambio del compromiso del Gobierno de José María Aznar de mantenerlo en prisión, asunto que está claro era en realidad de mi competencia en base al procedimiento abierto. El 13 de febrero, Interpol me confirmó su entrega. Recuerdo que, ese mismo día, recibí la llamada del ministro de Justicia, José María Michavila pidiéndome la seguridad de que el detenido no sería puesto en libertad, pues podría perjudicar las elecciones que se iban a celebrar el 14 de marzo siguiente. Le respondí de forma contundente que lo que me decía estaba fuera de lugar.


Impactante declaración

Aquel iba a ser el primer caso en el mundo en el que se conseguía liberar a una persona de aquella prisión. Se trataba de que alguien que había estado privado de todos sus derechos los recuperara, sin perjuicio de las imputaciones que se le pudieran hacer y que eran anteriores a su marcha desde España a Afganistán. Una vez que llegó, ordené que fuera sometido a un exhaustivo examen médico, pero antes, le pregunté sobre la detención y el trato recibido en Guantánamo.

Reproduzco mis notas de aquellas fechas: “Me habló de celdas individuales de hierro (jaulas) de 2 x 1,5 m; con salida, no todos los días, de quince minutos al exterior, en silencio permanente, con capucha en la cabeza, golpes en el rostro, sucesivos interrogatorios sin abogado. Durante más de dos años, esta persona ha vivido una situación de no derecho. He acordado que le ingresen en el Gregorio Marañón, a pesar de que los informes médicos no son desfavorables. He experimentado una sensación confusa. Por una parte, la satisfacción de que me hayan entregado a un presunto terrorista, pero, por otra, la pena, el malestar, la repugnancia y el desasosiego que me produce la desorientación que traía, el calvario que ha tenido que pasar en ese campo de concentración. He autorizado que la familia lo vea en espacio abierto y cómodo (el despacho del secretario y no en los calabozos) por si esta alternativa le pudiera traer lo vivido en Guantánamo. El letrado Javier Nart ha estado muy profesional y me ha comentado que presentará una demanda de responsabilidad civil contra los Estados Unidos”.

EEUU contra el juez


En el 2009 inicié la apertura de una causa judicial para investigar a los responsables de las torturas contra los presos de Guantánamo. Se sumaron varias denuncias y querellas. Hoy todavía, como aquel día de 2004, me sobrecoge el relato de las víctimas. La práctica de la tortura ha sido una tentación y una constante a lo largo de la historia. En múltiples investigaciones así se ha constatado (dictaduras, Guantánamo, Abu Ghraib, terrorismo, cárceles, interrogatorios). Es la negación en sí misma de la racionalidad del ser humano y la negación más grosera del Estado de derecho.



Como es natural, las autoridades norteamericanas nunca colaboraron sino para impedir la investigación con la colaboración inestimable de algunos funcionarios españoles, según se desveló en el 2010 por WikiLeaks. No se me olvidan aquellos cables de la embajada de Estados Unidos en Madrid que hablaban de «torcer el brazo a Garzón» o «sospechamos que Garzón va a conseguir toda la publicidad para el caso a no ser que se le obligue a abandonarlo». Probablemente esa publicación salvó precisamente el caso e hizo que los magistrados de la Audiencia Nacional confirmaran la competencia y ordenaran la continuación de la investigación. El Tribunal Supremo español calificaría Guantánamo de limbo judicial, considerando que cualquier prueba obtenida allí era ilegal.  


El informe del Senado USA


El 9 de diciembre de 2014, un informe del Senado norteamericano dejaba claro que Guantánamo constituye la escenificación de la barbarie de un sistema que perdió toda referencia humanitaria y que olvidó el Estado de derecho en las cloacas de los centros de detención clandestinos, prisiones secretas y en cada golpe o humillación sobre personas desvalidas, privadas de los más elementales derechos. En un artículo que publiqué días después en la web de mi Fundación, FIBGAR, reseñaba lo mismo que hoy pienso, que la justificación de la necesidad de aplicar estos métodos para combatir el terrorismo, además de constituir una aberración jurídica, es falsa y soporta un engaño de más de doce años, compartido por muchos gobiernos y sistemas judiciales que han permanecido en un ominoso silencio. Y que la vergüenza se extiende a todos aquellos países cuyos dirigentes han consentido y siguen consintiendo las ilícitas acciones de las agencias norteamericanas y de quienes les ayudan o soportan.

Pero, más aún, que ese dictamen del Senado confirmaba que tales acciones criminales de la CIA en Guantánamo fueron inútiles pues los detenidos —que no habían sido juzgados— ante estos métodos expeditivos, firmaban declaraciones falsas que debían servir para justificar a los altos responsables de esa agencia de información y a las autoridades USA que torturaron sistemáticamente como medio para luchar contra el terrorismo y como política de Estado para someter a otros países.


La Jurisdicción Universal

En cuanto a la administración estadounidense, el presidente George Bush admitió que los talibanes y afganos detenidos quedarían cubiertos por la Convención de Ginebra. En 2006, el Tribunal Supremo estableció que ese convenio se aplicaba a todos los detenidos y que el sistema de comisiones militares violaba las leyes internacionales. Fueron excarcelados 500 de los arrestados. Otros 200 saldrían de su encierro durante el mandato de Obama, quien planteó cerrar el centro en un año. Llegó Donald Trump y paralizó este proceso. Joe Biden alcanzó la presidencia con la promesa de clausurarlo. Hasta la fecha solo se ha trasladado a un preso. La postura de su administración es clara: Guantánamo es “una mancha moral”, como declaró el portavoz del Departamento de Estado Ned Price. Pero Biden se enfrenta a la postura de los republicanos en el Senado que rechazan cualquier posibilidad en este sentido. Consideran a los reclusos peligrosos y se prohíbe que se utilicen fondos públicos para su transporte a cualquier destino o para mejora alguna en las instalaciones penitenciarias.



En Londres, actualmente se suceden protestas por lo que denominan presos eternos. “Acusadles o soltadles”, reclaman los manifestantes. Guantánamo se constituye como una vergüenza y un paradigma de lo que un país que se disfraza de derechos humanos, es capaz de hacer contra ellos equivocando el mensaje de salvaguarda del mundo.

La Jurisdicción Universal, instrumento que nos permitió en España llevar a cabo esta instrucción y los juicios posteriores, se había revelado como una herramienta capaz de poner en jaque los ataques sistemáticos y arbitrarios por parte de cualquier régimen por poderoso que fuera, pero la política soporta mal las presiones y, en demasiadas ocasiones, los jueces no luchan como debieran por su independencia. La Ley Orgánica 1/2014, de 13 de marzo, de modificación de la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial, relativa a la justicia universal, con el gobierno del PP, venía a echar el cierre definitivo tras una primera reforma en 2009 con un gobierno socialista, que la limitaba. Si España había sido un referente mundial, los intereses geopolíticos remataron la actitud combativa contra la impunidad y el amparo a los vulnerables.

En cuanto a Guantánamo, siempre busqué la fórmula para sacar de aquel lugar de pesadilla a quienes podía. Las consecuencias que me han reportado mis convicciones han sido diversas y evidentes. Pero todo ello no ha hecho sino reafirmarme, hoy y durante estos veinte años, en que la defensa de las víctimas y las garantías del Estado de Derecho se deben mantener por encima de cualquier componenda, y que es crucial denunciar a aquellos que buscan poner obstáculos al ejercicio de la Justicia independiente. Por muy poderosos que sean.

Fuente: Infolibre.es

lunes, 9 de agosto de 2021

Cuestión de vida y de muerte.

Art. Opinión Baltasar Garzón.

“No es cuestión de risa, es cuestión de vida y de muerte". Recuerdo estas palabras de la Fiscal General del Estado el 2 de marzo de este año, en una comparecencia ante el Congreso destinada a presentar las memorias de la Fiscalía General del Estado de 2020 y 2019, en relación con los asesinatos de mujeres. Dolores Delgado reprochaba así los murmullos y risitas de los diputados de Vox que niegan la violencia de género como uno de los más nauseabundos pilares de su oferta programática.



Según cifras oficiales del Ministerio de Igualdad, hasta el 4 de agosto 30 mujeres habían muerto en 2021. De ellas, solo siete habían presentado denuncia previa. Sus presuntos asesinos fueron sus parejas, exparejas o pareja en fase de ruptura. 

Son unas cifras que van a todo galope y que amenazan con igualar o incluso superar el horrible balance de 2020, cuando en pleno auge de la pandemia fueron asesinadas 45 mujeres. El patrón se repite este año. Las estadísticas son sombrías y desesperanzadoras y de ellas da fe el último informe sobre evolución del número de mujeres víctimas mortales por violencia de género en España. 

Y es dramático porque desde 2003, año en el que empezaron a oficializarse estos datos, son 1.108 las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. Con todo lo fríos que son, los números permiten dimensionar el problema y medir su evolución para adoptar mejores medidas de prevención y protección. Por ello es útil recordar que las cifras reflejan una escasa disposición a denunciar por parte de las víctimas. Ese aspecto me preocupa sobremanera, porque esto quiere decir que estas mujeres, acosadas en la intimidad de su vida familiar o personal, temerosas por la suerte de sus hijos, no se atreven a dar el paso para señalar a su agresor cotidiano y pedir ayuda. Sin duda que en ello intervienen diferentes factores, desde la dificultad para reconocerse en situación de riesgo, pasando por el miedo a la reacción del agresor, la inseguridad ante el vacío económico que puede generarse tras la denuncia o incluso por un sentimiento de culpa al pensar que se merece esta situación por no ser la esposa o la madre que se espera de acuerdo con los patrones culturales vigentes que siguen otorgando un gran papel al patriarcado. Hay múltiples factores, pero todos ellos dejan en evidencia que, como sociedad, no hemos sido capaces de crear la red de protección que requieren las mujeres en esta situación de vulnerabilidad. Mujeres que no ven salida y que callan sumidas en su infierno diario, sin posibilidad de hallar respuestas en un entorno hostil o, cuando menos indiferente, en una sociedad insensible y en una justicia que es reacia a ofrecer la protección urgente y necesaria que precisan.


Mejor justicia

¿Cómo combatir esta inhibición que lleva en demasiadas ocasiones a la muerte? Los jueces, lo fiscales, los abogados… tenemos mucho que reflexionar en este sentido. Es sabido que la Fiscalía trabaja con un equipo de fiscales formados de manera especializada y que coordina la acción de diferentes departamentos relacionados con esta materia, para mantener una dinámica continua de conocimiento y sensibilización, con instrucciones claras de acompañamiento a la víctima durante todo el proceso e incluso tras la ejecución de la sentencia.

En cuanto a los jueces, creo que la formación inicial debería tener mucho más contenido en esta materia y no solo en lo que se refiere a los conocimientos teóricos, sino especialmente en cuanto a la aplicación del Derecho, que debiera tener en cuenta de manera transversal unos criterios de igualdad de género aplicados a lo cotidiano, tanto a los casos que resuelven, como en su entorno laboral e inclusive en su propio espacio personal. El machismo no debiera tener cabida en el Poder Judicial, ni en el ámbito de cualquier otro operador jurídico y en general de toda persona que trabaje en la administración de justicia. 

La responsabilidad de implementar y elaborar programas de concienciación en la judicatura y mantener una vigilancia continua y rigurosa contra aquellas actitudes que atentan contra los derechos de las mujeres es del Consejo General del Poder Judicial. Este órgano, tan cuestionado por su falta de renovación, anunciaba el 8 de marzo del 2019, Día Internacional de la mujer, la puesta en marcha del primer curso obligatorio en perspectiva de género, a raíz del Pacto de Estado contra la Violencia Doméstica y de Género, lo que es digno de celebrar. Sin embargo, a dos años de estos cursos, asociaciones de jueces y juristas han hecho pública su opinión de que, por el momento, no han dado grandes frutos. El curso se dirigía a jueces, juezas y fiscales que quieran acceder a cualquier tipo de especialidad dentro de la carrera judicial. 


Demasiado tarde

Este curso, como requisito, parece una buena iniciativa, pero he aquí un escollo importante: la medida es hacia futuro, por lo que quienes ya disponían previamente de plaza en juzgados relativos a violencia de género no están obligados a cursarlo ni a acreditar su formación en la materia. Esto podría ser considerado como una afectación grave del derecho a la igualdad en la aplicación del derecho, ya que un caso podría ser tratado de una manera u otra, según toque un juez o jueza con o sin esta especialización. La formación debe ser inicial y también continuada. No hay excusas porque existe una gran oferta de clases y cursos específicos, incluso en modalidad online (de auge con la pandemia pero que ha llegado para quedarse) y de formación de formadores.

A modo de ejemplo, recuerdo un caso en que el Tribunal Constitucional, en agosto de 2020, concedió amparo a una mujer que, en el curso de un procedimiento de divorcio, denunció maltrato psicológico por parte de su pareja. En opinión del Constitucional los hechos no se habían investigado suficientemente por lo que ordenó al Juzgado de Violencia sobre la Mujer que anulara su decisión de archivo, reabriera la investigación y llevara a cabo nuevas diligencias. En suma, se trataba de un toque de atención a los jueces a fin de que garanticen una investigación suficiente y eficaz. Y que respeten los criterios que nos vinculan a los dictámenes de Tribunales como el Europeo de Derechos Humanos.

Puedo imaginar el largo camino de esta mujer, en búsqueda de justicia, en todo lo extenuante y oneroso que debe haber sido, y lo prohibitivo para tantas otras mujeres que necesitan urgentemente de una respuesta rápida y certera. 

Ocurre que en demasiadas ocasiones los jueces llegan tarde. De eso se lamentan profesionales de la judicatura que a diario se enfrentan al problema. Recuerdo un interesante artículo de El Confidencial que leí el año pasado, en el que tres magistradas analizaban la realidad habitual, insistiendo en la necesidad de “trabajar y centrar esfuerzos en mejorar lo que sucede antes y después de su intervención”, haciendo hincapié en la prevención y el seguimiento y cómo evitar que la mínima parte de denunciantes se echen para atrás. Las juezas entrevistadas reclamaban información, formación y concienciación social como elementos básicos para conseguir que se rompa la barrera escalofriante del 80% de quienes padecen en silencio sin informar de su estado; lleguen las denuncias para poder brindar protección y que cuando llegue la intervención se esté aun a tiempo de salvarles la vida.


El papel de la ultraderecha

Vivimos un momento tormentoso en el que la ultraderecha, que ha ido avanzando con la ayuda de la derecha convencional, maneja como un mantra la negación de la violencia machista y acribilla con bulos y textos propagandísticos tal rechazo. En marzo de 2020 el grupo parlamentario de Vox presentó una Proposición no de Ley relativa al Pacto de Estado contra la violencia de género, instando a su modificación y a la elaboración de una Ley de Violencia Intrafamiliar. Pedían penas iguales para todos los casos de violencia en el ámbito de la familia, independientemente del sexo de la víctima y del agresor, y medidas de protección para todas las víctimas sin admitir que la mayoría de las agresiones se dirigen hacia la mujer por el hecho de serlo. En enero de este año hacían gala de similar desprecio mediante enmiendas contra el Proyecto de ley de medidas urgentes en materia de protección y asistencia a las víctimas de violencia de género durante la pandemia, que entraron en vigor meses antes como real decreto.

Vox volvió a sacar a pasear su discurso negacionista en enero de 2021, cuando restó importancia a las víctimas de esta lacra estructural a través de las enmiendas registradas al proyecto de ley de medidas urgentes en materia de protección y asistencia a las víctimas de violencia de género durante la pandemia, unas medidas que entraron en vigor a principios de abril vía real decreto y que ahora se tramitan como proyecto de ley.

La extrema derecha española ningunea, directamente, informes como la Macroencuesta sobre Violencia sobre las Mujeres, del Ministerio de Igualdad que en septiembre de 2020 ponía en evidencia cómo más de 11 millones y medio de mujeres mayores de 16 años, un 57% del total, han sufrido a lo largo de su vida algún tipo de violencia machista solo por el hecho de ser mujeres. El 99,6% de sus agresores fueron hombres. 


Las risas de Vox

Esta actitud machacona de Vox contra la evidencia empírica de la existencia de la violencia de género, abre paso y es un aliciente para aquellos que se sienten amenazados en sus privilegios como machos alfa. Lo decía alto y claro la delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, Victoria Rossell recientemente, al afirmar que no podía descartarse que el repunte de violencia que vivimos desde el fin del estado de alarma puede tener que ver “con hombres envalentonados e indignados con el feminismo". Concuerdo con Rossell que existe responsabilidad política en esa forma de presentar las cosas, que muestra al hombre como víctima e induce al silencio de la mujer por el hecho de no creerla. 

Debemos pues actuar no solo contra esta lacra feminicida sino contra quienes la consideran como un hecho normalizado y no reprobable. La violencia de género existe. La omisión y la negación llevan a la tortura y al asesinato; a que la vida de miles de mujeres, que forman parte de más de la mitad de la población, discurra en un bucle infinito y callado de dolor e impotencia. Las risas que Dolores Delgado reprochó a Vox en aquella sesión parlamentaria, no eran sino los clavos que pretenden cerrar el ataúd de la esperanza, porque, como ella misma dijo, no es cuestión de risas, sino cuestión de vida y de muerte.


Baltasar Garzón Real es jurista y Presidente de FIBGAR

Fuente: Infolibre

martes, 20 de julio de 2021

Médicos de toga y puñetas. Art Opinión: Baltasar Garzón

En otras épocas, las epidemias y enfermedades incomprensibles estaban en manos de brujos, curanderos y en última instancia de clérigos que, a través del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, cuya sede en Madrid está situada a media calle del actual Senado, decidían si tales males eran producto de una posesión demoníaca o de un pecado mortal, después de un procedimiento que tenía como prueba fundamental o única el tormento del acusado. Hoy el relevo me temo que lo han tomado los jueces, quienes parece que saben mejor que nadie las acciones que tendrían que haberse emprendido para restringir los derechos fundamentales y acabar con la pandemia. No, a ellos no les basta la restricción de derechos ni el estado de alarma, ya que, según su mejor saber en estos asuntos, las medidas del Gobierno encajaban mejor en un marco más duro aún, como es el estado de excepción, pues de lo que se trataba era de "suspender" derechos. Por favor, nótese que el varapalo para el Ejecutivo es por no haber sido más duro pudiendo serlo.





Así, un año y medio después, cuando ya está la mitad de España vacunada y lo peor ha pasado, el Tribunal Constitucional se digna decirle al Gobierno que lo que hizo fue inconstitucional (según el criterio de la mayoría de jueces) porque quedaba mejor lo otro en vez de esto, porque era antes la gallina que el huevo, porque era más apropiado el estado de excepción que el de alarma, tal y como en su día sus atávicos colegas pugnaron por establecer el sexo de los ángeles, en una discusión bizantina, mientras Constantinopla era asediada por los Otomanos.

De esa guisa, la sentencia deroga ahora, cuando ya de poco o nada sirve, el confinamiento que el primer decreto de alarma establecía en su artículo 7, al considerar que lo ocurrido vino a componer "una grave alteración del orden público" y, más aún, que la gravedad y la extensión de la pandemia imposibilitaron un normal ejercicio de los derechos, siendo en consecuencia más indicado el estado de excepción que el de alarma.

Y bueno, todo ello en base a lo que, según parece, trascendió en un primer momento a los medios informativos, dado que el Constitucional no se había pronunciado oficialmente, amén de que, como todo el mundo sabe, no es un tribunal que tenga como lema la rapidez en la adopción de sus dictámenes. Nuevamente según trascendidos, la conclusión jurídica se habría adoptado por seis votos a favor de esta tesis y cinco en contra, habiendo incluso magistrados conservadores dentro de estos últimos. Tales extremos se pudieron comprobar en la noche del 19 de julio cuando, finalmente, se dio a conocer de forma oficial el documento, eso sí, a falta aún del voto particular del magistrado Xiol. Se entiende por qué Pablo Casado no quiere renovar las instituciones y prefiere dejarlas como cuando el Partido Popular tenía mayoría absoluta, ¿verdad?

Creo que vergüenza es una palabra fuerte, pero no se me ocurre otro calificativo mejor para describir la situación actual. Vergüenza de lo mezquino de los políticos de derecha y extrema derecha, vergüenza de cómo sacan provecho de esta decisión, vergüenza de este fallo en sí mismo, vergüenza de que sea fútil e irrelevante; de la demora en adoptarse. Y vergüenza de que nuestro Tribunal Constitucional no esté al nivel de sus pares europeos ni mucho menos de sus primeros integrantes, cuyo ejemplo de entrega, lucidez, ponderación y buen criterio ha sido olvidado y denostado por los que hoy habitan tan alta magistratura.

Señorías del Tribunal Constitucional que han votado a favor de esta sorprendente resolución: no han estado a la altura de las circunstancias, una de las más graves que ha tenido que sortear nuestro país desde el término de la dictadura, o si lo prefieren, desde que está vigente nuestra Constitución que ustedes han jurado respetar y aplicar fielmente. Definitivamente no, y ustedes lo saben, pues han sido útiles y serviciales a la mirada de corto plazo de una oposición desesperada porque no encuentra su lugar en el espectro político y le cuesta cada vez más aceptar que no tiene más remedio que esperar a las próximas elecciones.

Contradicciones

Ahora bien, si entramos al fondo de lo que "habría decidido" el Constitucional (a veces me pregunto qué sería de este país sin los trascendidos), para darnos cuenta del disparate del fallo basta con imaginarnos el terremoto político que se hubiera producido de haber optado en aquel momento el Gobierno por el estado de excepción. Lo menos que se habría dicho de Pedro Sánchez sería que actuaba como un dictador (socialista, comunista, chavista, venezolano, bolivariano, castrista, ateo, filo etarra, ilegítimo, okupa y enemigo de España, términos todos estos que, en una u otra ocasión se han escuchado desde la bancada extremista).

Aunque hoy el PP vocifere como nadie en contra del Gobierno por este fallo, no hay que olvidar que fue Vox el impulsor de este recurso que sus señorías han resuelto de esta manera. Vox, no el PP, se jacta hoy de haber sido el primer partido en la cámara en reclamar la anulación del estado de alarma. Sin embargo, no hay que moverse a engaños, el Constitucional no ha dado (o no habría dado) la razón a Vox, porque no ha dicho que el estado de alarma era innecesario y que el confinamiento fue un exceso, sino que lo que ha dicho (o habría dicho) es lo contrario, que un confinamiento tan duro, pero necesario, se enmarca mejor en el estado de excepción, que es más duro y concede mayores facultades al Gobierno. No es que Sánchez haya sido arbitrario, es que las medidas tenían un mejor encuadre normativo que el que fue elegido.

Es curioso que el guardián de nuestras libertades y derechos como es el Tribunal Constitucional, otrora caracterizado por el buen criterio y la ponderación, hoy se decante por un mecanismo que prácticamente permite barra libre para que la autoridad gubernativa detenga a cualquier persona si lo considera necesario para la conservación del orden, siempre que, cuando menos, existan fundadas sospechas de que dicha persona vaya a provocar alteraciones del orden público; o disponer de registros domiciliarios o intervenir toda clase de comunicaciones, incluidas las postales, telegráficas y telefónicas. Además de restringir la circulación de personas o vehículos; determinar zonas de protección y seguridad o suspender las comunicaciones, las reuniones o manifestaciones. (Imaginen el grito en el cielo de los ultraderechistas si se hubieran prohibido las caceroladas del barrio de Salamanca).

La pregunta es: ¿se hubiera sentido el virus amedrentado por tan fabuloso despliegue jurídico y policial y se habría rendido y entregado a las autoridades sanitarias sin infectar a la población? Creo que el ridículo está garantizado. La rocambolesca decisión del Constitucional, enmendando la plana al Ejecutivo, discutiendo si son galgos o podencos, ¿aporta alguna herramienta útil a la manera en que se debe hacer frente a una situación tan extrema como esta? ¿O más bien entorpece futuras y necesarias decisiones, cuando de nuevo la enfermedad toma carrerilla y está poniendo en riesgo extremo a la población en esta quinta ola?

La intromisión

La afirmación de que al tribunal le ha faltado sentido de Estado en este caso, como aseveró la ministra de Defensa, es cierta. Sentido de Estado y sentido de realidad, añado yo. Tan cierto es con respecto al fallo, pero mucho antes, respecto del hecho de admitir a trámite este asunto, cuando tantos otros temas de relieve se inadmiten. E, igualmente ciertas, las admoniciones certeras del magistrado Cándido Conde Pumpido en su voto discrepante. Lo que se avecina si se mantiene esta doctrina será mucho peor e imposibilitará, realmente, la adecuada reacción y actuación frente a una pandemia de estas características.

Esta intromisión de la justicia en los asuntos del combate contra la pandemia va más allá. ¿Sobre qué hechos probados se manifestaron? ¿Llamaron a los peritos de los hospitales para conocer el alcance del drama? ¿Aceptaron el testimonio de los testigos que se desempeñan en las UCI? Deciden sobre nuestra salud y ponen por delante las circunstancias e intereses de quienes los nombraron en sus cargos. En otros casos –demasiados– embebidos en su condición de decidir sobre la vida y la muerte de los demás, se enredan en la exégesis de los textos sin sopesar las consecuencias, en vez de interpretar las normas constitucionales de acuerdo con los principios, valores, derechos y libertades que protegen.

Es una trampa. Ya lo vivimos cuando la política se judicializó y acabamos enfrentados entre conciudadanos. Ahora es peor si cabe porque la muerte y la enfermedad son el trasfondo y porque tras estas decisiones no se hace justicia, no se refrenda la Constitución, no se defienden las libertades.

Miren: el Derecho sirve para formalizar un cauce de convivencia establecido previamente por la sociedad. La Constitución es el acuerdo común para dejar negro sobre blanco esos acuerdos de convivencia que hemos decidido entre todos. Los gobiernos tienen que preocuparse por el bienestar de la población utilizando todos los medios a su disposición, dentro de la Ley y la Constitución. Los jueces somos servidores públicos con la función de cuidar de que la Ley se respete, pero siempre, siempre, con la mirada puesta en la convivencia y en la ciudadanía. La exégesis de los textos es una entelequia. Los jueces nos debemos a las y los ciudadanos que deben poder confiar en que velamos por sus derechos y libertades. Lo demás sobra. Deben recordar que la justicia emana del pueblo, donde radica la soberanía, por lo que los magistrados son meros delegados al servicio de aquel. No entenderlo así y no ejercer su rol de esta manera, les hace errar y en ocasiones hacer el ridículo, como en este caso, al pretender ser médicos de toga y puñetas.

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Baltasar Garzón es jurista y presidente de Fibgar.

Fuente: Infolibre