23 Julio 2022, 12:07 PM
Creado Por Juan Restrepo
"Iván Velásquez fue el primero en demostrar al gobierno de César Gaviria el lujo, comodidades e impunidad en los que vivía el capo en su exclusiva cárcel de La Catedral".
Fuente: Kienyke.com
La Asociación Latinoamericana para los Derechos Humanos, ALDHU, es un organismo internacional no gubernamental, fundado el 13 de Agosto de 1980, en Quito Ecuador, que impulsa la lucha por la construcción, defensa, promoción y observancia de los Derechos Humanos y la democracia en América Latina y el Caribe.
23 Julio 2022, 12:07 PM
Creado Por Juan Restrepo
"Iván Velásquez fue el primero en demostrar al gobierno de César Gaviria el lujo, comodidades e impunidad en los que vivía el capo en su exclusiva cárcel de La Catedral".
Fuente: Kienyke.com
La comisión interamericana aseveró en su informe que observa “acciones estatales que debilitan la independencia judicial” en el país centroamericano.
Fuente: ADNradio
Un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) destaca la necesidad de tomar medidas en cinco “lugares críticos” en América Latina y el Caribe, donde millones de personas están en riesgo de pasar hambre.
Según el informe trimestral Hunger Hotspots, en Centroamérica, Guatemala, Honduras y Nicaragua enfrentan dificultades debido a una posible reducción en sus cosechas y los efectos socioeconómicos de la pandemia de COVID-19.
Por su parte, Colombia está siendo afectada por disturbios sociales y una recesión económica, mientras que Haití ha sido golpeado por la crisis económica, la sequía, el malestar sociopolítico y el aumento de la inseguridad relacionada con la delincuencia.
Se espera que la situación de seguridad alimentaria en Guatemala, Honduras y Nicaragua continúe empeorando, especialmente en el Corredor Seco, debido a lluvias por debajo del promedio que podrían afectar los cultivos, y por los efectos socioeconómicos del COVID-19.
La falta de alimentos podría afectar a 3,5 millones de personas en Guatemala y a 3,3 millones en Honduras, mientras que en Nicaragua alrededor de 300.000 personas tienen un consumo de alimentos insuficiente y es probable que su situación empeore en los próximos meses.
El informe sugiere acciones anticipatorias para mitigar el déficit de lluvias durante la temporada agrícola, y solicita apoyo para los agricultores y ganaderos más vulnerables, incluyendo la distribución de insumos y herramientas para el cultivo de variedades de ciclo corto, huertos de traspatio y apoyo a la salud animal para reducir la mortalidad y la morbilidad provocadas por la sequía.
También aconseja a los países que brinden respuestas de emergencia y apoyo para la recuperación de los medios de vida a los pequeños agricultores y pescadores afectados por huracanes en las áreas más impactadas de Guatemala, Honduras y Nicaragua.
El informe destaca la inestabilidad social y la crisis económica como factores clave de la inseguridad alimentaria que afecta a Colombia y a los migrantes venezolanos en dicho país. La ola de protestas podría tener efectos en la situación de inseguridad alimentaria, a pesar de las favorables perspectivas de producción para la temporada de cosecha de 2021.
Según el Panorama de las necesidades Humanitarias de 2021, hay 3,5 millones de personas con un acceso muy irregular a los alimentos en Colombia, y el 73% de los 1,7 millones de migrantes y refugiados venezolanos en el país estaba al borde del hambre en 2020.
El informe de las dos agencias de la ONU sugiere acciones anticipatorias para enfrentar esta crisis, como la distribución de efectivo a las personas más vulnerables en áreas rurales y urbanas para mitigar el impacto de los incrementos esperados en los precios de los alimentos.
Para ello, se necesitan 34,6 millones de dólares que garanticen el acceso a la comida, la nutrición y los medios de vida con los que apoyar a los migrantes venezolanos y a las comunidades de acogida en las zonas rurales fronterizas mediante la rehabilitación de los sistemas de agua, la producción rápida de alimentos y forrajes, y la entrega de alimentos de emergencia.
Es probable que la combinación de la inestabilidad macroeconómica con el impacto de las condiciones secas en la temporada agrícola principal, junto al empeoramiento de la situación de seguridad en medio de la crisis política provoque un deterioro de los ya elevados niveles de carestía de alimentos en Haití.
Se estima que alrededor de 4,4 millones de personas se enfrentaron a una inseguridad alimentaria aguda entre marzo y junio de 2021, un aumento de 6 puntos porcentuales en comparación con el mismo período del año pasado.
El informe pide acciones preventivas, como la distribución de semillas de variedades de cultivos de maduración temprana y tolerantes a la sequía a los hogares vulnerables con acceso a la tierra para reactivar rápidamente la producción en las áreas afectadas por la sequía; la perforación de pozos y la distribución de forrajes, piensos, suplementos de nutrientes, tanques de recogida de agua y ganado menor a criadores de ganado.
Se necesitan 156 millones de dólares para mejorar la situación alimentaria y los medios de vida, y otros 5,2 millones para intervenciones de nutrición y apoyo a las redes de producción a través de transferencias de efectivo sin condiciones, que deberían ir acompañadas de insumos y las herramientas necesarias para los hogares vulnerables.
Fuente: Noticias ONU
Esta columna está basada en el paper The militarization of responses to COVID-19 in Democratic Latin America publicado en 2020 en la revista Brazilian Journal of Public Administration
Alrededor del mundo, las repuestas a la crisis sanitaria provocada por el SARS-COV-2 han intensificado el despliegue de dispositivos de control de la población. Por ejemplo, en Polonia, Corea del Sur y Australia se han usado aplicaciones que rastrean el movimiento de personas contaminadas para impedirles salir de sus casas[1]. En América Latina los gobiernos han utilizado sus fuerzas armadas para asegurar el cumplimento de las medidas de aislamiento social.[2] Esto se explica por la debilidad de las agencias civiles, aunada al alto prestigio que estas instituciones gozan entre la población en la mayoría de los países en la región[3].
Para identificar las consecuencias del incremento de la participación de los militares en este contexto, el doctor Igor Acacio y Anaís Medeiros analizan las tareas que se les han encomendado en las 14 democracias del continente y examinan el impacto de esta gestión en las instituciones, así como en el respeto a los derechos humanos en la región. Para ello, consultaron decretos oficiales y las redes sociales de las Fuerzas Armadas de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Paraguay, Perú y Uruguay entre el 1 de marzo y el 25 mayo de 2020.
El rol de los militares en la historia de América Latina ha sido crucial. El siglo XIX fue la época de los caudillos: militares originarios de los ejércitos de liberación desmovilizados, gobernaron los países que recién se habían independizado. Además de asumir esas tareas políticas, las fuerzas armadas también participaron en levantar la infraestructura de los nuevos estados: se dedicaron a construir puentes, abrir y pavimentar caminos para conectar áreas aisladas con las más desarrolladas, así como a entrenar las policías urbanas y rurales. Esta característica llevó a Brian Loveman a referirse a las fuerzas armadas latinoamericanas como “los guardianes de la nación”.[1]
En el siglo XX, a esas misiones militares se agregaron tareas como la dirección de empresas públicas y las acciones cívico-sociales. Después, en la segunda mitad del siglo, los militares fueron protagonistas de la represión en contra de la oposición política como en Chile, Argentina y Brasil, y más recientemente en el combate al narcotráfico en países como Colombia y México.
En el contexto de la actual crisis sanitaria, su participación ha aumentado considerablemente, lo cual ha generado efectos negativos: la represión violenta de protestas como en el caso de Honduras, el abuso de autoridad por parte de soldados encargados de patrullar las calles durante la pandemia, o de vigilar los centros de contención para las personas que no respetan el toque de queda, como en el caso de El Salvador.

Reconociendo que los retos que impone la crisis del COVID-19 exigen la acción coordinada de diferentes agencias del estado, se espera que las fuerzas armadas, por ser altamente profesionales, participen de las repuestas estatales a la pandemia. Esto no se cuestiona. El tema que nos debe interesar y preocupar como sociedad civil es cuáles tareas estamos delegando a los militares y qué grado de autonomía política se les otorga para implementarlas.
En nuestro análisis identificamos seis áreas de participación de los militares durante la pandemia del COVID-19:
1) seguridad fronteriza, una misión cercana a la función clásica de los militares de defensa externa;
2) logística, que comprende la distribución de víveres e insumos médicos, así como la repatriación de ciudadanos;
3) atención médica, que incluye desde el apoyo en selección de pacientes, hasta casos de alta complejidad;4) industria de defensa, sobre todo dedicada a la producción de mascarillas, alcohol gel (o gel hidroalcohólico) y distribución de medicamentos, una misión que, aunque no relacionada directamente con la defensa externa, no implica graves consecuencias sobre el control civil de los militares.
5) gestión política de la crisis, que incluye el nombramiento de militares para cargos políticos en ministerios o para liderar comités nacionales de emergencia que coordinan la respuesta a la pandemia.
y 6) tareas de vigilancia, las cuales abarcan el patrullaje de calles, el manejo de centros de contención y la participación en barreras sanitarias en el territorio nacional para asegurar el cumplimiento de las medidas de aislamiento social.
En general, encontramos que las misiones más efectivas fueron aquellas cuyos elementos militares tenían más entrenamiento: seguridad fronteriza, logística, atención médica e industria de defensa.
En casos donde los militares tenían poco entrenamiento, se detectó que sus misiones no se cumplieron satisfactoriamente, o que cometieron abusos de autoridad, como es el caso de El Salvador y Honduras. En este sentido, aunque su participación sea temporal, se tiene que resaltar que el aumento de la participación de los militares puede dañar permanentemente el balance civil-militar y la calidad de la democracia en Latinoamérica, especialmente en países donde dicho equilibrio se encuentra en declive cómo El Salvador, Ecuador y Bolivia.
Hay que recordar que una crisis, como lo es la pandemia actual, puede ser el contexto ideal para reformas políticas. La referencia a un estado de excepción puede facilitar la implementación de medidas políticas autoritarias vigentes, como es el caso de la suspensión de derechos políticos, bajo la justificación de la necesidad del mantenimiento del orden en un contexto de excepción y de inseguridad sobre el futuro. Por otra parte, dado que no es clara la duración de la pandemia, tampoco sabemos hasta cuándo se va a prolongar la militarización de las respuestas a la crisis. Eso permite que los militares actúen prácticamente sin contrapeso o control externo de sus actividades.
En Bolivia, un contralmirante es el director del Comité de Operaciones de Emergencia Nacional (COEN), responsable de coordinar las distintas acciones para enfrentar la emergencia por COVID–19 en el país. En Chile, los militares también están a cargo de la gestión de la crisis sanitaria: desde el inicio del 2020, son los encargados de la dirección de las dieciséis zonas de emergencia que se han creado en el contexto de la pandemia.
Otro conjunto de misiones militares domésticas que merece atención es la asignación de militares en tareas policiales. Un gran número de investigaciones han demostrado que las actividades de seguridad doméstica que generan contacto estrecho entre los militares y la población pueden estar vinculadas a abusos de autoridad y corrupción por parte de los militares, especialmente cuando no existe un objetivo claro de la misión. Esto porque los militares de medio y bajo rangos son entrenados para misiones que requieren un bajo nivel de autonomía. Como un ideal tipo, actividades policiales implican un contacto cercano con la ciudadanía y la toma de decisiones a nivel individual – lo que les permite distinguir sospechosos de inocentes. Por ello, la adaptación de misiones militares hacia las policiacas no es conveniente y atenta contra la protección de las libertades civiles que son centrales para la sobrevivencia de un régimen democrático.
Sin embargo, se insiste en desplegar los militares como policías bajo la justificación de que se trata de la institución más preparada en el momento para enfrentar a grandes amenazas de seguridad. El mejor ejemplo es el caso de México, en donde inicialmente se involucró al ejército para combatir el narcotráfico como medida extraordinaria, y ahora esta medida se ha vuelto permanente. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha señalado que “en la región, y específicamente en México, experiencia demuestra que la intervención de las fuerzas armadas en tareas de seguridad interna en general viene acompañada de violencia y graves violaciones a los derechos humanos”.
Países como El Salvador, Guatemala, Chile, Ecuador y Bolivia han utilizado los militares en diferentes niveles para asegurar que la población se quede en sus casas durante la pandemia. La situación es más preocupante cuando los militares son la principal agencia responsable de coordinar los toques de queda, como es el caso de Chile y de Bolivia. Esto es incompatible con la dimensión liberal de la democracia: la preservación del estado de derecho y vulnera las libertades individuales. En Chile, por ejemplo, seis funcionarios del ejército fueron detenidos por abandonar a ocho personas en medio del deserto bajo la acusación de violar la cuarentena. Ese caso no es aislado. En 2019, tras la convocatoria de militares para el control de las calles, se registraron más de 71 querellas contra miembros de las fuerzas armadas.
De la misma manera, en El Salvador, organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que defienden los derechos humanos han reportado abusos y violaciones por parte de militares y de las policías. Según el Decreto 19, publicado en marzo de 2020 por las autoridades salvadoreñas, los militares y policías están facultados para encarcelar a quienes violan la cuarentena en centros de detención por 30 días. En consecuencia, miles de personas fueron llevadas a centros de detención sobrepoblados y se encuentran bajo condiciones inhumanas. También se denunciaron abusos de autoridad perpetrados por personal militar y policial a cargo de esas instalaciones en los primeros meses de la pandemia.
El caso de las fuerzas armadas salvadoreñas es un claro ejemplo donde la rendición de cuentas es mínima, ya que tienen más de 220 puestos de control en todo el territorio nacional para verificar el cumplimiento de la cuarentena social, lo que les permite disfrutar de un alto nivel de autonomía en sus actividades.
De manera similar, la intervención de los militares ha incrementado considerablemente en Honduras. La Secretaría de Defensa Hondureña ha reportado más de 15.000 puestos de control en todo el territorio nacional. Las fuerzas estatales han sido acusadas de realizar detenciones arbitrarias y abuso de poder en contra de personas acusadas de violar la cuarentena. Manifestaciones pacíficas para exigir alimentos, agua y medicamentos a las autoridades locales y nacionales han sido reprimidas con armas de fuego y gas lacrimógeno. Solamente entre marzo y mayo de 2020, 20.000 personas fueron detenidas por no cumplir con las medidas de aislamiento social en el país.
En Bolivia, con el toque de queda controlado por los militares en el contexto de la pandemia y la implementación de puestos de control militar en todo el territorio, fuentes de medios alternativos denunciaron la represión de manifestaciones pacíficas que denunciaban el hambre en distritos que históricamente han apoyado a Evo Morales. Esto es un ejemplo de cómo el contexto de excepcionalidad de la pandemia ha intensificado la represión política. Al inicio del año, políticos fueron arrestados bajo vagas acusaciones de “terrorismo” y “sedición” por las fuerzas de seguridad, lo que constituye una clara señal del desequilibrio que existe hoy entre civiles y militares en Bolivia.
América Latina es una región que enfrenta problemas estructurales de acceso a vivienda y servicios de salud que han profundizado la gravedad del COVID-19. Por esta razón se entiende que sea necesaria una acción coordinada por parte de todas las agencias estatales, incluyendo las fuerzas armadas por supuesto.
El perfil de las fuerzas armadas es compatible con varias funciones clave en la contención de la pandemia. Misiones técnicas, como el apoyo a los cuidados médicos y funciones logísticas, son compatibles con el entrenamiento previo de los militares y no impactan negativamente en el ejercicio democrático. Sin embargo, la urgencia de esta crisis no debe desviar la atención de la relevancia de la rendición de cuentas por parte de los agentes del estado sobre sus tareas, y de su responsabilización por eventuales abusos y desviaciones.
Por otro lado, la gestión política de la crisis sanitaria, así como las misiones policiales que implican un contacto estrecho entre ciudadanos y militares, deben ser evitadas porque vulneran el balance civil-militar, en detrimento de la democracia. Los gobiernos de la región que se autodefinen como democráticos tienen el deber de proteger los derechos humanos de sus ciudadanos en cualquier situación, pero sobretodo en momentos de incertidumbre global como la actual pandemia del COVID-19.
Por Anaís Medeiros Passos. Editado por Karina García Reyes.
Desde la ALDHU insistimos en la necesidad de diferenciar los ámbitos mitiliares y civiles. Muchas de las policías presentes en Latinoamérica tienen un carácter militar, conservan estructuras militares e incluso existe una justicia miliar especial para ellas. Sin embargo, la diferenciación entre las fuerzas de los ámbitos militares y civiles puede incluso ayudar a conservar la democracia e interponerse a cualquier intención de dañarla. El uso indiscriminado de fuerza ante conflictos sociales y civiles acaba provocando mayores enfrentamientos y desconformidad con el estado. América latina debe tender hacia un diseño acotado de las actividades de las fuerzas de seguridad (civiles) y de las fuerzas armadas (militares); de otro modo los civil acaba convirtiéndose en militar, y lo militar interfiere produciendo e intensificando los conflictos existentes en la sociedad civil; hasta que lo militar acaba siendo lo único; imprescindible.
Juan de Dios Parra, Secretario General de la ALDHU
NOTAS Y REFERENCIAS
[1] Treguer, Felix. Gestion techno-policière d’une crise sanitaire. Paris: Ceri, 2020.
[2] Ver, por ejemplo: Argentina, Brasil, Chile, Honduras. Último acceso: 21/01/2021.
[3] En el caso de Chile hasta 2018 el 53% de los chilenos confiaba en la Fuerzas Armadas según Latrinobarómetro, pero en el estudio de 2020 esa confianza es ubicó en el 32%. Ver aquí
[4] Loveman, Brian. 1999. For La Patria. Politics and the Armed Forces in Latin America. Edited by SR Books. Wilmington, Delaware.
[5] Campbell, Donald J., and Kathleen M. Campbell. 2010._“Soldiers as Police Officers/ Police Officers as Soldiers_: Role Evolution_and Revolution in the United States.” Armed Forces & Society 36 (2): 327–50. Disponible aquí. Último accesso: 21/01/2021.
Un gris opaco y doloroso domina las imágenes y vídeos que retratan el trágico escenario que los huracanes Eta e Iota infligieron en Centroamérica, con severos daños en Nicaragua, Honduras y Guatemala. El sonido del agua es suave, pero parece estar silenciando todos los demás ruidos y voces, con su fuerza de ímpetu. Según informes de la ONU y de los gobiernos, 3,7 millones de personas se vieron afectadas en Honduras, 935,000 en Guatemala y 50.000 permanecen en refugios de emergencia en Nicaragua.
Sin embargo, el gris tan impactante representa solamente el prólogo del verdadero desastre. El impacto más profundo se produjo al bajar los niveles del agua, cuando la devastación se hizo visible y las personas afectadas tuvieron que lidiar con las consecuencias. Mientras tanto, el agua turbia se había convertido en barro que ahora invade todos los espacios, las calles, las casas y los bosques, mientras habitantes de la zona, entidades gubernamentales, organizaciones de la sociedad civil y organismos de cooperación internacional unen fuerzas para luchar contra las consecuencias de las tormentas.
Emiliano Tux Chum es residente de San Pedro Carchá en Alta Verapaz, Guatemala, una de las áreas afectadas por las tormentas. Describe la situación actual y los sentimientos de la población, narrando cómo “entrar en una casa significa mirar una escena que causa mucho dolor. La gente ha perdido su patrimonio, sus objetos personales; esto significa prácticamente empezar de cero. Es un verdadero shock.”
Emiliano añade: “A medida que se redujo el riesgo de inundaciones, la gente comenzó a regresar a sus casas para intentar salvar algunas de sus pertenencias personales. Pero, ¿cómo se puede recuperar lo que constituye una vida de esfuerzo y trabajo?”
El dolor que describe transpira a través de su voz: él pausa, habla despacio, mantiene tonos apagados; contar su experiencia no es tarea fácil. “Hay mucha tristeza entre la población. Creo que la parte emocional ha golpeado fuerte a los vecinos que sufrieron daños directos”.
Las imágenes y videos que Emiliano comparte permiten adentrarse en las viviendas afectadas: techos rotos, objetos sumergidos en el barro, lugares que han perdido su forma, su sentido de acogida, y todo está envuelto en una trágica atmósfera. Una foto que retrata un televisor en el suelo fuera de una casa, cubierto de barro, es un doloroso recordatorio de una cotidianidad temporalmente perdida, de una tranquilidad interrumpida. Imágenes de estantes destruidos, frigoríficos solitarios en medio del barro, suministros de alimentos que ahora están arruinados: sus fotos narran la destrucción abrupta de los que eran los lugares seguros de muchas personas.
Sin embargo, hay una nota positiva en su historia: “La tormenta nos ha enseñado de alguna manera que el dolor humano se comparte con las otras personas que tuvieron la suerte de no estar en las zonas afectadas o de no sufrir ese impacto directamente. Toda la población se ha solidarizado con todos los vecinos que han sufrido”. Si bien las casas, los edificios y las calles del pueblo donde Emiliano vive han sido severamente dañadas por el huracán, la solidaridad y empatía entre sus habitantes se ha mantenido intacta, creando una sólida red de apoyo entre familiares, vecinos y conocidos.
Este apoyo se ha transmitido a través de mensajes de chat, palabras de consuelo y también de manera tangible, ya que, según informa Emiliano, actualmente muchas personas albergan a vecinos o familiares cuyas viviendas se encuentran inhabitables. Sin embargo, estas condiciones no son sostenibles y la incertidumbre sobre cuánto tiempo se tardará en reparar el daño preocupa a la población afectada.
En su mensaje, Emiliano también expresa el deseo de que los vídeos y fotos que brindó, junto con el testimonio de otras personas y la cobertura mediática, puedan aumentar la visibilidad y concienciar acerca de lo que está sucediendo en Centroamérica y las drásticas consecuencias que tendrá esta temporada de huracanes en las vidas de las personas afectadas y sus planes migratorios.
Desde la Organización Internacional para la Migraciones compartimos el deseo de Emiliano.
Fuente: Noticias ONU