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lunes, 12 de enero de 2015

La democracia en América Latina.

Los latinoamericanos terminamos el año orgullosos de la madurez democrática de  todos nuestros países, surgida cuando Estados Unidos dejó de patrocinar dictaduras y nos exigió que celebráramos elecciones periódicas. Es un buen paso, pero la democracia no pasa sólo por las urnas. Venezuela vive el período más opulento de su historia, gobernada por militares que la hundieron en la corrupción, la ignorancia, el hambre y la inseguridad, destruyeron su aparato productivo y atropellaron los derechos humanos. Como en Egipto, las Fuerzas Armadas son el partido de gobierno, la mayoría de los altos funcionarios son militares, no hay libertad de prensa y se persigue a los disidentes, pero periódicamente se cumple con un rito electoral sin garantías.
Algunos creen que la izquierda se mantiene vigente en la región, pero esa categoría significa cada vez menos y permite poner en la misma bolsa a los militares caribeños con el partido que menos se les parece, el Frente Amplio Uruguayo. Tabaré Vázquez, acompañado de Raúl Sendic, derrotó a los hijos de dos ex presidentes: Luis Alberto Lacalle y Pedro Bordaberry, y continuará con la línea de Pepe Mujica, el Presidente que mejor representa a los valores de la política joven en el continente. No podríamos imaginar al Frente comandado por militares porque es un partido respetuoso de la diversidad, más emparentado con el hippismo de los sesenta y las tesis de la izquierda contemporánea que con las dictaduras de Stalin, Mao, Kim Il-Nu o Mugawe. Dilma Rousseff retuvo el poder en Brasil, derrotando al nieto de otro ex presidente, luego de una campaña insólita en la que Marina Silva y Aécio Neves cometieron tan enorme cúmulo de disparates que lograron perder. El cambio que buscan los nuevos electores no parece pasar por resucitar dinastías.
Rafael Correa sufrió una inesperada derrota cuando sus opositores se comunicaron directamente con los electores, sin armar un frente opositor con sabor a puchero de sobras. Correa no se parece a los militares venezolanos: es preparado, inteligente, administró bien la renta petrolera y ha transformado el país. Sus creencias y estilo de gobierno han ahuyentado a la inversión y lo han llevado a excesos autoritarios, como obligar a decenas de adolescentes apresados en una manifestación a pedirle perdón de rodillas en el Palacio o perseguir a legisladoras de su partido por apoyar leyes progresistas en el campo de la sexualidad. Preside una tiranía eficiente que depende del precio del petróleo.
Evo Morales triunfó ampliamente en las elecciones, a pesar de su ideología arcaica, gracias a su acertado manejo de la economía. En Bolivia cualquier grupo indígena puede atrapar a quien le parezca sospechoso, torturarlo y enterrarlo vivo, con la boca hacia abajo, para que con el último suspiro su alma baje a los infiernos. Cientos de personas han muerto de esta manera, cosa inaudita para quienes creemos en los derechos humanos y los defendemos.
Pero hay otros gobiernos exitosos en lo económico, con ideas menos derechistas, que no han conseguido el éxito político. Perú viene progresando durante años de una manera sorprendente, se ha convertido en una de las economías más exitosas de la región, pero todos los presidentes que impulsaron ese milagro han sido los más impopulares de la historia peruana. Algo semejante ocurre con Paraguay, uno de los países más prósperos y estables de la región, donde las encuestas revelan que una amplia mayoría rechaza al presidente Cartes, a su gobierno, a los líderes políticos, a los partidos y a las  instituciones. El único que tiene imagen positiva es Fernando Lugo, que capitaliza el desencanto político que convive con la bonanza económica. En México, la evaluación de sus gobernantes que aparece en encuestas que se aplicaron hace dos meses, es la peor de su historia. Cuando bandas de narcotraficantes protegidos por políticos asesinaron a los normalistas de Guerrero, esos indicadores se desplomaron más allá de lo imaginable.
La mayoría de nuestros países va hacia una crisis que puede arrasar con sus instituciones, si los líderes no comprenden que la vieja política agoniza y que es necesario cambiar radicalmente en la forma y en el fondo para comprender los desafíos del siglo XXI.
* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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