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martes, 3 de mayo de 2022

El candidato colombiano Petro denuncia que lo quieren asesinar y cancela su gira en centro-oeste




 BOGOTÁ (Sputnik) — La campaña del candidato presidencial colombiano de la coalición Pacto Histórico (izquierda), Gustavo Petro, denunció a través de un comunicado un plan que atenta contra la seguridad y vida del político y la cancelación de su agenda política en el Eje Cafetero (centro-este), lugar que visitaría este 3 y 4 de mayo.

"De acuerdo con la labor realizada por equipo de seguridad, que recibió información de primera mano de fuentes de la zona, el grupo criminal 'La Cordillera' estaría planeando atentar contra la vida del candidato presidencial Gustavo Petro Urrego", dice el texto dirigido a la opinión pública.

El comunicado añade que las visitas a los departamentos del Eje Cafetero programadas para el próximo 3 y 4 de mayo fueron suspendidas "por motivos de seguridad".

"La Cordillera es una organización paramilitar dedicada al narcotráfico y al sicariato que ha logrado un amplio control sobre las autoridades civiles regionales y políticos del Eje Cafetero, además de algunas instancias de la policía y del ejército, toda vez que algunos de sus miembros participan de dicha organización criminal", detalla la nota.

La información fue verificada por el equipo de análisis e investigaciones de la campaña 'Petro Presidente', "que tuvo acceso a fuentes de alta credibilidad y algunos miembros de la institución policial, los cuales manifestaron que un integrante de la SIJIN [Seccionales de Investigación Judicial y Criminal] que habría participado en el asesinato del líder juvenil Lucas Villa, también sería parte del plan criminal", concluye el texto.

El excomandante de la antigua guerrilla Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y hoy líder del partido Comunes (izquierda), Rodrigo Londoño, alias 'Timochenko', reaccionó a la noticia en su cuenta de Twitter y rechazó "toda acción violenta para intervenir en política".

"Mi solidaridad con Gustavo Petro ante posible plan para asesinarlo. Que no se repita la historia de [Jorge Eliécer] Gaitán, de [Jaime] Pardo Leal, de [Luis Carlos] Galán, de [Carlos] Pizarro y tantos otros. Viva la vida. Viva la paz", agregó Timochenko en referencia a otros candidatos presidenciales colombianos asesinados en el país.


Fuente: Sputnik 

miércoles, 5 de enero de 2022

Colombia: 16 muertos en combates entre ELN y disidentes de las FARC

Al menos 16 personas murieron luego de enfrentamientos entre grupos armados ilegales en Colombia en el departamento de Arauca, en la frontera con Venezuela, informó este lunes la Defensoría del Pueblo.

#Colombia #FARC #ELN #Venezuela 



No se confirmó la identidad de las víctimas, sin embargo, el Defensor del Pueblo, Carlos Camargo, indicó que los cuerpos permanecen en las morgues donde se evaluará la causa de las muertes.

Los enfrentamientos entre la guerrilla Ejército de Liberación Nacional (ELN) y los disidentes de las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que comenzaron el domingo serían por el «Control de economías ilícitas» en la frontera, dijo el Ejército en un comunicado.

El alcalde de Arauquita, Etelivar Torres, advirtió en un comunicado difundido a la prensa que la cifra de muertos podría ser mayor, 21 personas, según información que recibió de los representantes, quienes son monitores de derechos humanos del Ministerio Público.

La Defensoría del Pueblo advirtió que han identificado a 12 familias que se trasladan dentro del mismo departamento para huir de los enfrentamientos.

La Iglesia Católica pidió a los grupos ilegales que excluyan a la población civil de las hostilidades. “Pedimos que se brinde la debida asistencia a los heridos, que se respete la vida e integridad de los detenidos y que los cuerpos de los fallecidos sean tratados con dignidad”, instó el obispo de la diócesis de Arauca, Jaime Cristóbal Abril, en un liberar.

La Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos hizo un llamado a través de Twitter para garantizar el respeto al Derecho Internacional Humanitario e instó a proteger a la población civil y activar planes de contingencia.

Además, la oficina de la ONU solicitó dar cumplimiento a las recomendaciones formuladas por la Defensoría del Pueblo en alertas tempranas en las que advirtió del inminente riesgo que enfrentan más de 69.000 personas de la sociedad civil, incluidas poblaciones de especial protección como los pueblos indígenas, debido a la escalada de violencia entre el ELN y los disidentes de las FARC.


El presidente Duque anuncia medidas de seguridad

En la tarde de este lunes, el presidente de Colombia, Iván Duque, anunció que su gobierno «adelantó dos consejos de seguridad en las últimas horas», informando así la disposición de efectivos combinados del Ejército y la Policía, con el fin de reforzar la seguridad en la zona de conflicto.

Duque dijo que los grupos beligerantes «han venido operando a gusto en territorio venezolano con el consentimiento y protección del régimen dictatorial», acusando así abiertamente a su homólogo, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Ni el presidente venezolano ni su canciller, Félix Plasencia, reaccionaron hasta ahora al mensaje de Duque.

Fuente: Saltoaldía Uruguay

lunes, 26 de julio de 2021

El negocio de la muerte: la JEP devela otra faceta monstruosa del Estado colombiano

 Eran aproximadamente las dos de la madrugada del 9 de febrero de 2005 cuando, en medio de la oscuridad y armados hasta los dientes, integrantes Patrulla Dinamarca 1 del Batallón de Artillería No. 2 La Popa del Ejército Nacional llegaron hasta un humilde rancho ubicado en la comunidad de El Cerro, en la vereda El Pontón, perteneciente al corregimiento de Atánquez, a una hora de Valledupar en el departamento del Cesar. En el rancho se encontraban la niña perteneciente a la etnia Wiwa, Nohemí Esther Pacheco Zabata, de 13 años de edad y en estado de embarazo, junto con el indígena kankuamo, Hermes Enrique Carrillo Arias, de 23 años de edad. 


Con amenazas y engaños los militares sometieron y retuvieron a estas personas en el lugar, después los sacaron subrepticiamente de la vivienda obligándolos a desplazarse hasta un lugar apartado para, posteriormente, disparar sus fusiles de dotación contra la pareja desarmada e indefensa hasta matarlos. Después de asesinarlos, los militares alteraron el sitio donde cometieron el crimen para simular la ocurrencia de un combate y a las víctimas les pusieron el “kit de legalización”[1] que, en esta ocasión, consistió en un pantalón de la Policía Nacional “…una pistola calibre 7.65 mm marca Star sin número con un proveedor, tres cartuchos calibre 7.65, un revolver calibre 38 mm, una vaina calibre 38, un revolver hechizo, una granada aturdidora y una M26, un radio marca Yaesu, cinco cartuchos 25 mm, un morral color verde envejecido, un bolso, un par de botas de caucho color negro…”[2]. Horas más tarde, los militares presentaron a la pareja asesinada como guerrilleros del Frente 59 de las FARC-EP abatidos en un supuesto combate[3]. Los militares y el Instituto de Medicina Legal no quisieron entregar los cadáveres de las víctimas a sus familiares.


El entonces mayor del ejército Oscar Reinaldo Rey Linares, para esos años sub comandante del Batallón La Popa,  firmó un acta donde certificaba una recompensa de $500.000 COP (alrededor de 131 dólares al cambio actual), entregada a un supuesto informante por los “excelentes resultados” de la operación y reportó a las víctimas como NN[4]. Este fue el precio en el que el Ejército Nacional tasó las vidas de una niña indígena de 13 años embarazada y de un joven de 23 años, también indígena.

Rey Linares era amigo cercano del conocido narcotraficante José Guillermo Hernández Aponte, alias El Ñeñe[5] y, entre otros favores, le facilitaba aeronaves de la Quinta Brigada para que el narco se transportara[6]. Alias El Ñeñe también era amigo del expresidente[7]  Álvaro Uribe[8] y presuntamente compró votos[9] que ayudaron a que Iván Duque ganase la presidencia en 2018[10].

Pese a las denuncias y alertas sustentadas en pruebas que fueron realizadas por organizaciones sociales nacionales e internacionales, el actual gobierno ascendió a Rey Linares en diciembre de 2020: ahora es Brigadier General, Comandante Quinta División del Ejército Nacional y lidera a “…más de 30 mil soldados que conforman esta unidad militar, responsable de la seguridad en el centro del país representada en los departamentos de Cundinamarca, Tolima, Huila, Quindío, Risaralda, Caldas y la capital de la República”[11].

Este es tan solo uno de los al menos 127 aberrantes casos de asesinatos y desapariciones forzadas en la región del Caribe cometidos por miembros del batallón La Popa que han sido documentados por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP)[12] bajo el caso 003 denominado Asesinatos y desapariciones forzadas presentados como bajas en combate por agentes del Estado, una modalidad de asesinatos de personas inermes cometida principalmente por miembros del Ejército y la Policía Nacional colombianos para cobrar recompensas y presentar resultados falseados en la lucha contrainsurgente. La niña Nohemí y el joven Hermes forman parte de las alrededor de 8.208 víctimas mortales asesinadas en estado de indefensión a manos de miembros de las fuerzas armadas colombianas entre 1978 y 2008 para hacerlas pasar por guerrilleros y guerrilleras muertas en combate (de las cuales al menos 6.402, el 78%, se perpetraron bajo la presidencia de Álvaro Uribe), según datos de la JEP[13].

Esta es una parte de la verdad que revela el trabajo riguroso del mecanismo de justicia transicional tan atacado por los representantes del partido del actual gobierno. La JEP, mediante los Autos 125 y 128 de 2021, ha revelado aspectos fundamentales de este crimen que es, a su vez, crimen de Estado, crimen de lesa humanidad y crimen de guerra, cometido por miembros de las fuerzas armadas en alianza con grupos paramilitares y funcionarios civiles del Estado.

El 2 de julio de 2021, en su Auto 125, la JEP determinó los crímenes y conductas ocurridos en el Catatumbo durante los años 2007 y 2008, atribuibles a miembros de la Brigada Móvil 15 (BRIM15) y del Batallón de Infantería No. 15 General Francisco de Paula Santander (BISAN) del Ejército Nacional, además de los atribuibles a terceros civiles en el marco de los asesinatos perpetrados en Norte de Santander bajo la modalidad descrita, denominada por los medios de comunicación como “Falsos Positivos”.

El pasado 15 de julio, en su Auto 128 de 2021, este mismo tribunal les imputó crímenes de guerra y lesa humanidad a 15 militares (dos coroneles, seis oficiales, cuatro suboficiales y tres soldados) que cometieron asesinatos y desapariciones forzadas falsamente presentados como bajas en combate cuando operaron en el batallón La Popa, en el departamento del Cesar.

Dentro de los imputados y máximos responsables se encuentra un amigo entrañable de los poderosos líderes del partido de gobierno Centro Democrático[14], el coronel Publio Hernán Mejía, quien “…comandó el Batallón La Popa entre el 9 enero de 2002 y el 8 de enero de 2004[15], periodo durante el cual la unidad militar reportó 86 bajas en combate, 75 de las cuales corresponden a muertes ilegítimas”[16]. Según denuncias de sus subalternos, en algunas ocasiones este coronel pagó los asesinatos cometidos con cajas de arroz chino y entregándoles $100.000 COP (alrededor de 26 dólares al cambio actual)[17].

Mejía fue condenado en la justicia ordinaria por el Juzgado Sexto Especializado de Bogotá a 19 años de cárcel y seis meses de prisión, por ser culpable de los delitos de concierto para delinquir, conformación de grupos armados ilegales y homicidio en persona protegida. El proceso en la justicia ordinaria estuvo rodeado de una serie de graves hechos como el asesinato de dos testigos, amenazas contra otros y denuncias de la Fiscalía sobre obstrucción a la justicia por parte de los acusados[18]. Después de la condena en la justicia ordinaria, el coronel solicitó ser aceptado por la JEP para así poder salir de la cárcel.

Hallazgos de la JEP en los Autos 125 y 128 de 2021

Frente a estos crímenes, los Autos de la JEP confirman que los imputados perpetraron un ataque generalizado y sistemático contra la población civil, afectando con brutalidad a civiles, especialmente a los pueblos indígenas Wiwa y Kankuamo. Además, los victimarios conformaron organizaciones criminales que operaban dentro de las unidades militares en alianza con paramilitares. Sus crímenes fueron una conducta “extendida y perpetrada a gran escala”, cuya finalidad era presentar resultados operacionales ficticios en los que mostraron como “bajas en combate” a personas asesinadas en estado de indefensión por miembros del Ejército Nacional o por paramilitares. Los crímenes se cometieron con conocimiento pleno de su ilegalidad por parte de los victimarios y los responsables ocultaron sus actos para darles apariencia de legalidad, esto con el fin de responder a las presiones ocasionadas por la política de presentar resultados operacionales basados en la exigencia permanente de bajas o muertes en combate, mejorar la percepción de seguridad en la opinión pública, mostrar avances ficticios en la guerra contrainsurgente y cobrar el dinero de las recompensas.

Los crímenes obedecieron a un plan criminal y se enmarcan en dos macropatrones criminales:

El primero evidencia cómo los victimarios asesinaron, en alianza con paramilitares, a personas señaladas de pertenecer a grupos armados ilegales o de delincuencia común sin tener información previa real que verificara estos señalamientos y sin haber tenido lugar ningún combate.

El segundo patrón muestra cómo los victimarios basaron la elección de sus víctimas en la condición de vulnerabilidad que ellas presentaban: escogieron a personas que no tuviesen familiares o redes de apoyo que intentasen buscarlos posteriormente a su desaparición. Muchas de las víctimas fueron engañadas por las estructuras criminales mediante falsas promesas de presuntos trabajos legales o ilegales, para poder atraerlas y asesinarlas. Los perpetradores escogían a estas personas porque presumían que nadie reclamaría por su muerte, debido a la condición de vulnerabilidad dada por su marginalidad. La JEP hizo énfasis en que “…una de las peores formas que adquirió la práctica de asesinatos y desapariciones presentadas como bajas en combate fue la deliberada manipulación o instrumentalización de las personas con discapacidades cognitivas. Esta forma de instrumentalización de personas en condiciones de extrema vulnerabilidad pone de manifiesto el daño asociado a la idea de que las personas en condiciones de discapacidad son prescindibles en la sociedad, una constante que ha llevado a perpetuar conductas de marginación, que se concentran en prácticas deleznables como la ‘limpieza social’ y que, a su vez dañan a la sociedad en tanto le impiden reconocerse como diversa”[19].

Además, los Autos de la JEP develan, entre otros aspectos fundamentales, el modus operandi de los victimarios en cuanto a la planeación de los crímenes; la selección de las víctimas; la perpetración de los asesinatos y la simulación del combate; la legalización operacional de los asesinatos; el encubrimiento de los asesinatos, los victimarios y sus alianzas; así como la distribución de funciones y roles en la estructura criminal.

¿Podría ser este un ejemplo de una versión con tintes de “solución final”[20] por parte del nazismo criollo incrustado en las altas esferas del poder?

Conviene recordar que en la perpetración de crímenes de lesa humanidad, crímenes de Estado y crímenes de guerra no solo son culpables quienes apretaron el gatillo, también lo son quienes los encubrieron, quienes intentaron ocultar esta realidad, quienes sabiendo que esto ocurría callaron con silencio cómplice y quienes defendieron a los criminales intentando borrar las evidencias de lo sucedido.

Es evidente el peligro que representa para una democracia y para el ejercicio de los derechos humanos el que criminales de lesa humanidad y criminales de guerra no sean juzgados y, por el contrario, se les premie con cargos de poder en la estructura de dominación que es el Estado. Su encubrimiento, sumado a los ataques a la JEP por parte de los líderes del partido de gobierno y de sectores poderosos de las fuerzas armadas, son una muestra del terror que le tienen a la verdad quienes viven cobijados por la sombra de la mentira y se sirven de ella para cometer los crímenes y delitos que los mantienen en el poder. De ahí se desprende la evidente importancia de la labor de la JEP en la garantía de los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición estipulados en el Acuerdo para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, firmado entre el Gobierno Nacional de Colombia y las FARC-EP, así como para el ejercicio de una democracia real y garante de los derechos humanos.


Camilo Amador Bonilla Stucka.

Foto tomada de: Vanguardia

sábado, 1 de mayo de 2021

FARC reconoce crímenes de lesa humanidad ante tribunal de paz en Colombia

 Líderes de la disuelta guerrilla de las FARC en Colombia aceptaron este viernes su responsabilidad en los crímenes de guerra y lesa humanidad relacionados con el secuestro de más de 21.000 personas que les imputó el tribunal surgido del acuerdo de paz.




"Reconocemos expresamente la responsabilidad por los hechos y conductas descritas por la Sala en el auto" de imputación emitido por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) el 28 de enero, indicaron en una carta siete antiguos jefes rebeldes que firmaron el histórico pacto de paz en 2016.

"Dichos hechos y conductas consistieron en ordenar las capturas y privación de la libertad, de forma prolongada, de civiles y de miembros de las fuerzas militares", añadieron.

En un comunicado, la jurisdicción informó que revisará el documento entregado por los exguerrilleros y las observaciones de las víctimas para evaluar si hay "un reconocimiento pleno de las delitos imputados y aportes a la verdad".

De ser así, impondrá sanciones que "pueden incluir restricciones efectivas de la libertad" de entre dos y cinco años. De lo contrario, los imputados se exponen a penas de hasta 20 años en prisión.

"Hacemos el reconocimiento explícito de las condiciones precarias y difíciles que debieron enfrentar las personas que fueron secuestradas por las FARC (...), del sufrimiento infligido de manera injustificable a las víctimas y sus familias", declaró el ahora senador Julián Gallo, conocido también como Carlos Lozada.

Ocho altos mandos de la que fuera la guerrilla más poderosa del continente fueron imputados por
crímenes de lesa humanidad ocurridos entre 1990 y 2016, cuando secuestraron a 21.396 personas.

Entre esos mandos están Rodrigo Londoño, jefe del partido de izquierda Comunes, surgido del acuerdo, y los congresistas Pablo Catatumbo y Lozada, que ocupan dos de los diez asientos en el parlamento otorgados al partido. Uno de los involucrados falleció en enero.

Se trata de la primera imputación de la JEP desde su creación en 2017. El tribunal juzga los peores crímenes cometidos en más de seis décadas de conflicto armado.

Durante su prolongada y fallida lucha por el poder, las FARC recurrieron al secuestro de personas con fines económicos y políticos.

En julio de 2018, los líderes rebeldes empezaron a responder de forma individual ante la justicia transicional por ese delito, uno de los crímenes más repudiados por los colombianos.

Desde entonces, pidieron perdón en distintas ocasiones a las víctimas, además de comprometerse a confesar sus crímenes y reparar a las víctimas, a cambio de poder ejercer la política como partido y obtener penas alternativas a la prisión.

- Asesinatos de excombatientes -

Al mando del país cuando se firmó la paz, el expresidente Juan Manuel Santos saludó en Twitter "la contribución a la verdad, con el reconocimiento de las FARC de su responsabilidad en los secuestros", que "es un paso muy importante hacia la reconciliación".

La ONU, encargada de vigilar la implementación del acuerdo, se sumó a las felicitaciones.

Es "un avance importante en derechos de las víctimas" y una muestra del "compromiso continuo" de los excombatientes con el acuerdo, valoró el jefe de la misión local de paz, Carlos Ruiz Massieu, en la misma red social.

Pero sigue siendo "fundamental proveer todas las garantías y proteger la vida de todos los y las excombatientes comprometidos con aportar la verdad y reconocer responsabilidad" para seguir avanzando en el proceso, recordó.

De los 13.000 exguerrilleros que se acogieron al proceso de paz, 272 fueron asesinados en cuatro años, en medio del repunte de la violencia que vive el país, alimentado por la expansión de grupos armados en regiones alejadas.

Otros se rearmaron y forman parte de las disidencias, que suman unos 2.500 hombres armados y se nutren principalmente del narcotráfico y la minería ilegal, según inteligencia militar.

En un comunicado reciente, la JEP denunció que las agresiones contra excombatientes eran parte de una "tragedia humanitaria" y pidió al Estado actuar para impedirlas.

Opuesto desde un inicio a los acuerdos que considera indulgentes con los rebeldes, el gobierno de Iván Duque aún no se ha pronunciado sobre el reconocimiento de los secuestros por parte de Comunes.

Fuente: Yahoo Noticias AFP (lv-dl/jss/yow)

Juan de Dios Parra, Secretario General de la ALDHU, comentó al respecto: "Estamos contentos de que la Jurisdicción Especial para la Paz esté dando sus frutos. Deseamos que Colombia llegue a tener paz algún día; ese gran país lo merece". 

jueves, 11 de febrero de 2021

Líderes desprotegidos y comunidades indefensas

 Desde 2016, más de 400 defensores de derechos humanos han sido asesinados en Colombia, el número más alto en América Latina, según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH).


En noviembre de 2016, el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) llegaron a un histórico acuerdo de paz, que llevó a la desmovilización del que entonces era el principal grupo armado del país. El acuerdo incluyó iniciativas específicas para prevenir asesinatos de defensores de derechos humanos. Asimismo, ese año, la Fiscalía General de la Nación decidió priorizar las investigaciones sobre este tipo de asesinatos ocurridos a partir de comienzos de 2016. 

Sin embargo, los asesinatos de defensores de derechos humanos aumentaron a medida que diversos grupos armados ocuparon rápidamente el vacío que dejaron las FARC y comenzaron a disputarse el control de los territorios para la producción de coca y otras actividades ilegales.

La labor que realizan algunos defensores de derechos humanos —por ejemplo, oponiéndose a la presencia de grupos armados o denunciando abusos— los ha convertido en blanco de ataques. Otros han sido asesinados durante ataques de carácter más general perpetrados por los grupos armados contra la población civil. Los asesinatos han dejado al descubierto las dinámicas invisibilizadas de violencia y abuso en regiones remotas de Colombia, donde la presencia de autoridades judiciales y la policía frecuentemente es escasa. Esta ausencia de instituciones del Estado ha dejado a innumerables comunidades indefensas.


Entre abril de 2020 y enero de 2021, Human Rights Watch entrevistó a más de 130 personas en 20 de los 32 departamentos de Colombia para identificar las dinámicas detrás de los asesinatos de defensores de derechos humanos y para examinar los esfuerzos de las autoridades para prevenir estos asesinatos y llevar a los responsables ante la justicia. Entrevistamos, entre otros, a autoridades judiciales, fiscales, funcionarios gubernamentales, funcionarios de derechos humanos, trabajadores humanitarios, defensores de derechos humanos y policías.

Este informe documenta asesinatos de defensores de derechos humanos en seis de las zonas del país más afectadas por estos crímenes: Norte del Cauca; Catatumbo, en Norte de Santander; Pacífico Sur, en Nariño; Bajo Cauca, en Antioquia; Alto y Bajo Caguán, en Caquetá; y el Piedemonte de Arauca. El informe explica las dinámicas de violencia y los contextos que influyen en los asesinatos de defensores de derechos humanos en estas subregiones.

El informe también analiza cada una de las políticas del gobierno para prevenir y abordar los asesinatos de defensores de derechos humanos, así como las falencias en su implementación.

Asesinatos de defensores de derechos humanos luego del acuerdo de paz

En Colombia, las autoridades no ejercen un control efectivo sobre varias zonas previamente controladas por las FARC, lo cual en gran parte ha permitido la violencia contra defensores de derechos humanos. El gobierno ha desplegado tropas a muchas zonas del país, pero no ha fortalecido al mismo tiempo el sistema de justicia ni ha asegurado un acceso adecuado a oportunidades económicas y educativas y a servicios públicos. Las investigaciones de Human Rights Watch indican que estas falencias han limitado significativamente los esfuerzos del gobierno para contrarrestar el poder de los grupos armados y prevenir violaciones de derechos humanos.

El acuerdo de paz contemplaba planes para abordar la situación de economías ilegales, la falta de oportunidades económicas legítimas y la frágil presencia estatal, factores que durante décadas permitieron que prosperaran los grupos armados, incluidas las FARC[1]. Pero, en general, la implementación de los planes ha sido lenta. En junio de 2020, el Instituto Kroc de Estudios Internacionales de Paz —encargado conforme al acuerdo de paz de verificar los avances en su implementación— concluyó que se habían cumplido apenas 33 de los 88 objetivos propuestos para 2019[2]. La mayoría de los objetivos alcanzados estaban relacionados con la desmovilización de las FARC y la reincorporación de sus exguerrilleros. Algunos aspectos del acuerdo relacionados con una reforma rural integral y con una nueva política sobre drogas habían sufrido “retrasos”, lo cual indicaba una “baja probabilidad de ser completados en el mediano y largo plazo”[3].

El asesinato de defensores de derechos humanos en Colombia es un problema complejo que no se explica por una única dinámica nacional.

Debido a la presencia limitada del Estado en muchas zonas, en su mayoría rurales, las organizaciones sociales —entre ellas, las Juntas de Acción Comunal, los consejos comunitarios afrocolombianos y los cabildos indígenas— frecuentemente desempeñan un rol importante en la realización de tareas generalmente asignadas a funcionarios de gobiernos locales, incluida la protección de poblaciones en riesgo y la promoción de planes gubernamentales. Esto aumenta la visibilidad de los líderes de organizaciones sociales, incluidos defensores de derechos humanos, y los expone a riesgos.

Los grupos armados a menudo oprimen a defensores de derechos humanos e intentan utilizarlos, bajo coacción, para imponer sus propias “reglas” en las comunidades. Eso aumenta la posibilidad de que los grupos los ataquen por incumplimientos reales o percibidos de dichas “reglas”, o por un supuesto apoyo a una parte contraria en los conflictos locales que se desarrollan en muchas zonas del país.

El apoyo de defensores de derechos humanos a algunas iniciativas establecidas en el acuerdo de paz también los ha puesto en riesgo. Defensores de derechos humanos han sido asesinados porque apoyaron proyectos para sustituir los cultivos de coca —la materia prima con la que se elabora la cocaína— con cultivos de alimentos o porque participaron en tales proyectos. Muchos campesinos en Colombia cultivan coca porque es el único producto rentable para ellos, debido a la precariedad de los mercados locales de alimentos, el estado deficitario de los caminos para transportar sus productos y la falta de títulos formales sobre las tierras. La implementación de los planes gubernamentales que buscan darle asistencia económica y técnica a los campesinos para la sustitución de cultivos a menudo ha sido lenta, y estos planes enfrentan una férrea oposición por parte de los grupos armados, que emplean violencia y amenazas para obligar a las comunidades a seguir cultivando coca.

Los líderes indígenas representan un porcentaje desproporcionadamente alto de los defensores de derechos humanos asesinados en Colombia. Según cifras de la Oficina del ACNUDH, 69 líderes indígenas han sido asesinados desde 2016, lo cual representa aproximadamente el 16 % de los 421 defensores de derechos humanos asesinados en ese período. En comparación, se estima que solo el 4,4 % de la población de Colombia es indígena.

Según la Oficina del ACNUDH, 49 defensoras de derechos humanos han sido asesinadas desde 2016. Dieciséis defensoras de derechos humanos fueron asesinadas en 2019, en comparación con 10 en 2018. Hasta diciembre de 2020, la Oficina del ACNUDH había documentado cinco asesinatos de este tipo en 2020, y se encontraba verificando otros 10. Además, al menos tres defensoras de derechos humanos han sido violadas sexualmente desde 2016, según la Oficina del ACNUDH y el Sistema de Alertas Tempranas de la Defensoría del Pueblo.

Esfuerzos gubernamentales frente a los asesinatos de defensores de derechos humanos

Para responder a los asesinatos de defensores de derechos humanos de una manera sostenida en el largo plazo, es crucial que el gobierno se ocupe de las causas subyacentes del problema. Ello requerirá esfuerzos serios para reducir de manera permanente el poder de los grupos armados y de la delincuencia organizada mediante una serie de medidas, incluyendo investigaciones penales para desarticular a estos grupos, así como una presencia estatal civil más eficaz y significativa en regiones remotas del país. Debido a la enorme rentabilidad del tráfico ilegal de drogas y la capacidad de los grupos delictivos para corromper a las autoridades —incluso en lugares donde hay presencia estatal—, es probable que sigan apareciendo nuevos grupos para reemplazar a aquellos que hayan desaparecido, y que estos grupos continúen ejerciendo violencia y atacando a defensores de derechos humanos. Es fundamental que el gobierno colombiano adopte medidas significativas para terminar con este ciclo de violencia que lleva décadas, incluso considerando enfoques alternativos a la política de drogas que reduzcan la rentabilidad del narcotráfico.

Al mismo tiempo, el gobierno puede y debe brindar protección adecuada de inmediato a los defensores de derechos humanos y cerciorarse de que los delitos contra ellos se investiguen de manera eficaz. Para este informe, Human Rights Watch analizó cada uno de los mecanismos, planes y políticas del gobierno para prevenir abusos, proteger a defensores de derechos humanos y llevar ante la justicia a los responsables de estos asesinatos.

Mecanismos para proteger a defensores de derechos humanos y prevenir abusos

El gobierno colombiano cuenta desde hace tiempo con dos mecanismos que han demostrado ser importantes para la protección de los derechos humanos, aunque ambos carecen de financiación suficiente y tienen otras graves deficiencias:

* La Unidad Nacional de Protección (UNP), una entidad dependiente del Ministerio del Interior, tiene a su cargo desde 2011 la protección de personas en riesgo. A través de la UNP, las autoridades han hecho grandes esfuerzos para otorgar medidas de protección individuales a cientos de defensores de derechos humanos, que incluyen la provisión de teléfonos celulares, vehículos y chalecos antibala o la asignación de escoltas. Sin embargo, la UNP solo ofrece esquemas de protección individual en respuesta a denuncias de amenazas y muchos líderes asesinados no habían recibido amenazas o no habían podido denunciarlas ante fiscales, tal como exige la legislación colombiana.
* El Sistema de Alertas Tempranas de la Defensoría del Pueblo tiene funcionarios en varias regiones del país donde hay poca presencia de otros actores estatales y monitorea amenazas a los derechos humanos. El derecho colombiano exige que las autoridades respondan rápidamente para prevenir posibles abusos señalados por la Defensoría en sus “alertas tempranas”, las cuales han identificado riesgos para los defensores de derechos humanos en cientos de municipios del país. Sin embargo, las autoridades nacionales, departamentales y municipales muchas veces no han respondido a las alertas tempranas o han adoptado medidas que son proforma y tienen escaso impacto en el terreno.
Asimismo, en los últimos años, las autoridades colombianas han creado una serie de mecanismos nuevos, algunos de los cuales fueron establecidos conforme al acuerdo de paz. El gobierno del Presidente Iván Duque ha promovido estos mecanismos superficialmente, a menudo generando la impresión de que se están tomando medidas, aunque en realidad la mayoría de estos mecanismos prácticamente no funcionan o presentan graves falencias. Los problemas de estos mecanismos incluyen los siguientes:

* Existe una gran cantidad de mecanismos de protección y prevención, lo cual dispersa los recursos y genera una duplicación de esfuerzos innecesaria.
* Hay una implementación lenta de los planes de protección colectiva para comunidades y organizaciones en riesgo. El gobierno todavía no ha implementado un plan de protección integral a cargo del Ministerio del Interior que fue establecido en 2018. Los esfuerzos por parte de la UNP para implementar su propio programa de protección colectiva han enfrentado graves restricciones presupuestarias, entre otras.
* El gobierno del Presidente Duque no convoca periódicamente a la Comisión Nacional de Garantías de Seguridad, un organismo encargado de diseñar políticas para prevenir los asesinatos de defensores de derechos humanos. Su trabajo hasta la fecha ha sido poco significativo y no ha dado resultados concretos.
* El Plan de Acción Oportuna de Prevención y Protección para Defensores de Derechos Humanos, Líderes Sociales, Comunales y Periodistas (PAO), encabezado por el Ministerio del Interior, tiene un mandato poco claro y ha tenido escaso impacto en los territorios.
* La Consejería Presidencial para la Estabilización y la Consolidación no ha implementado un plan anunciado en 2019 para proteger a los civiles que participan en planes para sustituir los cultivos de coca, incluidos defensores de derechos humanos.
* No ha habido avances decisivos en la implementación de un plan de 2019 del Ministerio del Interior para proteger a líderes de las Juntas de Acción Comunal.
* No se ha desarrollado la política integral para proteger a defensores de derechos humanos y otros líderes que el Ministerio del Interior y grupos de derechos humanos empezaron a discutir en agosto de 2018.

 

Rendición de cuentas


Los esfuerzos para llevar a los responsables de estos asesinatos ante la justicia han sido más significativos. Las autoridades han aprobado directivas, creado unidades especializadas y logrado avances significativos en comparación con períodos anteriores de la historia de Colombia.

Sin embargo, muchas investigaciones y procesos penales enfrentan graves dificultades, especialmente con respecto a los determinadores (es decir, quienes dieron las órdenes o aprobaron los crímenes) de muchos de estos asesinatos. Las principales deficiencias son las siguientes:

* Hay muy pocos fiscales, jueces e investigadores en las regiones más afectadas por estos asesinatos.
* Hasta la fecha, no se ha implementado el “cuerpo especial” de jueces que anunció el Presidente Duque en mayo de 2019 para juzgar casos de asesinatos de defensores de derechos humanos.
* Los órganos especiales creados conforme al acuerdo de paz para ocuparse de asesinatos de defensores de derechos humanos —en particular, la Unidad Especial de Investigación y el Cuerpo Élite de la Policía— tienen capacidades limitadas y personal insuficiente, y en algunos casos han sufrido recortes presupuestarios.
* El apoyo prestado por policías y militares a los fiscales e investigadores para visitar escenas del crimen suele ser limitado y presentar retrasos.

 

A fin de cumplir sus obligaciones con arreglo al derecho internacional de los derechos humanos, el gobierno de Duque debería realizar esfuerzos genuinos para financiar e implementar los programas y mecanismos orientados a prevenir abusos y proteger a defensores de derechos humanos. El gobierno también debería aumentar considerablemente la capacidad de las autoridades judiciales y los fiscales para llevar ante la justicia a los responsables de los asesinatos.

A más largo plazo, las autoridades deberían iniciar un proceso para simplificar y reforzar los mecanismos de prevención y protección previstos en el derecho colombiano. El gobierno debería asegurarse de que las organizaciones de la sociedad civil y las organizaciones internacionales humanitarias y de derechos humanos en el país tengan una participación genuina en este proceso. El objetivo debería ser coordinar los mecanismos existentes y derogar o modificar aquellos que sean ineficaces o tengan un mandato poco claro.

A menos que el gobierno tome medidas serias, es probable que muchos más defensores de derechos humanos sean asesinados en Colombia y, en consecuencia, que cientos de comunidades queden indefensas.

Fuente. Human Rights Watch

El artículo continúa con las recomendaciones que da HRW al Gobierno del Presidente Iván Duque.

martes, 3 de abril de 2012

COLOMBIA: LAS FARC LIBERAN A 10 REHENES


FARC libera a 10 Rehenes
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) confirmó este lunes que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) liberaron a los 10 retenidos anunciados y que ya se encuentran con la misión humanitaria de Colombianos y Colombianas por la Paz (CCP) en camino al aeropuerto Villavicencio.

Tras más de cinco horas y media del despegue del helicóptero prestado por el Gobierno de Brasil para este operativo, la portavoz de la Cruz Roja, Maria Cristina Rivera, confirmó este martes que los cuatro militares y seis policías ya se encontraron con la delegación humanitaria que fue a buscarlos en algún punto de la selva.
“Se confirma la liberación de 4 militares y 6 policías (…) entre los departamentos de Meta y Guaviare. Se confirma la liberación de la totalidad de las personas que habían sido anunciadas por el grupo insurgente”, leyó la portavoz.
Los liberados fueron llevados a Villavicencio y para encontrarse con un equipo médico, encargado de hacer los primeros chequeos para confirmar el estado de salud de los ex-retenidos.
En la aeronave viajó la defensora de los Derechos Humanos, Piedad Córdoba, acompañada de la directora de la Casa de la Mujer de Colombia, Amparo Sánchez, delegados de la CICR y miembros de la tripulación brasileña.
La salida de la misión humanitaria se retrasó por cerca de dos horas, debido las condiciones climatológicas presentes en el centro de la nación suramericana la mañana de este lunes.
Antes de la partida, Piedad Córdoba indicó que las coordenadas donde se llevará a cabo el proceso ya fueron confirmadas y que los retenidos estaban en la zona (de la selva colombiana) que es de muy fácil acceso”.
La misión humanitaria llegó con el grupo de 10 liberados al Aeropuerto de Vanguardia en Villavicencio y luego  fueron llevados hacia Bogotá (la capital), para reecontrarse con sus familiares.
Telesur

lunes, 28 de noviembre de 2011

ALDHU INSTA A PONER FIN A LA VIOLENCIA EN COLOMBIA Y A CALIFICAR AL SECUESTRO COMO UN CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD.

Foto: terra.com

ALDHU INSTA A PONER FIN A LA VIOLENCIA EN COLOMBIA Y A CALIFICAR AL SECUESTRO COMO UN CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD.

La Asociación Latinoamericana para los Derechos Humanos (ALDHU) condena enérgicamente el ajusticiamiento de cuatro rehenes por acción de  las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), como reacción a un   operativo de rescate que realizó el Ejército de Colombia, que no había sido consensuado con la guerrilla. En el violento operativo tres de los rehenes fueron asesinados con disparos en la cabeza y uno con disparos en la espalda.

ALDHU ha denunciado en los foros internacionales que el  secuestro es una práctica criminal, cruel e inhumana que somete a las personas retenidas a condiciones de cautiverio abusivas tanto física como psicológicamente, y que sus efectos se extiende a las familias y a la comunidad. Ante esta grave situación, ALDHU, ha presentado ante los gobiernos de la región y ante la comunidad internacional, una propuesta mediante la cual se sancione una convención que establezca  normas que caractericen el fenómeno del secuestro como un delito de lesa humanidad.

Al mismo tiempo estimamos que las declaraciones del Ministro de Defensa colombiano Juan Carlos Pinzón, son inaceptables al expresar que el rescate sin consenso estaba plenamente justificado en “la legitimidad que tiene la Fuerza Pública para defender los derechos de los colombianos”.  Más bien, ALDHU coincide con la declaración de la Oficina en Colombia de la Alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (DDHH), quien expresó que  la muerte de los secuestrados es “producto de la deshumanización progresiva del conflicto armado interno".

En estas circunstancias, en la cual tienen responsabilidades tanto el Gobierno y el  Ejército al insistir en provocar un rescate sin aprobación ni diálogo con el grupo insurgente, como por parte de las FARC, por su respuesta de violencia criminal, y su permanente practica del secuestro, como pretendida arma de presión política, solo se puede abogar por una solución negociada.

Es imperativo que las partes involucradas construyan las condiciones efectivas  que permitan finalmente la liberación de todos los cautivos y el fin de las prácticas del secuestro, como también de las acciones punitivas del Ejército y de los paramilitares.

ALDHU hace un llamado urgente a la comunidad internacional para redoblar los esfuerzos que contribuyan a establecer la paz y el pleno respeto a los derechos humanos y las practicas humanitarias, extremando las voluntades de las partes por obtener una salida política,  que consoliden el dialogo, la convivencia, la gobernabilidad y la democracia en Colombia.

Juan de Dios Parra Sepúlveda
Secretario General del ALDHU

ASOCIACIÓN LATINOAMERICANA PARA LOS DERECHOS HUMANOS (ALDHU)

28 de Noviembre de 2011