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viernes, 18 de febrero de 2022

¿A las puertas de un mundo posneoliberal?

 Este es un artículo de opinión de Tobias Debiel, subdirector del Instituto para el Desarrollo y la Paz de la alemana Universidad de Duisburg-Essen, y de Mathieu Rousselin, profesor de educación política en la Oficina Federal para las Tareas de la Familia y la Sociedad Civil de Alemania.


BERLÍN – Aunque hay quienes afirman que la pandemia y la crisis climática son indicios del final del neoliberalismo, otros consideran que su caja de herramientas no está vacía. Para el posneoliberalismo hace falta una nueva política y un cambio de estructuras.

La pandemia de covid-19 ha provocado una conmoción global en la economía y la política. La preocupación por la caída del crecimiento, el colapso del sistema de salud y la inestabilidad política generó intervenciones estatales en muchos países del mundo que traen al recuerdo la crisis financiera mundial de 2008.

Numerosos analistas interpretaron la crisis como un desafío a la hegemonía neoliberal, es decir, la orientación prioritaria de la economía hacia la liberalización, desregulación y privatización, y la orientación del Estado hacia el principio de competitividad global.

Obviamente, el mercado no pudo reaccionar de modo adecuado a los fenómenos de la crisis. Análogamente, se multiplicaban con buenos motivos las voces que presagiaban el final de la hegemonía neoliberal en las relaciones económicas globales.

¿Son la crisis financiera global y la pandemia de covid-19 señales que apuntan a un modelo posneoliberal? ¿O el neoliberalismo sigue siendo el eterno paciente que resiste con valentía en el lecho de muerte? ¿Y qué será del orden neoliberal en el contexto de otro enorme y sin duda más fundamental desafío: la crisis climática?

Hoy en día es inusual encontrar a alguien en una posición destacada que se juegue abiertamente para salvar el honor del neoliberalismo. Las voces antagónicas, por el contrario, se hacen oír más. Así, el exjefe del Banco Mundial Joseph Stiglitz afirmó que el neoliberalismo debía ser dado por muerto y sepultado.

Tobias Debiel

Sin embargo, las políticas estatales concretas siguen siendo, en la actualidad, de cuño neoliberal. El neoliberalismo es influyente como práctica política y no tiene un plazo de vencimiento claro. Si bien los instrumentos del keynesianismo –grandes inversiones estatales– se utilizaron para construir el Estado de Bienestar en los países industrializados de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, el neoliberalismo se le ha plantado desde la década de 1970 como un rival muy fuerte.

De manera paradigmática y brutal, el neoliberalismo logró un temprano triunfo en el Chile del golpista Augusto Pinochet, donde los partidarios del economista de Chicago Milton Friedman, los llamados Chicago boys, destruyeron los logros socioeconómicos del socialista democrático Salvador Allende.

El mantra neoliberal sobre el Consenso de Washington, surgido en la década de 1980 en el seno de las instituciones financieras internacionales y el gobierno de Estados Unidos, tuvo efecto a escala global.

Los principios rectores de la macroeconomía keynesiana, que se expresaban en el modelo del Estado del Bienestar, fueron reemplazados por dos principios básicos: el énfasis en las libertades económicas individuales, con una defensa casi incondicional de la propiedad privada, y la orientación hacia un Estado competitivo, comprometido con el mercado y con cuatro instrumentos de gobierno: privatización, desregulación, recortes de impuestos y libre comercio.

Si bien las crisis del precio del petróleo y de endeudamiento de la década de 1970 se convirtieron en una admisión de derrota para el keynesianismo, el neoliberalismo sufrió un destino aparentemente similar con la crisis financiera mundial de 2008. Hubo un derrumbe bancario y la economía se contrajo. El desempleo y la agitación social aumentaron en todo el mundo.

Como resultado, se consideró posible un cambio hacia un régimen posneoliberal «que se encargaría activamente de los riesgos sistémicos e impondría regulaciones restrictivas sobre las instituciones financieras y los mercados financieros». De hecho, el rescate de los bancos hizo que hubiera que dar marcha atrás, al menos temporalmente, con el principio de desregulación.

Sin embargo, el modelo neoliberal demostró ser notablemente resistente a sus adversarios y sus debilidades sistémicas inmanentes. Esto se hizo evidente en el corto plazo, cuando, por ejemplo, se lanzaron los programas de rescate para Portugal y Grecia, que obedecían a una estricta ideología de austeridad fiscal.

Y el especulativo instrumento financiero de los derivados, operaciones a plazo que se basan en las fluctuaciones de precios esperadas, pronto volvió a aparecer: ya en diciembre de 2013 alcanzó nuevamente el nivel que tenía antes de la crisis.

Mathieu Rousselin

La segunda gran crisis del siglo XXI fue acompañada por la pandemia de covid-19, que desató una verdadera recesión global en 2020.

De manera similar a lo sucedido con la crisis financiera mundial, hubo intervenciones estatales masivas. Pero había una gran diferencia: dogmas neoliberales como la «austeridad fiscal» –por ejemplo, el «déficit cero» en Alemania– fueron cuestionados de inmediato, y «desaparecieron en menos de lo que se tarda en deletrear la palabra ‘quiebra’».

La pandemia de covid-19 condujo a un renacimiento y una relegitimación del Estado en los países industrializados de Occidente que fue mucho más allá del entusiasmo inicial causado por las intervenciones estatales en la crisis financiera mundial.

No solo hubo empréstitos de amplio alcance y se abandonaron las políticas de austeridad, sino que, con una aceptación bastante amplia, el Estado también intervino en las libertades fundamentales del individuo, que son una piedra angular de la tradición del pensamiento liberal.

Por ejemplo, libertad de movimiento; el derecho a encontrarse con otras personas en espacios públicos y privados sin restricciones; la libertad de asociación y el derecho a practicar una religión.

Además, la protección de patentes, una vaca sagrada del neoliberalismo, fue cuestionada nada menos que por Joe Biden: una reglamentación de excepción de la Organización Mundial del Comercio (OMC) debía eliminar los derechos de propiedad intelectual de las empresas farmacéuticas privadas sobre las vacunas contra el covid-19, sostuvo durante un tiempo el presidente de Estados Unidos.

Aun cuando esto finalmente no sucedió: ¿son el retorno del Estado y la pretensión de hacer cumplir reglas vinculantes para el bien común los primeros indicios de un modelo antagónico a la ideología neoliberal? Hasta la pandemia de covid-19, se podía argumentar que las grandes crisis, incluida la crisis financiera mundial de 2008, nunca han podido hacer peligrar seriamente la primacía de los principios neoliberales.

Más bien han servido, una y otra vez, como justificación para intervenciones estatales masivas que conservaron el sistema neoliberal y sus principales actores a expensas del público en general.

Parecía que la resiliencia se había convertido en una característica y una receta para el éxito del modelo económico neoliberal. Las medidas del Estado para combatir la pandemia de covid-19 han sacudido, si bien parcialmente, esa resiliencia.

La crisis climática global es mucho más dramática y permanente que la crisis del covid. Es la condición permanente del siglo XXI y, junto con la amenaza nuclear, probablemente la mayor amenaza para la supervivencia humana.

Durante mucho tiempo se ha intentado contrarrestar el cambio climático con recetas neoliberales, como el comercio de emisiones. Sus módicos éxitos indican claramente que se trata de instrumentos complementarios, pero no de palancas para la necesaria transformación socioecológica.

En tanto dogma neoliberal, la confianza en las fuerzas del mercado como clave para combatir el cambio climático es tan difícil de explicar como la ingenua esperanza de que el Estado pueda esperar a que los consumidores y productores adopten un comportamiento ecológico virtuoso.

Por supuesto, la caja de herramientas neoliberal no está vacía, sino que puede apostar a la internalización de las externalidades, o sea, la inclusión de costos ecológicos en el precio de la carne y los boletos de avión, por ejemplo.

Pero el interrogante es si el tiempo no es escaso como para imponer medidas prohibitivas a los consumidores.

Equivaldrían –ya admitiéndolo abiertamente, ya ocultándolo en aumentos de precios acordes con el mercado– a sanciones y prohibiciones de comportamientos propios de una «forma de vida» supuestamente liberal que, como tales, pondrían en peligro las libertades de las generaciones futuras.

Tales medidas combatirían eficazmente el cambio climático. Al mismo tiempo, deben ir acompañadas de sustanciales medidas de compensación social si no se quiere exacerbar las desigualdades y crear nuevas injusticias.

La pandemia de covid-19 ha demostrado que se pueden superar las normas neoliberales y renegociar las reglas institucionales que dan al Estado un papel proactivo.

Sin embargo, hasta ahora hay poca evidencia de que ese modelo antagónico tenga también en cuenta la cuestión social.

Los costos de las crisis amenazan más bien con distribuirse de manera muy desigual.

Esto provocará resistencia en quienes viven en condiciones precarias y quienes dependen del sistema imperante, y dará impulso a los movimientos populistas de derecha. La transición a un modelo posneoliberal solo será posible si se hace una transformación no solo ecológica, sino también social.

Este artículo se publicó originalmente en Nueva Sociedad.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Ómicron y la falta de solidaridad.

Art Opinión: Luis Gallegos Chiriboga

 La etapa que estamos viviendo la recordaremos todos y seguramente será recogida en la historia como una crisis sin precedentes en donde el mundo demostró que carece de una voluntad política para enfrentar juntos a las graves adversidades que derivan de la pandemia. La falta de solidaridad con los más vulnerables ha sido el comportamiento que más nos ha llamado la atención.



La sociedad mundial entera ha sido el conejillo de indias de políticas, recomendaciones y decisiones, desde las más simples como el uso de la mascarilla y el lavado de manos, hasta de los experimentos más avanzados de la ciencia, todo orientado a tratar desesperadamente de salvar la humanidad. Sin duda, es admirable lo que se ha logrado hasta el momento, ya que las “vacunas” nos han salvado de los efectos mortales de un virus. ¿Serán necesarias más vacunas y medicinas? Sólo el tiempo lo dirá.

Este virus nos ha demostrado descarnadamente las complejidades de la inequidad en los entornos nacional e internacional. La incapacidad de los organismos multilaterales de acordar soluciones con visión mundial es patético. Estos mecanismos han fallado por las pugnas geopolíticas entre las potencias, por la incapacidad de ponernos de acuerdo y la falta de solidaridad internacional frente a una peligrosa realidad, que mira a los aún no vacunados a los ojos con la guadaña de nuestra muerte y la de nuestros seres queridos. No hemos cumplido con los más pobres del mundo al acaparar las vacunas en los países ricos e impedir la inmunización en los más pobres.

Justamente cuando el mundo se aprestaba a celebrar las fiestas de diciembre y año nuevo, aparece una mutación del virus del covid-19, que la denominan Ómicron, la décimo quinta letra del abecedario griego, para facilitar que el público la identificara. A este paso, digo yo, a la Organización Mundial de la Salud (OMS) se le están acabando las letras del abecedario para denominar a las mutaciones.

Ómicron fue anunciada por Sudáfrica y el mundo entero limitó los vuelos desde ese país y sus vecinos inmediatos en un intento desesperado de reducir la expansión de la nueva variante, cuya existencia anterior en otras latitudes ya está comprobada. Volvimos a las limitaciones, rompiendo la recuperación económica prevista y causando la caída estrepitosa de las bolsas de valores, hipersensibles a los cambios que pueden significar el desplome de las economías. Frente a la perdida de trabajo vemos el crecimiento exponencial de la pobreza, el hambre y la inseguridad.

La FAO sostiene que en América Latina en el 2020, 267 millones de nuestros compatriotas enfrentaron inseguridad alimentaria, y 60 millones pueden morir del hambre. Retrocediendo 20 años. ¡Vaya récord! Para salir de esto, ¡todos necesitamos de más solidaridad!

viernes, 23 de julio de 2021

América Latina: En 2021 el crecimiento dependerá del control del COVID-19, no debemos relajar las medidas de protección

 América Latina y el Caribe terminará 2020 con una caída del PIB del 7,7% y una tasa de paro del 10,7% en la peor crisis en 120 años, estima la comisión de la ONU para la región, que prevé que en 2021 podría rebotar un 3,7%. Sin embargo, advierte que si hay más rebrotes y confinamientos por COVID-19, la recuperación podría retrasarse aún más, por lo que es crucial que la gente mantenga muy altas las medidas de protección. La distribución de las vacunas es otro factor que será determinante. “La pandemia no está controlada aún”, dice Alicia Bárcena.

#AméricaLatina #economía # Covid #ONU


 

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) publicó este miércoles sus proyecciones de crecimiento para la región en 2020 y 2021, aclarando que la actividad productiva está sujeta a una gran incertidumbre relacionada con la pandemia de COVID-19.

La secretaria ejecutiva de la CEPAL presentó el estudio en una conferencia de prensa en la que el mensaje central fue la urgencia de que la población no relaje por ningún motivo las medidas de protección sanitaria durante esta temporada de fiestas. “La pandemia no ha pasado, estamos frente a alarmas de rebrotes, el cuidado es fundamental”.

Alicia Bárcena afirmó una vez más que la crisis será más larga de lo esperado e insistió en que la recuperación económica en la región dependerá de que se ponga freno al coronavirus, una tarea en la que todas las personas pueden ayudar.

“La vacuna ya está lista, pero esto no significa que la pandemia se haya controlado, todavía no sabemos cuándo y cómo se distribuirá, por eso es fundamental que la gente mantenga la disciplina, que nos sigamos cuidando en esta temporada”, recalcó Bárcena.

En su Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2020, la CEPAL prevé una caída de 7,7% este año y un crecimiento de 3,7% en 2021, aunque aclara que ese avance respondería a un rebote estadístico y que no será suficiente para recuperar los niveles de actividad previos a la pandemia, cuando la región crecía muy poco.

La región más golpeada

El informe recuerda que ya antes de la crisis del coronavirus, la región avanzó apenas una media de 0,3%en el periodo 2014-2019 y que el año pasado sólo creció 0,1%. Este escenario empeoró con los confinamientos y el cierre de las actividades productivas provocados por la pandemia, que conllevaron una caída del comercio y los ingresos tributarios, dando lugar a la peor crisis económica y social ocurrida en América Latina y el Caribe.

Una de las consecuencias inmediatas de la crisis es el aumento del desempleo, que habría llegado a 10,7% en 2020, incrementando así la pobreza y la desigualdad.

Según la CEPAL, el Caribe sería la subregión más afectada, con una contracción de 7,9%. Leseguiría América del Sur con -7,3% y Centroamérica con 6,5%. México, por su parte, retrocedería 9%.

“Nuestra región es la más golpeada del mundo”, dijo Alicia Bárcena y explicó la pandemia ha magnificado los problemas estructurales históricos de los países que la integran: desigualdad, baja recaudación fiscal, niveles altos de actividad informal, y fragmentación de los sistemas de salud y protección social.

Lo que hace falta

Para remontar esta coyuntura, estas economías “precisan de una mejor distribución de la liquidez mundial”, acotó.

Añadió que si bien algunos países de la región han podido obtener liquidez con la emisión de bonos soberanos, no todas las economías tienen acceso a ese mercado.

La responsable de la CEPAL aseveró que, además de liquidez, Latinoamérica y el Caribe necesita políticas fiscales y monetarias convencionales y no convencionales que permitan impulsar la actividad económica.

“Se deben mantener políticas expansivas, se necesita seguir apoyando a las familias”, apuntó refiriéndose a las ayudas financieras de emergencia que muchos gobiernos dan a la población para apuntalar la crisis.

Subrayó también que hace falta cerrar los espacios de evasión fiscal para fortalecer ingresos públicos.

El documento de la CEPAL enfatiza la necesidad de inversiones públicas en sectores dinámicos y ambientalmente sostenibles.

Bárcena llamó a no olvidar que la humanidad tiene encima la espada de Damocles del cambio climático.

Retornar a la senda productiva quiere decir “crecer con empleo de calidad y con poca huella ambiental”, agrega.

Estas medidas no sólo dependen de los gobiernos nacionales. “Requerimos financiamiento y cooperación internacional”, enfatizó Bárcena.

En este sentido, pidió que se incluya a los países de renta media en las iniciativas de moratoria del pago de deuda, que se les dé acceso a los derechos especiales de giro y que se les otorgue financiamiento concesional. Prebendas, todas, limitadas por ahora sólo a los países de bajos ingresos.

Asimismo, pugnó por planes de recuperación que abarquen la universalización de la salud, la educación y los seguros de desempleo.

Las plantaciones de caña de azúcar y soya han remplazado hectáreas de selva amazónica, con pocas precauciones de cara al impacto medioambiental. Foto: PNUMA/Arendal

Las plantaciones de caña de azúcar y soya han remplazado hectáreas de selva amazónica, con pocas precauciones de cara al impacto medioambiental. Foto: PNUMA/Arendal

Alta incertidumbre

Con respecto a los pronósticos para 2021, la CEPAL destacó que están sujetos a una serie de elementos inciertos como la intensidad y propagación que tendrá la segunda ola de contagios de COVID-19; la capacidad de producción y distribución de las vacunas; la capacidad de los países de mantener los estímulos monetarios y fiscales; y las tensiones tanto internacionales como internas debidas al malestar social.

De acuerdo con el organismo de la ONU, el año entrante los rebotes en la economía de las subregiones serían de 3,7% en Sudamérica, 3,8% en América Central y 4,2% en el Caribe. México repuntaría un 3,8%.

Este rebote, no obstante, representa un “crecimiento genuino” de apenas 0,6% para la región, 0,6% para América del Sur y 0,8% para Centroamérica y México.

La CEPAL calcula que Latinoamérica y el Caribe no alcanzarán los niveles de actividad de antes de la pandemia hasta 2024.

Depende…

Alicia Bárcena hizo hincapié en que el cumplimiento de todas las proyecciones dependerá de los posibles rebrotes de la pandemia y de cuándo esté disponible la vacuna.

Del mismo modo, será determinante que los gobiernos puedan continuar las políticas expansivas, que la inflación se mantenga baja, que se amplíe su acceso a la liquidez y que se sostengan los precios de las materias primas.

“La crisis va a durar, será más larga de lo que esperamos. Y los rebrotes o nuevos confinamientos pueden afectar las proyecciones”, alertó Bárcena.

En este tenor, insistió en que las personas deben cuidarse. “La gente debe mantener la disciplina porque la pandemia no está controlada aún. Si la vacuna llega pronto, puede que el segundo semestre del próximo año sea mejor, pero no se sabe”, dijo.

Reiteró enfáticamente la conciencia que debe haber sobre la emergencia sanitaria y sus implicaciones.

“La gente tiene que comprender que, además de la salud, la continuación de la pandemia va a afectar su bolsillo”, indicó.

Antes de concluir, repitió que no debe haber un relajamiento de las medidas de protección. “La pandemia no sigue ahí, no está controlada aún”, recalcó.

Fuente: Noticias ONU

martes, 10 de noviembre de 2020

El Papa Francisco fulmina las bases ideológicas y prácticas del neoliberalismo

Contundentes definiciones en la última encíclica papal sobre la globalización, el rol de los Estados, la propiedad privada, el liberalismo, el populismo, las políticas de asistencia social, las finanzas, las deuda de países pobres y los pactos sociales. La posición del Papa Francisco genera muchísima incomodidad en el poder económico y en grupos sociales y mediáticos conservadores.


Las encíclicas “Lumen fidei” (2013) y “Laudato si” (2015), la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (2013) o sus palabras en seminarios como “Nuevas formas de fraternidad solidaria de inclusión, integración e innovación (I+I+I)” celebrado a comienzos de este año, llevaron al Papa Francisco a convertirse en la voz global más poderosa para cuestionar el actual poder económico mundial. 

La tercera encíclica “Fratelli tutti”, fue un nuevo capítulo en este recorrido, donde no dejó tema económico sin tocar, desde la globalización hasta el rol de los Estados y la propiedad privada, pasando por el neoliberalismo, el populismo, las políticas de asistencia social, las finanzas, los endeudamientos soberanos, o los pactos sociales, entre otros.

En relación a la promocionada apertura al mundo, sostuvo que “es una expresión que hoy ha sido cooptada por la economía y las finanzas”, añadiendo que “se refiere exclusivamente a la apertura a los intereses extranjeros o a la libertad de los poderes económicos para invertir sin trabas ni complicaciones en todos los países”. 

Para agregar que “el avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes”, con lo que “la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales”.

En otro tramo indicó que "la propaganda política, los medios y los constructores de opinión pública persisten en fomentar una cultura individualista e ingenua ante los intereses económicos desenfrenados y la organización de las sociedades al servicio de los que ya tienen demasiado poder”.

Modelos neoliberales

esta encíclica realiza una fuerte crítica a los modelos neoliberales, al señalar que "el mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico “derrame” o “goteo” -sin nombrarlo- como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”

Apunta que "el fin de la historia no fue tal, y las recetas dogmáticas de la teoría económica imperante mostraron no ser infalibles. La fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos”.

En relación a las políticas económicas globales, afirma que “se argumenta que conviene limitar la ayuda a los países pobres, de modo que toquen fondo y decidan tomar medidas de austeridad. No se advierte que, detrás de estas afirmaciones abstractas difíciles de sostener, hay muchas vidas que se desgarran”.

Denuncia que el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso “a veces se ve fuertemente dificultado por la presión que origina la deuda externa. El pago de la deuda en muchas ocasiones no sólo no favorece el desarrollo, sino que lo limita y lo condiciona fuertemente. Si bien se mantiene el principio de que toda deuda legítimamente adquirida debe ser saldada, el modo de cumplir este deber que muchos países pobres tienen con los países ricos no debe llegar a comprometer su subsistencia y su crecimiento”.

Estados nacionales

De hecho, plantea que el siglo XXI "es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política". Avala una economía y una tecnocracia subordinada, pues afirma que "la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia". 

Por eso, sin dejar de "rechazar el mal uso del poder, la corrupción, la falta de respeto a las leyes y la ineficiencia", afirma que "no se puede justificar una economía sin política, que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la crisis actual (…) No se puede pedir esto a la economía, ni se puede aceptar que esta asuma el poder real del Estado”. 

Señala la necesidad de Estados que se encuentren presentes y activos, junto con “instituciones de la sociedad civil que vayan más allá de la libertad de los mecanismos eficientistas de determinados sistemas económicos, políticos o ideológicos, porque realmente se orientan en primer lugar a las personas y al bien común. Algunos nacen en familias de buena posición económica, reciben buena educación, crecen bien alimentados, o poseen naturalmente capacidades destacadas. Ellos seguramente no necesitarán un Estado activo y sólo reclamarán libertad. Pero evidentemente no cabe la misma regla para una persona con discapacidad, para alguien que nació en un hogar extremadamente pobre, para alguien que creció con una educación de baja calidad y con escasas posibilidades de curar adecuadamente sus enfermedades. Si la sociedad se rige primariamente por los criterios de la libertad de mercado y de la eficiencia, no hay lugar para ellos, y la fraternidad será una expresión romántica más”. 

Incluso, en el apartado Reproponer la función social de la propiedad, va más allá y plantea que “si alguien no tiene lo suficiente para vivir con dignidad se debe a que otro se lo está quedando”. Y cita a Juan Pablo II al señalar que “la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada”. Para enfatizar que antes que su derecho, “está el más importante y anterior principio de la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y, por tanto, el derecho de todos a su uso”, una definición que en Argentina se vuelve clave ante las diferentes tomas de tierras.

Populismo y liberalismo

Si hay un debate que trasciende al país, es del populismo, del cual fue “acusado” hasta el mismo Papa Francisco. No deja de mencionar que ciertas formas populistas usan a los pobres “demagógicamente para sus fines” y que él está “lejos de proponer un populismo irresponsable”, criticando los casos donde “se responde a exigencias populares en orden a garantizarse votos o aprobación”. Para apuntar también que "a veces se tienen ideologías de izquierda o pensamientos sociales, junto con hábitos individualistas y procedimientos ineficaces que sólo llegan a unos pocos".

Pero afirma que la pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social, tiene la debilidad de que “ignora la legitimidad de la noción de pueblo", y "es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo si no se logra que eso se convierta en un sueño colectivo”, dando cuenta del rechazo “por las visiones liberales individualistas, donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que coexisten. En ciertos contextos, es frecuente acusar de populistas a todos los que defiendan los derechos de los más débiles de la sociedad", señalando también ciertas “formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos”.

En otro tramo que parece apuntar al rol clave de las organizaciones sociales, plantea superar "esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos”.

Por último, también muestra su desencanto por la falta de aprendizaje del sistema económico global, pues señala que "la crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al mundo”. Es más, parece que las verdaderas estrategias que se desarrollaron posteriormente en el mundo se orientaron a más individualismo, a más desintegración, a más libertad para los verdaderos poderosos que siempre encuentran la manera de salir indemnes".


Pactos sociales

Una referencia habitual en la economía son los “pactos sociales”, es decir los acuerdos entre empresarios y trabajadores para garantizar una armonía de clases.

Según señala el Papa en su encíclica, “la paz social es trabajosa” ya que no consiste “en una paz que surge acallando las reivindicaciones sociales o evitando que hagan lío”, ya que no es “un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz”. 

Francisco afirma que “cuando un sector de la sociedad pretende disfrutar de todo lo que ofrece el mundo, como si los pobres no existieran, eso en algún momento tiene sus consecuencias. Ignorar la existencia y los derechos de los otros, tarde o temprano provoca alguna forma de violencia, muchas veces inesperada. (…) Por lo tanto, no se trata solamente de buscar un encuentro entre los que detentan diversas formas de poder económico, político o académico. Un encuentro social real pone en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población”.

Concluye diciendo que “quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar paz. (…) Cuando la sociedad -local, nacional o mundial- abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos”.    

@JBlejmar
Por Julián Blejmar

Fuente: Página 12