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viernes, 27 de marzo de 2020

Por qué el coronavirus va a cebarse con los más pobres

En las ciudades hay grandes desigualdades sociales que previsiblemente se ensancharán y se harán más visibles por la pandemia de Covid-19



Hoy en día viven en ciudades más de 4.000 millones de personas, más de la mitad de la población mundial. Las ciudades están creciendo rápidamente incluso en áreas geográficas que eran básicamente rurales hace solo unas décadas. Quienes emigran a las ciudades buscan mejores puestos de trabajo, mejores servicios, una vida mejor para ellos y sus familias. Pero el efecto de la vida urbana sobre la salud puede ser mejor o peor, dependiendo de cómo se organicen y se gobiernen las ciudades. La actual pandemia de Covid-19 ilustra como nunca el efecto de la vida urbana y las políticas urbanas sobre la salud.


Las ciudades tienen por definición alta densidad de población, en ellas vivimos juntas muchas personas que interactuamos y socializamos nuestra vida constantemente. Esto es lo que da a las ciudades su energía, su impulso, su creatividad. En el caso de enfermedades respiratorias transmisibles como la infección por Covid-19, esa es también es la razón por la cual la transmisión de la enfermedad se acelera. Eso es lo que estamos viendo en las ciudades de prácticamente todo el mundo. Cuando el aislamiento de casos y el rastreo de contactos (el enfoque inicial de salud pública para controlar los brotes) se vuelve difícil porque los casos aumentan muy rápidamente o no son fácilmente identificables (porque se carece de pruebas diagnósticas, o porque la enfermedad puede ser asintomática), el distanciamiento social puede ser una estrategia necesaria. El distanciamiento social significa disminuir o incluso eliminar las interacciones personales cercanas. Pero interactuar con otras personas es una de nuestras necesidades principales como seres sociales y una de las características cardinales, para bien o para mal, de la vida urbana.

El distanciamiento social al que hoy asistimos en Filadelfia, en Nápoles, en Buenos Aires y en las áreas urbanas de todo el mundo es un experimento social sin precedentes, motivado por la amenaza de una enfermedad vírica que se propaga rápidamente de persona a persona y que, aunque es leve en la mayoría de las personas infectadas, es grave y mortal en una proporción pequeña pero significativa de quienes enferman. Si la transmisión se generaliza, incluso una proporción muy pequeña de casos graves puede provocar decenas o cientos de miles de muertes. Los sistemas de salud pueden colapsarse rápidamente, como ha ocurrido por ejemplo en el norte de Italia, lo que hace que haya más defunciones. Se hace urgente actuar y el distanciamiento social aparece claramente justificado por el rápido crecimiento del número de casos y la posibilidad de que muchos casos asintomáticos estén transmitiendo la infección. Pero lo cierto es que las consecuencias para la salud y para la sociedad en general de este gran experimento son por ahora muy difíciles de predecir.

Interactuar con otras personas es una de nuestras necesidades principales como seres sociales y una de las características cardinales, para bien o para mal, de la vida urbana

Si bien puede estar justificado en condiciones de pandemia, el distanciamiento social, especialmente si ha de mantenerse durante periodos largos, podría tener consecuencias dramáticas inesperadas para la salud de los residentes de las ciudades. El aislamiento social no solo afecta la salud mental, también puede afectar el desarrollo y la evolución de muchas enfermedades crónicas y otros problemas de salud. El aplazamiento de la atención médica para otras enfermedades, que ya está ocurriendo en todo el mundo a medida que los sistemas de atención sanitaria se sobrecargan y anticipan la afluencia de casos de Covid-19, podría afectar drásticamente la morbilidad y la mortalidad por diversas enfermedades crónicas. Permanecer en casa, como ya se nos pide en muchas de nuestras ciudades, a menudo puede significar largas horas de reclusión en viviendas abarrotadas e inadecuadas. Y eso puede tener efectos adversos para la salud. Casi la tercera parte de la población urbana de todo el mundo vive en barrios marginales.

Desde el punto de vista de la salud pública es clave el efecto del distanciamiento social sobre los determinantes sociales de la salud. Con empresas obligadas a cerrar, los despidos aumentan, ya hemos visto aumentar el desempleo. Muchos trabajadores carecen de licencia por enfermedad y perderán ingresos si enferman. Con los niños en casa, sin escuela, habrá padres y madres que no podrán trabajar. Los niños que dependen de las escuelas para las comidas perderán ese beneficio. Los trabajadores empleados en la economía informal, que son una proporción significativa del empleo en las ciudades de muchos países, verán desaparecer sus medios de vida. Todo ello puede tener enormes repercusiones sociales.

Permanecer en casa, como ya se nos pide en muchas de nuestras ciudades, a menudo puede significar largas horas de reclusión en viviendas abarrotadas e inadecuadas. Y eso puede tener efectos adversos para la salud. Casi la tercera parte de la población urbana de todo el mundo vive en barrios marginales

En las ciudades hay grandes desigualdades sociales que previsiblemente se ensancharán y se harán más visibles por la pandemia de Covid-19 y por nuestras respuestas a ella. Es demasiado pronto para saber cómo está afectando la pandemia a diferentes grupos sociales. Pero por lo que sabemos sobre otras enfermedades, lo más probable es que la infección por COVID-19 se concentre, sea más grave y tenga mayor letalidad entre los más desfavorecidos, que tendrán menos acceso a diagnósticos y tratamientos oportunos y de calidad, aunque el tratamiento para la infección sea hoy por hoy muy limitado. Los grupos sociales más desfavorecidos a menudo padecen más afecciones y enfermedades crónicas que los ponen en riesgo de enfermar gravemente y morir. Es previsible que, sobre todo donde no hay acceso igualitario a sistemas nacionales de atención de salud, esos sectores se vean más afectados por retrasos en el diagnóstico y tratamiento de otros problemas de salud. Y lo más importante es que los desfavorecidos socialmente sufrirán las mayores consecuencias económicas y sociales del distanciamiento social con implicaciones adversas aún no cuantificadas pero probablemente significativas para la salud.

La pandemia de Covid-19 no solo no anula los demás problemas sociales, sino que crea condiciones nuevas para su desarrollo y para el surgimiento de problemas nuevos

La pandemia de Covid-19 es actualmente el foco que concentra la atención de las autoridades y de la población, pero hay otros problemas de salud en las ciudades, otras epidemias más silenciosas que continúan y que en algunos casos cobran más vidas que el Covid-19: los homicidios y los suicidios, las defunciones relacionadas con el tráfico y con la contaminación atmosférica, las muertes por sobredosis de drogas o por alcoholismo, las defunciones por enfermedades crónicas prevenibles, las muertes infantiles evitables. Paradójicamente, por la reducción del tráfico y la actividad industrial está habiendo reducciones muy significativas de la contaminación atmosférica y presumiblemente ello reducirá las muertes relacionadas con el tráfico y las enfermedades cardiovasculares y respiratorias. El impacto de la pandemia de Covid-19 en el transporte nacional e internacional tendrá un efecto importante en la reducción de las emisiones de CO2 que causan el cambio climático. Todo esto muestra de una manera quizá perversa cómo la acción humana tiene efectos a menudo no buscados sobre las condiciones ambientales. Pero demuestra también que mediante acciones humanas se pueden cambiar esas condiciones ambientales de forma planificada. Por otra parte, no tenemos ni idea de cómo los cambios sociales y económicos que estamos viviendo podrán afectar a la violencia y la inestabilidad social en las ciudades, especialmente a medida que aumentan las restricciones a la movilidad y sus efectos económicos. Y cómo los gobiernos autoritarios podrán usar este nuevo poder sin precedentes para restringir la vida social y los movimientos sociales y reforzar su control social y político. La pandemia de Covid-19 no solo no anula los demás problemas sociales, sino que crea condiciones nuevas para su desarrollo y para el surgimiento de problemas nuevos.

La pandemia de Covid-19, como otras pandemias visibles e invisibles, destaca la falta de coordinación y planificación en muchas instituciones y estructuras gubernamentales y hace más visibles las conexiones entre las desigualdades sociales y la salud. Pero también ha puesto en claro cómo nuestra salud está conectada con la salud de los vecinos, cómo la salud de un país está inextricablemente conectada con la salud de quienes viven al otro lado de la frontera y cómo son posibles acciones decisivas para proteger la salud de la población. También muestra cómo la humanidad puede unirse en tiempos de crisis y hacer cosas sin precedentes, grandes y pequeñas, desde cantar juntos desde los balcones hasta compartir conocimientos entre los países. Esperemos que esto sean buenos augurios y que la humanidad maneje esta pandemia de la mejor manera dentro de lo que sea posible, que sigamos aprendiendo cómo abordar los muchos problemas de salud pública que enfrentan las ciudades y que seamos capaces de proteger nuestra salud y nuestro medio ambiente en el futuro.


Ana V. Diez Roux es decana de la Escuela de Salud Pública Dornsife (Drexel University, Filadelfia, EEUU) e investigadora principal del Programa SALURBAL (Salud Urbana en América Latina)

Fuente El país

martes, 17 de marzo de 2020

Siete maneras en que el coronavirus afecta a los derechos humanos



La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado una emergencia de salud pública de importancia internacional por el brote del coronavirus (2019-nCov) que se inició en la ciudad china de Wuhan (provincia de Hubei) a finales de 2019.




A principios de febrero, se calcula que la pandemia ha infectado a más de 24.500 personas en todo el mundo. Las autoridades chinas han informado de 490 muertes, la mayoría en la provincia de Hubei, y más de 24.300 casos en total. La enfermedad se ha extendido ya a otros 25 países y territorios de todo el mundo.

La respuesta a una pandemia tiene el potencial de afectar a los derechos humanos de millones de personas. Primero, y ante todo, está el derecho a la salud, pero también hay otros derechos en juego.

“La censura, la discriminación, la detención arbitraria y las violaciones de derechos humanos no tienen cabida en la lucha contra la pandemia del coronavirus”, ha manifestado Nicholas Bequelin, director regional de Amnistía Internacional. “Las violaciones de derechos humanos obstaculizan, en lugar de facilitar, las respuestas a las emergencias de salud pública, y reducen su efectividad”.

Censura temprana

El gobierno chino ha realizado grandes esfuerzos para ocultar la información sobre el coronavirus y los peligros que éste representaba para la salud pública. A finales de diciembre de 2019, los médicos de Wuhan compartieron con colegas sus temores sobre pacientes con síntomas parecidos al brote del síndrome respiratorio agudo grave (SRAG) que comenzó en el sur de China en 2002. Las autoridades locales los silenciaron de inmediato y los castigaron por “difundir rumores”.

“Los profesionales médicos de China trataron de dar la alarma sobre el virus. Si el gobierno no hubiera intentado minimizar el peligro, el mundo podría haber respondido más rápidamente a la propagación del virus”, ha manifestado Nicholas Bequelin.

En una publicación online realizada un mes después, el Tribunal Supremo Popular cuestionó la decisión tomada por las autoridades de Wuhan. Esta publicación se consideró en general como una vindicación de los médicos.

Sin embargo, los esfuerzos por minimizar la gravedad del brote los compartieron los más altos niveles del gobierno chino, tal como dejó patente la agresiva labor de captación de apoyos de China para que la Organización Mundial de la Salud no declarara el brote una emergencia de salud pública de importancia internacional.

El derecho a la salud

El sistema médico de Wuhan está ahora desbordado, y tanto los centros médicos como los profesionales de la salud luchan por hacer frente a la magnitud del brote.

Hay muchos pacientes a quienes, tras soportar horas de espera, no se les admite en los hospitales. Los centros no tienen acceso a las pruebas diagnósticas necesarias.

“China debe garantizar que todas las personas afectadas por el coronavirus tienen acceso a atención médica adecuada, en Wuhan y en cualquier otro lugar. La contención de la pandemia es importante, pero también lo son la prevención y el tratamiento. Por eso es por lo que el derecho a la salud debería ser una parte fundamental de la respuesta”, ha declarado Nicholas Bequelin.

“Aunque la OMS ha dedicado sin cesar grandes elogios a China, la realidad es que la respuesta del gobierno fue —y sigue siendo— sumamente problemática”.

Los medios de comunicación locales han informado de que la gente no puede acudir rápidamente a los hospitales porque se ha cerrado el transporte público y, en algunos casos, no puede retirar los cadáveres de las personas fallecidas de sus hogares.

El derecho a la salud, tal como lo garantiza la Declaración Universal de Derechos Humanos, establece el derecho a acceder a atención médica, el derecho a acceder a información, la prohibición de la discriminación en la prestación de servicios médicos, la libertad para no recibir tratamiento médico no consentido y otras garantías importantes.



La censura continúa hoy día

La insistencia de las autoridades chinas en controlar las noticias de los medios de comunicación y acallar la cobertura negativa ha seguido impulsando la censura de información en ocasiones legítima sobre el virus.

Desde que comenzó la crisis se han censurado numerosos artículos, entre ellos algunos de los principales medios de comunicación, como una filial del Beijing Youth Daily y Caijing.

“Las autoridades chinas amenazan con ocultar información que podría ayudar a la comunidad médica a hacer frente al coronavirus y ayudar a la población a protegerse de él”, ha manifestado Nicholas Bequelin.

“El hecho de que parte de esta información no esté a disposición de todo el mundo incrementa el riesgo de sufrir daños a causa del coronavirus y retrasa una respuesta efectiva”.

Acoso e intimidación de activistas

El gobierno chino también ha atacado a gente que ha tratado de compartir información sobre el coronavirus en las redes sociales. Por ejemplo, el destacado abogado y profesional del periodismo ciudadano Chen Qiushi denunció acoso de las autoridades después de publicar imágenes de hospitales en Wuhan.

Al residente de Wuhan Fang Bin también se lo llevaron brevemente las autoridades tras publicar un vídeo en el que supuestamente se mostraban cadáveres de víctimas del coronavirus.

“Aunque es fundamental refutar las afirmaciones falsas sobre el virus, el cierre de contenido periodístico y de redes sociales legítimo sobre el tema no ayuda a mantener la salud pública”, ha declarado Nicholas Bequelin.

Represión regional de las “noticias falsas”

A medida que el virus se ha ido propagando desde China hacia los países vecinos del sureste asiático, también lo ha hecho la tendencia de los Estados a tratar de controlar la cobertura sobre el problema.

Se ha detenido o multado a gente en Malasia, Tailandia y Vietnam por publicar “noticias falsas” sobre el brote.

“Los gobiernos deben evitar la desinformación y proporcionar orientación para la salud oportuna y exacta. No obstante, las restricciones a la libertad de expresión deben ser proporcionadas, legítimas y necesarias”, ha manifestado Nicholas Bequelin.

“Si los gobiernos del sureste asiático y otros lugares deben aprender una lección sobre la manera en que China ha manejado la crisis del coronavirus, es que limitar la información y sofocar el debate en nombre de la ‘estabilidad’ entraña graves riesgos y puede ser desastrosamente contraproducente”.


Discriminación y xenofobia

La gente de Wuhan —incluso la que no tiene síntomas— ha sido rechazada de hoteles, se ha encontrado bloqueada en sus propios apartamentos y ha visto cómo sus datos personales se filtraban online en China, según la información publicada en los medios de comunicación.

También ha habido numerosos informes de xenofobia antichina o antiasiática en otros países. Algunos restaurantes de Corea del Sur, Japón y Vietnam se han negado a aceptar clientes chinos, y un grupo que protestaba dijo a unos huéspedes chinos que abandonaran un hotel en Indonesia. También se ha acusado a periódicos franceses y australianos de racismo en su manera de informar sobre la crisis.

Las comunidades asiáticas en todo el mundo han respondido, y la etiqueta de Twitter #JeNeSuisPasUnVirus (No soy un virus) se convirtió en tendencia en Francia.

“El gobierno chino debe tomar medidas para proteger a la gente frente a la discriminación, mientras los gobiernos de todo el mundo deben mostrar una tolerancia cero respecto al enfoque racista hacia las personas de origen chino y asiático. El mundo sólo podrá luchar contra este brote mediante la solidaridad y la cooperación más allá de las fronteras”, ha declarado Nicholas Bequelin.

Los controles fronterizos y las cuarentenas deben ser proporcionados

En respuesta al virus, muchos países han cerrado sus puertas a quienes viajan desde China u otros países asiáticos, mientras que otros han impuesto estrictas medidas de cuarentena.

El gobierno de Australia ha mandado a cientos de personas de ciudadanía australiana a un centro de detención para inmigrantes en la isla de Navidad, donde las condiciones de tratamiento ya habían sido descritas anteriormente como “inhumanas” por la Asociación Médica Australiana a causa del sufrimiento mental y físico que han padecido las personas refugiadas detenidas allí.

Papúa Nueva Guinea ha cerrado sus fronteras a la gente de todos los demás países asiáticos, sin limitarse a los casos confirmados de coronavirus. Esto ha dejado a estudiantes papúes abandonados en Filipinas después de que, por instrucciones de las autoridades de Papúa Nueva Guinea, se les impidiera tomar un vuelo de vuelta a su país.

Las cuarentenas, que restringen el derecho a la libertad de circulación, sólo pueden estar justificadas en virtud del derecho internacional si son proporcionadas, tienen límites temporales, se imponen con fines legítimos, son estrictamente necesarias, son voluntarias siempre que sea posible y se aplican de forma no discriminatoria. Las cuarentenas se deben imponer de una manera segura y respetuosa. Deben respetarse y protegerse los derechos de las personas en cuarentena, incluida la garantía de acceso a atención médica, alimento y otras necesidades.

“Los gobiernos se enfrentan a una situación difícil y deben tomar medidas tanto para prevenir la propagación del coronavirus como para garantizar que las personas afectadas tienen acceso a la atención médica que necesiten”, ha manifestado Nicholas Bequelin.

Fuente: Amnistía Internacional